LA OFRENDA(POR: JOSÉ GARCÍA)

tarjeta de jose garcia

 

Cada vez me costaba trabajo mantener abiertos los ojos. ¿Y cómo no? Desde que la abuela se volvió rezadora de la hora santa, un domingo extenuante  iniciaba a las cinco de la mañana. Es más, ni las gallinas han estirado el pescuezo a esa hora.

¿En qué momento la atrapa el sueño? Eso es una incógnita. Miré el reloj de pared esa noche y ya pasaban de las doce con cuarenta minutos; iba por su segundo misterio y la vela conservaba su mecha blanca, blanca. A esa hora ya debería estar por el quinto sueño,  pero a sus setenta y ocho años… ¡Uff!

Me obligaba  toda la tarde del sábado en la doctrina y de paso, ayudar al Párroco como monaguillo. Me tenía condicionado. Si no fuera por esas tardes con los cuates, persiguiendo mariposas o saboreado los granizados de don Pánfilo en la plaza…ya me hubiese revelado, aunque después  tenga que lavar los chiqueros todas las mañanas.

No todo era desapacible. Como monaguillo uno tiene su recompensa, más cuando encuentras un ángel.

Esa tarde, en primera fila, vestía de blanco, sus rizos dorados contrastan con el fulgor de su dentadura  y  su piel, símil al  claro de la casulla y  la estola sobre el alba del clérigo. A mis diez años el corazón desbocado quería salirse. De no ser por el ligero carraspeo del sacerdote, el Evangelio se hubiera retrasado.

Mi abuela, sentada en la fila de atrás se dio cuenta, sus señas con el bastón lo confirmaron.

Para mi mala suerte, en la comunión  me tocó acompañar al ministro. El buen Serafín de escasos siete años fue el afortunado. Sí,  parecía un ángel postrado  en oración…solo le faltaban las alas.

¿Yo? seguía en las nubes — de no ser por el ¡Zape! –Don Nicanor, el diácono,  abría tropezado sobre mí con todo y ostias. Apenas término  la misa dejé  las cosas en la sacristía y salí a buscarla. Con medio cuerpo en la puerta  el bastón de la abuela sonó seco en mi pulmón.

–¿A dónde, como caballo desbocado?  ¡Jálele, a la casa!  Deben ir mis amigas de oración y hay que comprar los panuchos.

Luego de servirle su agua de horchata con su respectivo ágape a “la congregación de las hermanas solitarias”… me retire a mi cuarto. Tendido en la hamaca y empujándome en la pared, el rostro de aquella niña causaba insomnio.

¿No recuerdo haberla visto en la escuela? ¿Será de los nuevos inquilinos del pueblo? Tal vez Roque el panadero lo sepa, en su camino oye muchos chismes…

–¡Ya apaga tu bendita luz chamaco¡ –la voz de la abuela ahuyentó toda imaginación.

Lunes. Si no fuera por las clases, la vida en el pueblo seria aburrida. Aunque estamos de vacaciones ya no es como otras veces que pasábamos todo el santo día en la calle. Bueno, lo digo por mí. Desde que vine a vivir con la abuela todo lo bonito que veía, así de rápido se esfumo. La muerte de  mamá la amargo. “La morena” –como le decía –pobre abuela comprendo su pena, era su única hija.

Media semana y sin noticias de mi ángel. Nadie la ha visto. Habría que esperar en la misa del sábado o domingo, no hay otro lugar.

–¿Vamos amigo ya va a salir el padre Juan? –el grito de José desde la sacristía me dejo malhumorado. De nada sirvió llegar antes y ver quienes se presentaban en sábado… Y en domingo.

Me tocó cerrar la Iglesia, por lo que espere se retirará el sacerdote para apagar todo. Poco a poco fue quedándose sin luz — la oscuridad de la capilla invita a la oración—cuando llegue al pequeño altar de la virgen María las palabras brotaron solas. Solo deseaba ver a mi amiga.

Hoy martes fui por la abuela a su hora santa. Me lo había pedido con antelación, su reuma le dificultaba caminar aun con bastón. Llegue temprano. Desde la esquina  se oían sus voces, muy desiguales. Me senté unas bancas atrás, salude a  Pascual, que limpiaba los candeleros del altar a mí  me tocaría el viernes.

Estiré las piernas y los brazos, gire la cabeza igual…y para mi sorpresa ¡Ahí, estaba ella¡ Justo en la banca posterior. Mi cuerpo no respondió, las palabras me ahogaron y la vista se nublo. ¿Hoy bendije la voz de la abuela cuando me llamó para irnos? En la huida  no la voltee  a ver.

–¿Pareces ido chamaco? Sin prestarle atención a la abuela le respondí –¿Ah, si? –. Ya ni escribo como fue esa noche…

Al día siguiente, sentado en los confidentes del parque presumía mi historia con los cuates. Se rieron, de tonto no me bajaron, esos eran mis amigos.

–¡Es posible! –Exclamó Luis –tal descripción la he visto en algún lado, agrego. ¿Sí, estoy seguro de ello solo que no recuerdo dónde?  Acabo diciendo.

Llegó el viernes. Con emoción vine a limpiar el altar. Antes de mover las manos recorrí la mirada en el entorno sagrado.  El párroco y los demás hacia media hora partieron. De pronto, las luces del techo se apagaron, una tenue brisa se filtró por las rendijas de los vitrales  haciendo se  enchiné  mi  piel.

Una paloma blanca que apareció de la nada revoloteo sobre mi cabeza. Los cirios se encendían y apagaban sincronizados, en su vuelo despedía  rayos de luz propia  dejando una estela tangible. En la penumbra solo su brillo estaba vivo. Aquella luz tomó forma.

“Me acerque no obstante tenía  la cara lívida, y las piernas pegadas al piso. Finalmente pude admirar una silueta, quede afónico por lo que mire, esos rasgos finos esculpidos  enseñaban solo una cosa…A un ángel.

En consecuencia sentí como alas sus brazos que me arropaban y como sonido de lira su voz…”

–Creí estar en el cielo cuando abrí los ojos – ¿Pero luego dude, no creo existan ángeles tan feos como Pascual? – un sacudón me dio la respuesta, si era mi amigo nombrado.

–¿Qué te paso? – Pregunto Pascual – regresé por mi cuaderno del colegio que olvide, me causo rareza ver la puerta sin seguro y todo a oscuras. Cuando asomé en el altar te vi tirado en el piso, y antes que te levantará, de tus brazos salió volando  una paloma blanca.

A una semana de aquella experiencia ya no asisto como monaguillo. Aunque no le agrado a la abuela, no le quedo demás. La condicione. Si deseaba seguir asistiendo a su hora santa, aunque sea en sillas de ruedas, ahí estaría.

Siempre y cuando me dejé esperarla dentro de la iglesia.

A Isabela – la hija de la rezadora — le agradan mis historias de ángeles: ¿y, yo, sé muchas…?

 

FIN.

JOSE  GARCIA.

MAYO/2020

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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