LA ZAPATILLA(POR: JOSÉ GARCÍA)

tarjeta de jose garcia

 

Pasaba  de la media noche cuando  la  encontró  en aquel basurero. Algo común no le presentó  rareza alguna. La  guardo en su mochila y siguió su andar.

El Sol  trasparentaba  la cortina remendada cuando abrió los ojos. Un zumbido en sus oídos lo encamino como zombi hacia el baño para buscar en la caja de medicinas caducas algún remedio como todas las mañanas, pues su vida en despilfarro  era un motivo sin cambio.

La resonancia  en su celular lo puso en píe. La llamada de la comandancia de policía –una sexta víctima había aparecido – término por  despertarlo. Tomó cualquier ropa del cesto de basura y dándose  buches  de enjuague bucal abandono su departamento.

Abarrotado cada rincón del  mercado callejero  estaba, cuando extendió la media alfombra color rosa  y sobre ella  espacio los diferentes modelos de calzado femenino…

Cuando abandono la estación de policía el Sol ya colgaba de un hilo. “Soportar los berridos de su jefe  y  sentirse vampiro sin glóbulos blancos que se derrite ante el astro rey, era un castigo divino” —decía.

Avizoró cada cuadrante de la ciudad  buscando donde calmar su sed. En su hábitat natural se puso al tanto de todo. Seis desaparecidas en una semana – sin  rastro alguno  eran preocupantes. Tomó su vaso de ron escarchado en hielo y lo frotó en su nuca. Le ayudaba a pensar mientras leía su informe:

Siguiendo la última víctima todo giraba en un triángulo. Hizo una pausa, pidió otro vodka  pues el ron le había secado las ideas. Y tal bebida sí que le aclaraba, su índice derecho seguía dos objetivos: “el basurero clandestino” o “el viejo cementerio del municipio. Era como  buscar una aguja en un pajar…

Pasaban  las dos de la tarde, la docena de copas aparte de dejarlo festivo  le había hecho hueco en la panza. Mantuvo una actitud dubitativa en sus pasos que lo llevaron al puesto de las garnachas.  Mientras esperaba,  fotocopio con la vista el entorno donde solo se movían las manos de los chalanes que desmontaban el tianguis, y uno que otro puesto, entre ellos el de un pordiosero .Se levantó como resorte y encaminó a el

Empacaba los tres últimos zapatos  cuando lo abordo. En breve plática lo convenció para que le mostrara  las demás  zapatillas  de modelo, talla y color desigual.

 

Creyó tener algo, pero se convenció más por el grito de la vendedora mostrándole  su comida. Dio las gracias  y fue  por lo suyo.

Aventó su celular para silenciar la alarma. Se borraba la cara con  una mano, mientras con la otra sacaba  del refrigerador un vaso a medio llenar de agua, que combino con  un par de alka-seltzer .

Mientras se vestía  encendió la televisión, justo cuando mostraban a  otra víctima. Esta vez, la noticia traía cola. El anuncio mostraba el basurero clandestino.

Los ladridos de su perro lo despertaron. Con un ojo abierto y el otro cerrado aún, sus  manos palpaban el frio suelo de cemento buscando algún objeto que aventarle.  Con ojos preocupantes  miró su cuarto, pequeñas manchas de sangre hacían camino hacia el baño. Al abrir la puerta, el cuerpo sin vida de una adolescente mostraba un cuadro de  espanto.

Se trepo en una duna de basura que  mostraba buen panorama. El terreno no era grande por lo que su vista lo cubrió plenamente. Nada anormal: basura aquí, allá y…un camino que lleva a la única choza viva.

Andaba con cuidado ante  tanto perro callejero y hambriento que mostraban sus dientes filosos y  miradas retadoras. Creyó  retirarse  sin nada. Pero la lucha de dos canes por alimento lo detuvo. A lo lejos no distinguía  que jaloneaban con fuerza de un agujero. Unas cuantas piedras  voluminosas  sirvieron para ahuyentarlos.

Se sentó abrumado en la mesa. Del interior de su refrigerador desoxigenado tomo una botella de alcohol barata y le dio varios sorbos. Escarbo en su mochila y sacó su apartado con jeringas, una  liga clínica  y un frasco con un  polvo cristalino que derritió a  fuego lento.

“Pasados unos minutos se sintió vigoroso. Se colgó un delantal, tomó un cuchillo de carnicero, un par de bolsa negras   y sin  mutarse, viajo al infierno”

Tuvo que taparse  con un pañuelo para evitar expeler el contenido del estómago por la boca. Ante monstruosa  escena solo se persigno. En un santiamén llegó el equipo de excavación. Con ayuda de perros adiestrados, en un triángulo del basurero—como supuso — tres presuntas víctimas emergieron.

Mientras veía como se llevaban los cuerpos sacó de su sobretodo una chatita de ron y se embuchó de ello. Tal escenario lo dejó bobo, algo no le cuadraba. El penúltimo sorbo quedo interrumpido cuando un investigador le mostro  la zapatilla color vino  de uno de los occisos.

Cuando volvió al mundo, buscó  alguna bebida para desentumir su boca  mientras con un trapo lustraba los impares calzados de siempre. Esta vez: sumaba uno más.

Sonrió cuando vendió los dos primeros zapatos desiguales –después de varias semanas en exhibición creía que era cierto lo que la gente murmuraba, ”  puras pendejadas  vende…” – pensó para sí.

Cuando le aventó la zapatilla color vino con fuerza… su mirada mostraba odio.

–¡Dame esa otra!  .

Las primeras  planas de los periódicos  narraron tal acontecimiento. Sólo de una víctima  se le culpó a aquel mendigo.

¡Las demás!  los astutos abogados que cobran buenos honorarios…las mantienen  perdidas en el anonimato.

 

 

José  García

Marzo09200.

FIN.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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