EL COMEDOR(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

foto Raul

 

Cuando el corazón por hábito prodiga amor no deja espacio para la tristeza. Quizá a la nostalgia sí. Pensaba Paulina cuando observaba a su abuela, sentada y metida en sus propios pensamientos. Perder sucesivamente a su esposo y a su hija, abuelo y madre de Paulina, debió ser un golpe durísimo para ella. Sin embargo jamás la había notado triste. Era de mañana y ambas se sentaron en el comedor dispuestas a desayunar. Bajo un obvio plan preconcebido, la nieta abrió la plática cuidando el tono, conocedora del fuerte apego a ciertas pertenencias de su abuela:

—La empresa donde trabajo, me aprobó un préstamo y quiero comprar muebles para el comedor y la sala, algo más moderno; los que tenemos son muy antiguos—, la anciana, hizo un largo silencio, suficiente para interpretar que le daba trabajo asimilar la noticia.

—¿No te alegra la noticia abuela? —, insistió Paulina, ansiosa por resolver el silencio que se le hacía embarazoso. Por su parte, la anciana buscaba las palabras precisas para no aguar el entusiasmo de su nieta. Encontradas y sólo entonces respondió en un tono conciliador.

—Paulina, tienes razón, este comedor es muy antiguo. Recuerdo haberte contado que lo hizo tu abuelo, que era medio carpintero.

—Algo de eso me has contado—, dijo rápido la nieta.

—Lo que no creo haberte contado es como lo hizo—, alegó la anciana, con una sonrisa.

—De eso creo que no.

—Bueno. Justo es que te lo cuente: Cuando nos casamos éramos muy pobres y no teníamos casi nada. Este terreno tu abuelo lo heredó de tu bisabuelo. Poco a poco construimos la casa. Luego, por mesa y sillas, habilitamos huacales de deshecho. Tu abuelo, me prometió que algún día me haría unos de cedro. Para eso sembramos tres árboles de cedro en el patio. Los regamos y cuidamos veinte años. Cuando estimó que estaban listos, alquiló una sierra eléctrica para cortarlos y volverlos tablas. Fueron días, semanas preciosas; sentir el olor de cedro, mientras se cortaba y secaba la madera. Luego muchas semanas más para hacer la mesa y las seis sillas que hasta la fecha tú miras.

—¿No hubiera sido más fácil comprar las tablas? —, Preguntó Paulina, curiosa.

—Claro, pero las tablas compradas, traen las raíces mutiladas. Las nuestras aquí las conservamos. Queríamos un comedor con raíces. Que ayudara a alimentar nuestros cuerpos e igual preservara los anhelos que nos unieron. Cierto, le dedicamos mucho de nuestro tiempo para tenerlos. Pero, ¿de qué está hecha la vida sino es de tiempo?

Ambas callaron un rato, mientras se tomaban de la mano. Hasta que Paulina articulo nuevas palabras.

—Gracias abuela, gracias por explicarme tus razones. Creo entenderlas y voy a pensar en que ocupar con más inteligencia mi préstamo. Antes de irme, déjame decirte que estoy preocupada porque te noto muy cansada, no sea que ya tengas el virus que corre como epidemia, creo que debo llevarte al hospital.

—No hija, no te preocupes. Son los achaques de los años.

—Creo que te estás haciendo a la fuerte, pero algo guardas.

—Es tu imaginación, además sabes que odio los hospitales, no sea que me estés salando y me lleves a morir ahí y ni lo mande Dios; si voy a morir quiero que sea aquí, en mi casa.

—Ay abuela, cualquier lugar es malo para morir.

—No te creas mi hija, no es lo mismo. Aquí viví con tu abuelo por 50 años; aquí nació tu madre; aquí te vi dar tus primeros pasos, igual que a tú madre. Aquí velé a tu abuelo, aquí velé a tu madre. Esta casa es como un templo, aquí guardo mi recuerdos más sagrados…

—De acuerdo abuela, pero prométeme que si sigues igual, me vas a permitir llevarte al hospital, tampoco quiere decir que te vas a morir.

—Te lo prometo, hija, pero no vas tener que llevarme al hospital. Vete a trabajar, no te preocupes.

Mientras Paulina trabajaba, no dejo de pensar en las palabras de su abuela.

Cuando sonó el timbre, anunciando el final de la jornada de trabajo, no se detuvo y se fue directo a su casa. En cuanto arribó, todo parecía normal. Al fondo, en su hamaca, la abuela parecía dormida. Le susurro para no asustarla: “Abuela, despierta ya llegue, ¿cómo sigues? Vamos a cenar.” Al no recibir respuesta se acercó más. No le fue difícil entender que había partido. En medio de su dolor recordó: “Cumplió con su palabra. No hubo necesidad de llevarla al hospital.

En la mesa había una carta póstuma de su abuela. La toma emocionada. Era breve. Con aquella su preciosa letra Palmer.

“Querida Paulina:

Hoy me voy a reunir con tu abuelo y con tu madre. Si he insistido en quedarme en casa, no es por otra cosa, que él prometió venir por mi cuando mi momento hubiera llegado. Justo aquí, en esta “nuestra casita”, como él decía. No llores mucho por mí; me voy feliz. Me llevo casi todos mis recuerdos, porque son los presentes para tu abuelo y tu madre. Tú abuelo te legó la casa y yo te heredo mi comedor.

Recuerda siempre cuanto te amo. Tu abuela Felipa”.

Paulina, no pudo evitar dibujar una sonrisa y se dijo en voz baja: “Felipa, te fuiste con las manos llenas”.

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