CASIMIRO(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

foto Raul

 

Casimiro, afirmó con voz grave: “Va a caer una buena lluvia”.

Fue suficiente para que un grupito de cuatro mujeres chismeando en la calle, acusara recibo:

—¡Uay! Yo creía que Casimiro era mudo—, exclamo una.

—¡Uay! Si, comadre, yo también lo creía, jamás lo escuche hablar—, confirmó, una segunda mujer.

—Déjense de eso y de dónde saca eso de que va a llover, ni siquiera hay nubes—, tercio una más, tratando de matizar el chisme.

—Vaya que tiene la voz gruesa—, abonó la última, con la aprobación de todas.

Continuaron con comentarios similares, sin quitarle del todo la vista. Por su parte, Casimiro, prosiguió con ese paso cansino suyo, que pareciera no querer llegar a ningún lado o porque efectivamente caminara sin destino.

Se habría alejado unos quince metros, cuando gruesas gotas de lluvia comenzaron a arreciar. Las mujeres del grupito mencionado no daban crédito y antes de correr a resguardarse, notaron que Casimiro no varió el paso y sólo alzaba ambas manos hacia el cielo.

Con el tiempo, ellas mismas se encargaron de encajarle a Casimiro un halo de misticismo, insinuando que era una especie de profeta, cumpliendo alguna manda divina. Mucho abonaba su figura: Alto, de grandes ojos negros enmarcados en cejas pobladas, bronceado, de pelo largo hasta los hombros, enfundado en ropas raídas, calzaba unas alpargatas de llanta, a las que añadía de cuando en cuando pedazos de hule y trapos, a modo de suelas.

Un tiempo después de tal episodio, en el pueblo, comenzaron a desaparecer los pavos que en muchas casas se criaban en libre pastoreo.

El suceso tenía mayor relevancia, porque en Zac Mutul, la rutina cotidiana se acomodaba a determinadas temporadas, según la visión de cada grupo: Los niños hablaban de tiempo de canicas, de papagayos, de trompo, de ramadas, etcétera. Otros hablaban de tiempo de gremios y corridas de toros, de posadas, de excursiones al puerto, de sequía o de lluvias. Tampoco faltaban quienes hablaran de catarros o de diarreas.

Casi todo tenía asignado un tiempo. Incluso los ookol tso, roba-pavos, se sabía que aparecían en los meses de diciembre. No era el caso y quizá por ello es que más levantó ámpula, la desaparición de las mencionadas aves. Las especulaciones eran el pan de cada día. Un día se decía que era un Uay kaan otro que eran los húngaros, gitanos, que de vez en vez llegaban al pueblo. Y así por el estilo.

Los días pasaban y la temporada del ookol tso, parecía haber llegado a su fin. Sin embargo, la concurrencia de par de vecinos a las oficinas policiacas del municipio, denunciando el robo de media docena de pavos, volvió a calentar el asunto. Ya los húngaros, principales sospechosos, se habían ido, pero un nuevo ingrediente se abonó al asunto: Alguien notó que Casimiro llevaba prendido en el cabello una pluma de pavo. Ante la ausencia de sospechosos fue un dato suficiente para que los quejosos lo incriminaran.

A la puntual denuncia, las autoridades tenían que responder legalmente. El problema es que, salvo su nombre propio, del que muchos pensaban era un apodo, nadie sabía más de Casimiro. Ni sus apellidos, ni su domicilio. Datos importantes para cumplir el protocolo de un citatorio.

Sobre su domicilio, sin saber la razón exacta, era usual encontrarlo caminando por la calle 24 que, en aquel entonces, por los años sesenta, en su extremo norte, terminaba en amplios montes.  Justo allá, cercana la noche, se le veía internarse. Se deducía que dormía en una cueva, donde según los antiguos, habitaba una enorme och kaan, especie de boa regional. Razón suficiente para desanimar a los curiosos.

En relación a su identidad, varios decanos del pueblo, cuentan que de jóvenes vieron por primera vez a Casimiro, en los años cuarenta. Corrían ya la mitad de los sesenta y aseguraban que nada había cambiado respecto a él, con la salvedad de que sus alpargatas ya alcanzaban no menos de 15 centímetros de alto. Nunca supieron que proviniera de determinado pueblo o familia; sólo se apareció, súbita y espontáneamente.

No hablaba ni pedía nada; sin embargo, donde pasara, no faltaba quien le regalara comida que el aceptaba con un gesto parecido a una sonrisa, mostrando sus grandes dientes color ámbar y un sonido gutural. Nunca la comía. Se limitaba a recolectarla en su sabucán de sosquil, como para compartirla posteriormente con alguien.

Las autoridades no sabían que hacer; deliberaban entre ellos si sencillamente se le mandaba a detener y hacerlo comparecer ante el juez de paz o se le inventaba un nombre y una dirección para cumplir la norma establecida.

Aunque el pueblo estaba dividido respecto de la inocencia de Casimiro; con la posibilidad de que tuviera media docena de pavos, la gente dejó de darle comida.

Pasado un par semanas, las autoridades, en apego a la ley, decidieron citar a Casimiro para enterarlo de las acusaciones. Mucha gente curiosa se congrego para ver la entrega del sobre con el oficio. Fueron testigos de como el hombre recibió el documento y con las mismas lo metió a su sabucán. “Tienes 72 horas para presentarte”. Fue todo lo que se escuchó decir al agente encargado del parte, para recibir como única respuesta, la consabida mueca o sonrisa del personaje. Muchos no pudieron evitar la risa. Lo que avergonzó al oficial.

Justo un día anterior a que se cumpliría dicho plazo, corrió por varias partes del pueblo un fuerte remolino que levantó muchos techos de casas hechos de láminas. Un grupillo de niños que jugaban en la calle, cuando ocurrió el mencionado fenómeno, corrieron asustados a sus casas para contar que el remolino había levantado a Casimiro y se lo había llevado hasta la nubes.

En principio poca gente les creyó, asumiendo que era cosa de la imaginación de los niños.

Al tercer día, mucha gente se reunió en los alrededores del palacio, para esperar que Casimiro fuera llevado a su audiencia con el Juez de Paz. Cumplido el plazo, una patrulla salió a buscarlo a lo largo de la calle 24, que acostumbraba caminar todos los días. Después de largo rato de espera, la patrulla regreso con la novedad de que nadie lo había visto ese día. Fue entonces que la versión de los niños comenzó a cobrar credibilidad. Mientras tanto, la autoridad acordó organizar un grupo de gente para que, al día siguiente, entrara al monte donde se suponía que Casimiro se resguardaba.

Mucha gente curiosa se arremolino cerca del monte. Unos tres policías, más un voluntario, se dispusieron a entrar al monte para detener a Casimiro.

Habrían pasado unas tres horas, cuando el grupo retornó asustado.

Relataron que no encontraron por ninguna parte a Casimiro y de los pavos ni sus plumas. Que efectivamente había una cueva natural propia de los cenotes. Cerca de la entrada se encontraba enroscada y durmiendo una och kaan, que calculaban de unos tres metros y un diámetro de treinta centímetros. “Cuando oyó nuestras voces, se adentró hasta el fondo de la cueva. Por suerte, porque capaz y se hubiera tragado a alguno de nosotros.”

Nunca más se volvió a ver a Casimiro por las calles. Unos creían que el remolino se lo llevo al cielo y otros más que se lo tragó aquella culebra gigantesca.

 

 

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