DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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EL AMOR DE MARTINA

─ ¿A dónde vas Rosendo? Todavía es muy temprano, además es domingo ─ le dijo todavía somnolienta.

─ Voy a misa de seis ─ le contestó lacónicamente.

No tuvo más remedio que levantarse también, para prepararle el café que acostumbraba tomar al levantarse.

─ Quédate acostada ─ le dijo, pero la costumbre es como una lapa incrustada en la espalda y más, después de tantos años de casados. Fue a poner lumbre en el fogón, acomodó sobre las piedras la vieja cafetera, luego,  se enjuagó la boca con el agua de una jícara que tomó de la tinaja de barro que estaba junto al horcón de la cocinita de palos y palma; mientras se quitaba el sabor amargo de la noche, pensó en lo raro de que su marido quisiera ir a la misa de la mañana, pues no era muy afecto a asistir a la iglesia, incluso, cuando lo acompañaba, la dejaba sola para que entrara y él se iba al parque o al billar. Y más raro se le hizo que se rasurara con aquella vieja maquinita que tenía desde que era soltero y que rara vez usaba, en parte por ser lampiño y porque desde que se apagó la pasión entre ellos no era muy dado a acicalarse.

Rosendo terminó de vestirse, poniéndose una guayabera que ya tenía mucho tiempo sin usar, por ser la vestimenta de lujo que se usaba cuando asistía a alguna celebración o fiesta familiar y de eso, hacía ya mucho tiempo. Era un matrimonio un tanto introvertido que habían criado sólo a una hija que estaba casada ya, y vivía en el otro extremo del pueblo, por lo que la vida de pareja se volvió monótona y se veían más como amigos que como pareja sentimental. Ella nunca lo había celado, a pesar de conservar Rosendo buen porte a sus sesenta años, pero esta era la tercera vez que lo veía actuar raro, más aún por la plática que había tenido con su comadre Gumersinda, muy buena para eso de los enredos.

─ No te confíes comadre ─ le había contestado una mañana que le comentó la actitud de Rosendo, no con la intención de crítica, sino como un chascarrillo ─ los hombres son iguales todos ─ remató. Con todo lujo de detalles le contó que muchos hombres del pueblo han buscado su perdición en la cantina del pueblo.

─ Pero Rosendo no toma ─ le aclaró, aunque recordó que un día de la semana pasada había llegado con ese olor acre de cerveza fermentada y humo de diferentes tabacos que se impregna en la ropa y la piel cuando entra uno a esos tugurios.

─ No necesita tomar ─ le contestó y de manera clara y alevosa la comadre, le contó que en esa cantina donde acostumbran los hombres pasar todo el tiempo que puedan, trabaja de mesera Rosalinda, la hija de Ruperta  quien nunca se casó, pero bien que tuvo cuatro hijos de padres distintos y al parecer esta muchacha joven, bonita y muy atractiva le va a seguir sus pasos, pero al parecer era más lista que la madre, porque se deja enamorar y le saca dinero a todo aquel que cayera en su juego.

─ Acuérdese comadre que así le pasó a don Apolonio, que en sólo tres meses de andar tras esta “fulana” perdió casa y familia, y así están muchos de los parroquianos y como el compadre ─ dijo con toda intención ─ muchos ni siquiera toman, sólo van por esta “coscolina ─ remató.

No tomó en serio esta plática debido a que conocía a su comadre como buena para la intriga, hasta que a media semana Rosendo, su esposo le dijo que no iría al terreno a trabajar cuando fue a decirle que se le hacía tarde. Rosendo se levantó y metió en el cuartito de bajareques y palma que usaban para bañarse, dos cubetas con agua y el banquillo de madera que les servía para ese menester, se rasuró nuevamente y se enjaretó de nueva cuenta su ropa “dominguera”.

La confianza que le tenía a fuerza de costumbre y tedio comenzó a oscilar dentro de los sentimientos de Martina que así se llama esta mujer. Después de luchar un buen rato con su conciencia, esperando en vano que Rosendo le dijera cualquier cosa del porqué no iría al trabajo y por el acicalamiento, decidió seguirlo cuando saliera, y ese acto que nunca se imaginó que haría, comenzó a levantarle ampollas de pequeños reclamos que tenía escondidos allá muy lejos en sus renglones torcidos.

Y lo vio dirigirse a la cantina. Y lo vio salir con la Rosalinda. Y los vio perderse en una de las tantas calles, por no tener el valor de seguirlos. Y se reventó la costra de la cicatriz que tenía en el corazón sin saberlo. Y recordó que lo había preferido a él por sobre los otros pretendientes que eran mejor partido, todo por su aspecto ingenuo que le despertó ternura y confianza. Ella alegre y de fiestas, tuvo que acostumbrarse a los tres años después de nacer su hija, a ser un objeto más de la casa, pues se acabaron los bailes y paseos y rara vez salían a la plaza o iban al cine y Rosendo eludía asistir a las fiestas donde eran invitados y así se apagó su juventud, callada, sin reclamos, para ahora sufrir esta traición.

Regresó al hogar donde lloró en silencio no de dolor, sino de rabia y a través de la opaca amargura de una lágrima, le deseo por primera vez la muerte: “Ojalá y se quede muerto en la casa de ella”. Se asustó al no sentir arrepentimiento por ese pensamiento. Se puso a cocinar para entretenerse, pero la imagen de los dos caminando muy juntos no la abandonaba. Lo que fue la gota que derramó el vaso fue que al llegar él al medio día, no podía borrar de su rostro la satisfacción dibujada en una sonrisa, haciendo que en Martina, los más de treinta años de frustraciones se materializaran en el frasco de veneno que usaba Rosendo para las plagas en su huerto. Le sirvió la comida y se sentó frente a él para ver como engullía el coctel de su destino.

Ya para terminar, con la sonrisa en los labios dijo a su mujer:

─ Me siento feliz, pues al fin se va a construir el asilo para ancianos abandonados del pueblo, no te había dicho por vergüenza a que no lo lográramos. Ya ves que el presidente municipal es mi amigo y me dio la comisión de buscar patrocinadores ─ le dijo mirándola a los ojos ─ Hoy fui con “Chereko” el cantinero y me entregó diez mil pesos, me lo entregó la muchacha que trabaja con él y que tenía en su casa, con eso, más el dinero del municipio, firmamos el contrato con el Ingeniero y va a comenzar mañana con los trabajos. Martina vio con horror, como al ponerse de pie Rosendo, se llevó las manos al estómago y cayó con estertores y echando espuma por la boca…

─ Fue veneno, Lannate, ─ dijo el forense, y a Martina la llevaron a la celda del pueblo con los ojos muy abiertos por el espasmo y muda. No volvió a decir palabra. La primera que fue a visitarla en la cárcel fue su comadre, quien entró diciéndole:

─ ¡Se lo dije comadre… se lo dije!

Oxkutzcab, Yuc. Segunda semana de abril en cuarentena 2020.

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

 

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