OFICIOS SIN GLORIA: EL HORQUETERO(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

foto Raul

 

“Propiedad privada. Prohibido entrar a este predio”, indicaban varios letreros. Me resultaban extraños, acostumbrado a la idea que los montes no tenían más dueño que los aluxes como solían contar mis abuelos. No es que lo creyera del todo, pero igual no se me hacía posible que alguien poseyera tanto terreno. Ignoro el aviso y brinco la albarrada para adentrarme al predio.

Fui abriendo con mi coa un poco de brecha. Habré avanzado un par de mecates cuando me topo con un magnifico árbol de guayabón. Espigado, tendría unos tres metros de altura, rematado en todo lo alto con dos ramos de diminutas flores blancas y hojas verdes de regular tamaño. Con una mirada calculadora concluyo: Será una gran horqueta. Procedo a limpiar a su alrededor para mantener una prudente distancia de sus espinas relucientes, semejantes a filosos puñales. Sé muy bien cuanto duelen sus punzadas.

Tomadas las precauciones, me quito la camisa para no sudarla. Retrocedo un poco para asestar el primero hachazo. En eso, siento en el costado izquierdo un pinchazo, seguido de un agudo dolor, que me obliga a bajar el hacha. Giro para checar la causa y entiendo; ha sido la espina de un árbol mediano de guayabón, del que no reparé por estar embebido con la espléndida mata que ya describí.

Mientras le echo un poco de agua a mi herida, tratando de mitigar el dolor, oigo una voz femenina, algo compungida.

—Disculpa Rich, no quise ocasionarte ningún dolor, pero era la única manera de comunicarme contigo.

Confundido, trato de ver de quien proviene la voz. Todavía más, porque me llama por mi apodo. Tampoco distingo a una serpiente hablándome, como en el relato de Adán y Eva. La de la voz, tal vez entiende mi azoro porque me insiste.

—No te asustes, no soy ninguna serpiente. Me llamo Mukuyché y soy una alux, atrapada en las entrañas de este guayabón. De hecho, te conozco desde que eras un niño y venías con tu madre y abuela a cortar leña por estos terrenos. Muchas veces jugamos juntos.

—Pero yo pensé que solo había aluxes varones—, le replico, soslayando su pretensión de amistad añeja. Prejuiciado por los relatos de los viejos de que existen aluxes ladinos o pícaros.

—¡No me digas! Ni modo que los aluxes varones parieran aluxitos—, me contesta irónicamente.

—Disculpa, pero no entiendo eso de que estés atrapada en este árbol.

—La razón es que un alux travieso apostó conmigo a que no era capaz de esconderme en una semilla de guayabón. En cuanto lo hice, aplico un conjuro que no resolví a tiempo y aprovechó para enterrarme. Ya bajo tierra y en lo obscuro, no supe cómo salirme; hasta que la semilla germinó y afloramos juntos a la superficie desde hace tres años. Ahora falta librarme del tallo de este guayabón.

—Ya veo, pero ¿tienes idea de cómo salir?

—¡Claro! Por lo pronto voy de gane porque, al ensartarte, la poca sangre que se impregnó en la espina fue suficiente para darme voz y hablar contigo. Tal vez puedas ayudarme a escapar de este árbol que es como mi prisión.

—¿Cómo podría?

—Puedes ayudar. Para empezar, corta este guayabón y con él sácame de aquí.

—¿Por qué quieres salir del monte?

—De este monte, porque los demás aluxes que lo cuidaban se fueron enojados, según los escuché comentar, cuando alguien colocó ciertos letreros a la vera del camino. Pero es el caso que requiero de cierto artificio que habitualmente usan los aluxes para romper encantos.

—Debo decirte que a mí me conviene cortar aquel guayabón; como puedes ver especialmente largo y recto. Cualquiera me lo compraría a buen precio. Incluso convendría quedármelo para utilizarlo como un bajador de frutas en temporada de caimitos, zapotes, aguacates y mameyes. Árboles frutales muy altos, como los que tengo en el patio de mi casa.

— Oye, yo puedo hacer eso y más, si tú me ayudas. Mañana, o cuando quieras, puedes obtener una mejor horqueta; de aquí a setenta pasos al este. Además, no te conviene negar ayuda a un alux, piensa si un día los demás aluxes se enteraran.

—Entiendo que fue uno de ellos quien te metió en problemas.

—Jugábamos, no pretendía hacerme daño. Luego seguro se olvidó. Pasa mucho.

—Pero llevas años así, según me has dicho.

—Tres, y no son muchos, ten en cuenta que los aluxes vivimos varios cientos de años.

—Está bien, ya me convenciste…

Dicho eso, me di a la tarea de cortar el modesto guayabón. Tardé un poco más de lo habitual, pensando que adentro había un ser. Cuando lo acabé de despuntar y descortezar, resultó en una linda horqueta de color blanco con sombras rosadas.

