DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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DE NIÑEZ A NIÑEZ.

 

Nací y crecí en la clásica choza de paja y palos. En los primeros años de mi memoria, con piso de tierra y después, un gran adelanto, piso de cemento. Ovalada como la mayoría de este tipo de casas de unos dos metros y medio de ancho por cinco a lo largo y unos cuatro metros de alto hasta el caballete que remata el techo de paja. Los palos que servían de pared estaban embadurnados de un lodo revuelto con zacate que se llama: pak´ lu´um, que significa precisamente, pared de lodo. Para que el interior no quedara oscuro, se lechaba con cal; generalmente carecían de ventanas y solían tener dos puertas: una que daba para la calle y otra para el patio.

Esta construcción, era sala, dormitorio y cuarto de baño para toda la familia; en el caso de nosotros no era tan incómodo, pues en total éramos cinco y aunque ustedes no lo crean ¡nos sobraba espacio! El mobiliario era por completo minimalista (lástima que no existiera ese concepto en ese tiempo, hubiéramos sido tendencia en cuestión de decoración), una mesa a la que llamábamos “mesa del santo”, pues hacía las veces de altar cuando mi madre hacía sus rosarios en finados, arriba de ella, un tocadorcito de madera que duró hasta que desapareció la casa, dos sillas, un baúl metálico donde mis padres guardaban las cosas de valor y también servía para blanquear el tejido de huano (palma) que tejíamos para vender a los que fabricaban sombreros; se sacaban todas las cosas, se acomodaba la palma tejida, y en un rincón del baúl se ponía un recipiente con brazas, carburo y se cerraba, cuando se calculaba que ya se había consumido el carburo se habría y salía un olor del mismo infierno, bueno así nos decían en la doctrina que olía el infierno, vaya usted a saber, pero el tejido quedaba completamente blanco.

Nuestro ropero (cada quien teníamos uno) eran unos clavos en la pared y un hilo donde se colgaba la ropa a la que teníamos que sacudir muy bien, para que al ponérnosla no fuera a tener algún alacrán, de los que había muchos. Al fondo, al otro lado de la casa, el sitio donde nos bañábamos, del horcón principal, se colgaba una cobija y ya; pegado al piso, un agujero por donde salía el agua para un costado del patio. Ese agujero era una de mis pesadillas nocturnas, más cuando colgaban mi hamaca cerca de él pues imaginaba que por ahí acechaban esos duendes.

Porque han de saber, que, a pesar de estar esta mi casa, a cincuenta metros de la plaza del pueblo, estaba invadida por aluxes, huayes, fantasmas, ratones y quien sabe cuántas cosas más que hicieron de mi infancia una aventura. Solo era apagar la vela mi madre y la casa se convertía en una romería de estos seres imaginarios, imaginarios, menos los ratones y los alacranes, éstos hacían un ras, ras que se multiplicaba por la oscuridad, y por mi conciencia, decía mi madre, sobre todo, cuando había luna y en alguno de los muchos agujeros que tenía el techo se descolgaba uno de sus rayos y pintaba su imagen en algún lugar del piso. No sé, el rayo de luna es muy diferente al rayo de Sol. Como que es más melancólica, más misteriosa, pues no reverbera reflejando a las motas de polvo, ni descubre todo con su claridad. El de la luna es un rayo quieto y silencioso, su luz queda limitada por la oscuridad y no la deja desparramarse. Por eso es diferente.

A un costado de la casa, frente a dos naranjos que hacían guardia al camino hasta la reja de madera que se usaba para entrar y también para salir a la calle, había otra chocita de paja ya desbaratándose a la que llamábamos “despensa”, aunque nunca supimos por qué, pues mercancías era lo que menos había entre nuestras pertenencias. Conservaba sólo la mitad del techo y antes la usábamos para bañarnos, de esto me acuerdo muy bien, porque fue donde me mandaron a mis cinco años a bañarme sólo.

─ Cuando salgas te voy a revisar las corvas, los codos y las orejas ─ me dijo mi madre con voz firme, y yo todo emocionado viendo como metía la cubeta de agua calentada al sol y mi ropa. Por eso me acuerdo.

Frente a la casa grande, permítanme llamarla así, mi papá construyó una cocinita, obvio, con madera y palma comunicándolas con un camino blanco, una miniatura, pues recuerdo que generalmente comíamos fuera de ella, bajo un naranjo donde había adosada una pila de piedra siempre con agua. Dentro, el fogón de tres piedras, una mesa con bancos de tres pies una alacena pequeña a la que nombrábamos “escaparate” con su puerta de vidrio que no nos explicamos el porqué, jamás rompimos, pues existe aún en un almacén en la casa de mi hermano, una tinaja de barro grande donde se almacenaba el agua para beber, siempre fresca, el resto del menaje pues era menor: las jícaras, los cajetes de barro, dos que tres vasos de vidrio, algunas tazas y platos de cerámica, el cuchillo que temerariamente me robaba para jugar en el patio cuando era yo “Tarzán”, un sartén y dos ollas que se colgaban de los bajareques (palos).

Saliendo de estas construcciones, un patio que se nos hacía enorme en ese entonces, más, cuando nos ponían a desyerbarlo y limpiarlo. En él había árboles de naranja, aguacate, limón dulce, saramuyo, ramón, cocoteros y una cueva al lado donde mi madre tenía su batea para lavar la ropa, árboles que por las noches multiplicaban la oscuridad y el miedo. Ese patio, por tres generaciones que fueron las de nosotros los hijos, fue escenario de los juegos más diversos, pues por las tardes y los fines de semana era centro de reunión para los muchachos, nuestros vecinos y de otros barrios que recalaban para jugar desde el “pesca, pesca” (roña se llama en otros lugares) canicas, trompo, pelota, hasta dramas teatrales improvisados y teléfonos con latas de leche condensada e hilos que iban de un cuartel a otro durante las batallas, en fin. Teníamos mucha pobreza, muchas carencias, pero teníamos mucha, mucha más diversión y libertad; mi hermano mayor me lo explicó filosóficamente: “nuestros padres nos canjearon comida y cosas finas, por la libertad de jugar y ser felices”.

Es cierto. Mis nietos tienen celulares, televisión, juegos en línea, lentes de 3D, pero no pueden salir libremente a la calle o ir a jugar a los vaqueros a los patios de los vecinos, ¡porque hasta sus amigos son virtuales!

Me perdonan, pero fue mejor mi niñez… creo.

Oxkutzcab, Yucatán, tercera semana de abril en cuarentena.

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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