SARAGUATO(POR: JESÚS VARGUEZ)

FOTO OFIC CHUCHO

 

Agazapado en las ramas de un árbol de nance el Saraguato la miraba fijamente, en sus ojos se reflejaba el brillo del instinto, y una fijación obsesiva.

Muy a su pesar, Zacil Ha acompaño a su familia al campamento chiclero. A sus quince años se sentía prisionera en aquel lugar rodeado de árboles de chico zapote y tan solo con la compañía humana de dos familias más. Las tareas cotidianas de las mujeres: cocinar, lavar y dormir.

La primera vez que vio al Saraguato, sintió ganas de correr. Su madre la detuvo.

—No tengas miedo, no atacan—le dijo con una sonrisa divertida en los labios.

La sarteneja donde lavaba Zacil Ha se encontraba a  no más de cincuenta metros del campamento. Tras doce horas de trabajo su padre y su hermano producían ropa sucia suficiente para mantenerla más de tres horas tallando. La vigilancia diaria del mono le inquietaba pero confiaba en las palabras de su madre, sobre lo inofensivo de la bestia.

Lo que sucedió esa mañana le erizo los cabellos a la joven. Mientras echaba agua sobre la ropa con una jícara y miraba de reojo al Saraguato. Vio como otro mono se acercó al árbol donde todos los días se apostaba su guardián. Rugiendo lleno de furia, el saraguato se abalanzó sobre el intruso, sin piedad lo golpeo y mordió hasta hacerlo huir aullando de dolor. La muchacha entendió que estaba defendiendo su territorio ¿la consideraba parte de su territorio? Cuando se lo conto a su madre, la respuesta fue:

—Son animales, no tiene nada de raro.

Cuando llego a su lavadero, junto a la laja que usaba como batea, se encontraba un montón de fruta y flores, de inmediato supo que era de parte del saraguato. Ahora se había acercado más a ella, entre las ramas frondosas de un ramón, lo pudo distinguir claramente, media más de un metro, muy corpulento, sus ojos negros la oprimían como garras, el pelaje oscuro y brilloso tenia destellos tornasol. Nerviosa trato de concentrarse en su tarea, pero era inútil, la fuerza salvaje que irradiaba el saraguato le tocaba la piel y le producía angustia.

Apenas aclaraba cuando Zacil despertó, lo primero que escucho fue el aullar casi rugido del saraguato como si la llamara. Se sentía sola, acompañada de su miedo e ignorada por sus padres. Se fingió  enferma para no ir a lavar, su madre le toco la frente y quitándole la cobija de encima le dijo que no fuera floja, la ropa no se iba a lavar sola.

Temblando y con el cesto de ropa sucia entre los brazos Zacil llego a la sarteneja. Sobre la laja, fruta y flores frescas anunciaban la presencia de su acosador. No sabía hasta donde podía llegar aquel animal en su obsesión por la mujer, su instinto le advertía de un peligro, un peligro que solo ella notaba. Esta vez el saraguato se acercó más, aferrado a una rama con su musculosa cola, se balanceaba de un árbol apenas cinco metros de la sarteneja.

Cuando ayudaba a su madre a tender las tortillas sobre el comal, entre el bajareque de la cocina, le parecía ver la sombra del saraguato, por las  noches el ruido alrededor de la casa lo atribuía al saraguato, su sueño inquieto, estaba poblado de imágenes del saraguato, intentando tocarla y cubriéndola con su mirada de animal en celo.

El domingo era el único día que los hombres se tomaban un descanso. Tomaban aguardiente, platicaban y escuchaban música de un viejo radio de baterías. A Zacil Ha, le encantaban los domingos porque ese día no tenía que ir a lavar. Desayunaron temprano codornices asadas con tortillas calientes y café. Sacaron a asolear las sabanas y las hamacas. Pedro el hermano de Zacil era  un muchacho muy alegre y travieso, le encantaba molestar a la joven jalándole el cabello.

— ¡Ayy! ¡Mamá dile a Pedro que no me esté molestando!—grito la muchacha.

Como una piedra negra arrojada, salió de entre los arboles el Saraguato, los gritos de espanto de las mujeres se confundían con los gritos de dolor de pedro al caerle encima la bestia y sentir los colmillos y las garras del animal rabioso. Los rugidos y los gritos por un segundo fueron acallados por el disparo al aire que realizo el padre de los jóvenes, por un momento todo se paralizo.   El mono  intento huir, el hombre apunto, disparo y no falló. Herido de muerte el animal avanzo unos metros y cayo, cuando se acercaron pudieron ver que la bala había salido por el pecho y que desesperadamente, el Saraguato intentaba meter hierba en el orificio, sin pensarlo, el padre de Zacil le dio el tiro de gracia.

Esa noche mientras platicaban entre risas y el  efecto del aguardiente; las emociones del día, todos cenaron un suculento chocolomo de Saraguato, aderezado con cilantro, chile habanero y limón. Todos, menos Zacil Ha.

 

 

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