SARNOSO(POR: JESÚS VARGUEZ)

FOTO OFIC CHUCHO

 

Ese día, Sarnoso recibió una más de las tantas palizas que había recibido en su miserable vida. Los niños lo pateaban y apedreaban por el simple hecho de escuchar sus aullidos de dolor.

Sujeto a las tetas de su madre, el perrito se revolvía de placer junto con sus cuatro hermanos, el niño lo miro embelesado y colgado de la mano de su madre le urgió: —¡Ese es el perrito que quiero mami!

Blanco, con los ojos azules y gordo hasta parecer casi una bola de pelo, el cachorro se volvió la adoración del niño. Lo llamaron Oso por lo parecido a ese animal. Croquetas con leche, su propia cama a los pies de la del niño. Un chillido de la mascota bastaba para que toda la familia se arremolinara a su alrededor. Si existía el paraíso de los perros seguramente era igual al lugar donde vivía  Oso.

Por las tardes, el niño y el perro eran llevados al parque. Corrían jugaban a la pelota, se recostaban en el césped o se mecían en el columpio. Conforme pasaba el tiempo, el perro crecía e iba perdiendo sus características de animal de peluche. A los seis meses se le ocurrió morder los zapatos del padre de su amo; aparte de los chancletazos como castigo lo sacaron a dormir al patio. Toda la noche ladro, aulló y lloro, pero nadie le hizo caso. Al día siguiente, fue hasta después de regresar de la escuela que el niño le llevo un tazón con croquetas y agua, jugo un rato con el animal, y luego con gesto aburrido entro a la casa y cerró la puerta, sin hacer caso al desesperado rascar de la puerta del cachorro.

Pasaron quince días, y Oso casi se acostumbró a ser un perro de patio, su dueño ahora se quejaba de tener la tarea de llevarle comida y agua.

Sin duda algo estaba ocurriendo en la casa; se escuchaba la risa de su amo, tal parecía que había recibido juguete nuevo. Al esconderse el sol, el padre de su dueño salió con una cuerda, lo amarro del cuello y lo subió a la camioneta, cuando se alejaban pudo ver a su querido amo, parado en la puerta de la casa con un hermoso cachorro en brazos. Lo amarraron a un árbol y su paraíso se esfumo para siempre.

A fuerza de colmillos y dientes se pudo liberar, todo le era desconocido, camino sin rumbo, cuando el hambre y la sed lo torturaron intento acercarse a los humanos  pero ninguno se lo permitió, con una piedra o un palo lo alejaron, encontró a una manada de perros y se alegró. Ellos sin duda lo recibirían y le compartirían sus alimentos, fue la primera lección. Como recuerdo dejo un pedazo de oreja y sangre corriéndole por el lomo.

Oso aprendió a sobrevivir, hurgaba en la basura, les quitaba a los perros más débiles lo que tenían si lo  quería, se mantenía a distancia de los más fuertes. Dormía en cualquier lugar, el hambre que jamás lo abandonaba le hacía saborear cualquier hueso o pedazo de pan duro. El sol lo secaba de la lluvia y la lluvia lo refrescaba del sol, era la vida de un perro callejero.

Los años le pasaron encima al perro como un garrote, de su hermoso pelo blanco; en su piel reseca solo quedaban mechones, sus ojos azules perdieron su brillo, en su hocico, las heridas y las cicatrices, relataban la historia de su existencia. Los niños le dieron un nuevo nombre “Sarnoso” pero esta vez no hubo croquetas con leche sino patadas y burla.

A Sarnoso le gustaba la navidad porque había abundancia de sobras, parecía que a la gente le hacía feliz tirar los alimentos. Pero también le tenía terror por el ruido endemoniado de; bombitas, barre pies, voladores y garbanzos. La maldad infantil se las ingeniaba para divertirse con el perro. Cuando lo veían le arrojan alguno de sus juguetes de pólvora. La carrera y los aullidos histéricos de Sarnoso, doblaba de risa a los perversos angelitos.

—Perrito, ssst perrito, ven perrito—lo llamo el niño. En lo profundo de su subconsciente, los recuerdos de sus primeros días despertaron, lentamente, con el deseo de huir, pero arrastrado por sus recuerdos, el perro sarnoso se acercó moviendo la cola pelona y llagada. Cuando sintió las pequeñas manos sobre su cabeza, cerró los ojos; lleno de un infinito gozo. Aprovechando ese momento distracción los otros niños le amarraron a la cola, una hilada de cohetes encendidos. Cuando empezaron a explotar ¡Sarnoso huyo enloquecido¡ era tanta su desesperación que sus patas resbalaban sobre el pavimento, caía y se levantaba, un carro, sin poder esquivarlo lo atropello llevándoselo entre las ruedas, a unos veinte metros Sarnoso quedo tirado inhalando sus últimas bocanadas de aire.

—¡Osito ven!¡ven perrito precioso!—creía escuchar, mientras la oscuridad eterna lo devoraba.

 

 

 

 

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