—Estamos listos, vámonos—, le dije a Mukuyché, un poco para comprobar que no le pasó nada, durante el corte, o con la idea de que todo había terminado allá.

—Sí, vámonos—, contestó con un tono de emoción.

—Tengo que decirte otra cosa…

—Dime…

—El único que puede oír mi voz eres tú y sólo tú, ¿entiendes? Por el asunto de que fue tu sangre quien me dotó de voz.

—Creo que si—, le respondo…

Cuando arribo a mi casa, estaciono el triciclo. Me pongo al hombro la madera; agarro un sabucán, colgado en un gancho del corredor y me dirijo enseguida al patio. Es la cosecha final de caimitos e inicio de los mangos. Muero de ganas de comprobar lo dicho por Mukuyché.

—Bueno, es hora de ver si en verdad puedes cumplir tu palabra—, le digo en voz baja a la aluxa. Acto seguido, empuño la horqueta y trato de alcanzar un gajo de tres caimitos…

—¿Qué haces tonto, crees que así funciona?

—¿No, entonces cómo?

—Deja aquí el sabucán y regresa en quince minutos…

Acepto la idea y regreso a la casa. Ya en el interior, mi madre, me dice que le gustaría comer alguna fruta, sea un caimito o un mango. Le digo que voy a descansar un cuarto de hora y después le bajo algunos. Expresa su conformidad y me acuesto un rato.

Apenas puedo aguantar los quince minutos. Me levanto y regreso al fondo del patio. Cuando ya estoy debajo del frondoso árbol de caimito, siento un golpe en la frente que me hace ver estrellas. Y la risita burlona de Mukuyché, ji, ji, ji, ¿qué pensaste amigo?

—¿Y los caimitos? — Le pregunto, fastidiado por la broma.

—Mira hacia el tronco.

Ahí estaba el sabucán, repleto de caimitos. Eran ya los últimos de la temporada, grandotes, con un brillo que prometía su espectacular sabor.

Emocionado, abracé la horqueta como si fuera una persona y le di las gracias. Agarré la bolsa y se la llevé emocionado a mi madre.

Por la noche, me dio un poco de trabajo conciliar el sueño. Sé que no puedo creerme del todo los dichos de un alux. Tienen fama de bromistas, sin calcular sus consecuencias. Un vecino milpero murió de fiebre, por una supuesta mala relación con los aluxes. Para sosegarme, agarro una pequeña flauta de madera, cuya boquilla simulaba el pico de un pato. Siempre ha estado conmigo sin saber cómo la obtuve. Igual sin recordar de dónde lo aprendí podía tocar armonías ligeras, sonidos raros, que tenían la virtud de calmarme. Me distraje un rato, hasta que sentí que era observado. Aceche por la ventana y no vi a nadie. Mas relajado, me dispuse dormir…

Amaneciendo, salí rumbo al consabido monte. Pedaleé una media hora, hasta el punto del día anterior; me adentré los antedichos dos mecates y me dispuse a contar setenta pasos al este. Ahí estaba, ciertamente imponente. Altísimo que no puedo calcular su altura. Me dispuse a seguir la rutina de despejar su derredor. Luego, con mi hacha lo fui cortando hasta que completé la tarea. Cuidadosamente con mi coa, le fui quitando una a una sus espinas y luego la corteza. Pasado un tramo, observo un grabado. La resina casi rojiza le infunde un aire antiguo. Sin duda es un corazón atravesado por una flecha. Juegos candorosos de niños, desestimo. Sin embargo, algo me obliga a deletrear:

¡Mukuy y Rich!

Como un rayo que rasga la oscuridad, el recuerdo de una escena me deja ver a un niño con una pequeña, sentados ambos en una laja, tocando por turnos una flauta de madera.

Apresuro todo, cargo con mi hermosa pieza y regreso veloz a casa.

Atravieso el pasillo que lleva directo al patio y busco la horqueta que contiene a Mukuy.

La ubico partida a lo largo por la mitad. Ambas partes se encuentran apoyadas en el tronco de una mata de mango. Las agarro y les pregunto, como si pudieran escucharme:

—¿Mukuy, estas aquí? ¿Mukuy, estás aquí?—  Repito en un tono más alto.—No juegues, ya recordé quién eres—, le digo, ahora con una voz algo quebrada.—Tenías razón, eras la amiga que jugaba conmigo en el monte, mientras mi abuela y mi madre cortaban leña. También ya recordé que me enseñaste a tocar una melodía para liberar los conjuros de los aluxes. La misma que entre otras entoné anoche. Imagino que esperabas lo hiciera para liberarte y regresar al monte.

Obtengo por única respuesta el silencio. Miro la nueva horqueta y digo quedamente.

¡Gracias por tu nuevo regalo! Una horqueta tan alta que quizá por la noche la use para bajar una estrella…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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