¡SOY MORETÍN GÓMEZ!(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

foto Raul

 

 

Hubo un tiempo en Zac Mutul, que en lugar de llamarte borracho te decían: Moretín.

¿Cómo un nombre, en este caso Moretín, por decreto popular se convirtió en un adjetivo?

Yo conocí a Moretín desde niño. Vivía a unas cuadras de mi casa. Aún desde pequeño, era una réplica de su padre. Aquel era menor a 1.50 m. de estatura. Su piel morena y pelo grueso de cepillo ya le daban un perfil singular, pero agréguele que era muy moreno, de nariz chata y patizambo, entonces comenzaremos a visualizar una figura fácil para la broma.

La madre de Moretín era una mestiza morenita, de menor estatura que su esposo y de carácter sumiso.  Algunas veces se le veía con su esposo, especialmente en el gremio de jornaleros. Se hacía notar porque casi siempre terminaba por cargar con su esposo ya bien chorreado por efecto del licor.

Moretín, asistió a la escuela primaria, por cerca de 6 años. No por eso debemos concluir que termino su instrucción primaria. Se decía que paso unos tres años en primero y otros tres en segundo grado. Sin embrago sus condiscípulos, aseguraban que apenas podía escribir y leer unas pocas palabras, insuficientes para promoverse a tercer año. Introvertido hasta el fondo, cuando más te miraba, se contaba. No es que fuera mudo, sólo le costaba hablar. Nadie se sorprendió cuando después de varios años, ya visiblemente adolescente, dejo de asistir a la escuela. En adelante siempre se le vio caminar detrás de su padre yendo o regresando del trabajo. Después de que su padre murió, era su madre quien caminaba detrás suyo.

Algunos aseguran que la primera vez que se le miró ebrio fue en la fiesta del gremio de jornaleros. Al final, la escena fue muy similar al de padre, nada más que ahora el joven Moretín salió colgado de su madre.

Con el paso de los años Moretín fue ganando su lugar en la cotidianeidad de Zac Mutul. Pero las cantinas y el alcohol habían logrado algo que escuela nunca pudo. En adelante, con voz ronca, pegándose en el pecho con ambas manos gritaba: ¡Soy Moretín Gómez! Y se ponía a echar bravatas e insultos a cuantos se le cruzaban por el camino. Su talla tan pequeña no le alcanzaba para asustar a muchos. Poco a poco fue acumulando palizas y muy escasas victorias. Su nariz y cejas fueron acusando recibo. Sin embargo, cuando estaba sobrio era una persona hasta cierto punto correcta. No tenía oficio y se ocupaba en lo que fuera con tal de ganarse unos pesos para sostener su afición al alcohol.

Un día, Moretín desapareció sutilmente del paisaje de la ciudad. Rara vez se le veía por el centro y había operado un cambio en su vestimenta. De pronto usaba camisas enteras, pero arremangadas. Los pantalones siempre brincacharcos, porque debido a su corta estatura, los pantalones que usaba, regalos de las buenas personas que nunca faltan, los terminaba cortando disparejos.

Lo verdaderamente importante es que había dejado de tomar. La madrina de Moretín, contó que su cambio obedecía a que la regente de un prostíbulo lo contrató para dar servicio de agua y limpieza a los cuartos, donde prestaban sus servicios las meretrices. La condición que le impusieron era de que no tomara alcohol. El trabajo le agradaba tanto que había cumplido al pie de la letra las indicaciones. “Nunca faltan las tentaciones, pero estoy contento”. Fue el resumen que recibió la madrina, sobre su nueva vida.

Pasaron varios años hasta que un día Moretín, reapareció en escena. Con el leve cambio ya descrito; ahora llevaba arremangada la camisa y los pantalones brincacharcos de siempre. Cuando comenzó a lanzar sus clásicas bravatas: ¡Yo soy Moretín Gómez!, seguido de una gama de insultos, se le notó un cambio más obvio: No tenía dos o tres dientes delanteros. Moretín estaba chimuelo y cuando gritaba salpicaba a quienes tuviera cerca.

Sin embargo, poco a poco empezó a mostrar una faceta nueva en su carácter: Después de un acceso de insultos, de la nada soltaba en llanto y a veces se hincaba para hacerlo. Se le alcanzaba a entender que dijera reiteradamente: “mamacita.” Eso le concitaba empatía, porque pensaban que recordaba a su madre ya muerta por ese entonces.

Un día se supo por la madrina de Moretín, que uno de los tantos que lo tentaban a tomar logró que le aceptara una cerveza, aprovechando que la dueña del negocio no estaba presente. A aquella cerveza se fueron empatando varias más hasta que quedo totalmente ebrio. El caso es que al ver que uno de los clientes besaba a una de las mujeres, montó en colera y se le fue encima. El hombre era demasiado corpulento y después de algunos puñetazos no le fue difícil deshacerse de él. Despertó en la calle. Cuando la mujer motivo del pleito, saliendo del antro, lo vio, no pudo contener sonora carcajada. Eso lo avergonzó mucho y se marchó sin despedirse.

Como la madrina le replicó que no entendía por qué abandono el trabajo donde estaba tan a gusto. Confesó que no quería volver porque ahora estaba chimuelo y se veía feo así. Le daba vergüenza que su “enamorada” lo viera con ese aspecto y de nuevo se burlara de él.

Con el tiempo regresaría…

Cierto, nunca aprendió a leer y a escribir, eso no fue obstáculo para heredar a su pueblo un adjetivo. Hubo un tiempo en que si por casualidad te identificabas nato de Zac Mutul, nunca faltaba alguien que te dijera: Saluda a Moretín.

 

 

 

 

 

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