DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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¡MAMÁ, LLEGÓ EL CINE GRATIS!

 

Nada nos emocionaba más, especialmente en el período de vacaciones, que escuchar la música saliendo de alguna camioneta al promocionar algún producto por todas las calles y anunciando la proyección de cine gratis y otros atractivos en las horas de la noche ahí en la plaza del pueblo.

Desde mayo o junio, ya teníamos la pequeña ansiedad de esperar alguna novedad que comenzaba cuando cualquier mañana, una persona dejaba a la puerta de tu casa el cancionero Picot, donde venían las canciones que estaban en boga y las antiguas que habían sentado sus raíces en el gusto de la gente. Yo, no lo esperaba por las canciones, pues nunca se me dio el don de interpretarlas como Pedro Infante, sino para leer las aventuras de Chema y Juana; peripecias que tenían que ver siempre con la glotonería de Chema y en ocasiones la de Juana y que resolvían con la mágica acción de esa sal de uvas que disolvían en agua para continuar con la comilona; hasta que dejaron de regalarlo y me parece que ahora se consigue comprándolo.

Pero como les dije antes, lo que más nos alborotaba, eran los que proyectaban cine gratis, en especial, caricaturas para los niños, pero que los adultos disfrutaban con el mismo entusiasmo. Recuerdo que uno de los promotores era la de un analgésico efervescente que se llamaba Sonrisal: “Sonría con sonrisal” era uno de sus slogans y si mal no recuerdo, manejaban un ungüento similar al vaporub que como nombre tenía un número cabalístico: 666. Ambos productos los presentaban en cajitas de color amarillo tirándole al ocre.

Pero los que más se quedan en la memoria, porque eran más espléndidos, fueron los de los refrescos de cola, ya que estos no sólo se promocionaban con películas gratis y rifas, sino que, cuando en los deportes había algún evento nacional como el béisbol o el box, venían con sus alto parlantes (bocinas), se estacionaban a un costado del parque, frente donde ahora se encuentra un banco y reproducía la transmisión para toda la gente, en especial adultos y jóvenes que seguían a algún equipo o boxeador, evitando así, que se aglomeraran en los puestecitos que tenían en ese entonces unos aparatos de radio, enormes de bulbos y acumuladores y que era la atracción para los clientes. Acudía mucha gente. Una de las últimas peleas de box que recuerdo haber escuchado por este medio y a la que asistió mucha gente (en esos tiempos ni sospecha de televisión), fue la del mexicano Raúl “Ratón” Macías contra Alfonso Halimi, ganando este último, así que imagínese como terminaron los aficionados.

Pero como dije, lo emocionante para nosotros los rapazuelos, en un pueblo con muy pocos distractores en ese entonces, el acontecimiento del cine gratis nos trastocaba la rutina y era lo novedoso que comentábamos con los amigos: ¿Vas a ir? preguntaba uno sabiendo que era cosa casi obligada y nos pasábamos lo que duraba el día suspendidos en una alegría no consumada. A pesar de que, generalmente la función la comenzaban a las ocho o nueve de la noche, para dar oportunidad a la gente a que comprara su refresco embotellado y la llevara para que lo destaparan los de la camioneta y les entregaran su respectivo boleto para la rifa, nosotros desde las cinco ya estábamos bien bañados y peinados, apurando a nuestros papás o hermanos, si es que no podíamos ir solos. Mientras más refrescos llevara uno, más boletos, así que ya se imaginarán quienes se llevaban la mayor parte de los premios. Éstos consistían en vasos de vidrio, charolas, destapadores y como premio mayor era una charola con seis vasos y una jarra, pichel, le llamamos acá, claro que eso a nosotros no nos importaba, lo que esperábamos ansiosos, era que comenzara la proyección en la pared de uno de los costados del templo de la Soledad en el atrio parroquial por ser la más lisa y clara, aunque a veces también se usaba la pared de una de las casonas que están al oriente del parque municipal. El público se arremolinaba en la explanada con pasto silvestre, donde se armaba el coso para las corridas de toros y que se encontraba entre el mercado tipo pagoda que ya no existe, la cancha y las casas que limitan a la calle cuarenta y nueve y comenzaba sin ningún sobresalto, pues las calles donde también se acomodaban en especial los pequeños, no estaba pavimentada, aparte de que a esa hora ya no circulaban los cuatro carros que habían en nuestro pueblo. Adultos y niños, a veces más los adultos, celebraban con la carcajada franca, la astucia que mostraba el “Pájaro loco” contra sus eternos rivales: “Pepe buitre” y “Pablo morsa”; la eterna guerra entre el gato Tom y el ratón Jerry; Las espinacas de Popeye, para derrotar al grandulón “Brutus” todo por el amor de Olivia y en ocasiones, nos remataban con capítulos de Charles Chaplin o de Laurel y Hardy (el gordo y el flaco, a quienes copió Chespirito con muy mal gusto, gestos y chistes).

Luego de una o dos horas de risas, venía la pequeña amargura que queda cuando termina algo y queríamos más, la gente se retiraba, satisfechos por haber disfrutado su refresco, la vanidad de llevar bajo el brazo el premio obtenido y la sonrisa que deja las peripecias de las caricaturas y de los cómicos del cine mudo.

Muchos, nos íbamos de la mano de la mamá solamente con la sonrisa de ese momento maravilloso, esperando el arribo de la otra compañía en su eterna competencia de ganar clientes… y dinero.

Oxkutzcab, Yucatán, última semana de abril de cuarentena 2020

Profr. Fco. Tejero mendicuti.

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