DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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LO MATÓ EL GOBIERNO

 

¡Ahí viene!

─ ¡Ahí viene, ahí viene! Gritaban nerviosos, no sólo los niños encaramados en las ramas de los árboles, sino la gente grande también, quienes se asomaban por arriba de las albarradas y las mujeres en el resquicio de las puertas de las casas de paja.

─ ¡Ahí viene! Dijeron los pobladores cuando vieron asomarse el armatoste dando tumbos, por la calle principal llena de hoyos y canales que las carretas tenían labrados en su diario transitar por el pueblo y, emocionados, lo fueron siguiendo en una algarabía hasta la plaza principal donde se detuvo. Aún con el rugir de su motor, el operador de dicho monstruo se bajó saludando con un gesto a la gente arremolinada, quienes lo veían con admiración, pues no cualquier mortal podría controlar semejante máquina. Ante el asombro de todos levantó el capirote que cubría al motor, única parte metálica al igual que el chasis, pues el resto del camión estaba construido con pura madera al igual que los asientos, debido a que era un viejo camión de la década de los treinta que había prestado el servicio urbano en la capital.

Los más osados de los jóvenes, se acercaron asomándose para ver ese amasijo de fierros bufar, despidiendo calor y humo y como el chofer metía la mano entre los candentes hierros y sacar una espada donde checó el nivel del aceite. Los niños, con los ojos abiertos por el pasmo, se atrevían a tocar los costados y las llantas, desafiando el temor y el regaño de los mayores.

Y es que se había anunciado con anticipación, por eso casi todo el pueblo estaba a la expectativa. Les habían dicho que el gobierno iba a construir una carretera petrolizada, para llevar a los municipios del sur el servicio de transporte de pasajeros, ya que el único medio que se tenía para llegar a la capital era el ferrocarril que no era muy viejo tampoco, pero era el único medio y duraba hasta seis horas en hacer el recorrido. Este mi pueblo, dista cien kilómetros de la capital, pero ir por otro medio (camiones de carga, carretas o a caballo, quienes sacaban el maíz u otros productos que se cosechaban aquí) era una verdadera odisea, sobre todo en temporada de lluvias, cuando se formaban unos lodazales que hacían sufrir a las pobres bestias que jalaban las carretas o por la carga que les ponían en el lomo. Había partes del camino donde se hacían unas holladas de chak luuk’ (lodo rojo) que dejaba el camino por completo resbaloso; en otras áak’alché (aguada, pantano) barro de color gris, muy espeso que aprisiona los pies al caminar sobre él y cuando el sol de la canícula lo tatema, queda tan duro como piedra; por eso, esto del camión, fue una especie de propaganda, para que la gente viera que el gobierno cumplía lo que ofrecía, ya que construyendo esta carretera se haría más corto y rápido el viaje.

Fue en el cincuenta y dos del siglo pasado, pues yo tenía cinco años, cuando la maquinaria llegó a mi pueblo y una de estas fantásticas máquinas (en ese tiempo claro) era la buldócer (así me dijeron que se llamaba) que comenzó con su enorme cuchilla a levantar la tierra y el zacate que había alrededor del parque municipal, esparciendo un aroma muy singular que se amodorró en la memoria y que serviría después para eso de los recuerdos y nostalgias, pues hasta cuando quita uno la yerba del jardín, el aroma de la tierra y maleza nos enchufa al pasado, al muy remoto pasado.

Ya para fines del año, llegó la carretera hasta donde iba a llegar en ese tiempo: en un pueblo sesenta kilómetros más atrás del mío, llamado Peto, municipio que hace frontera con el estado, en ese entonces, territorio de Quintana Roo y se inauguró el recorrido. Al igual que el viejo camión de madera que llegó a promocionar el compromiso, al primer camión se le recibió con mucho entusiasmo; era un camión gris claro con ribete azul y trompudo. En este primer viaje, vinieron las autoridades, quienes pernoctaron en el pueblo fronterizo, pues al principio, hacían el recorrido sólo dos camiones: uno que iba y otro que regresaba. Total, al principio no fue muy notoria la diferencia con respecto al tren, pero años después, cuando se pusieron más camiones, la gente comenzó a darle preferencia.

Recuerdo que estos camiones carecían de cajuela para el equipaje, por lo que traían en el techo una parrilla a todo lo largo del camión, donde se subían maletas, costales y huacales con frutas, pavos y gallinas, ¡y gente! Cuando se llenaba el camión, se permitía que personas viajaran arriba, agarrados como changos de la parrilla y atentos a las ramas de los árboles. Hasta que dos o tres pasajeros fueron apeados al descuidarse, fue que quedó prohibido.

Entre los avances en esta área, fue que comenzó a pernoctar un camión en mi pueblo. Era la última corrida que llegaba a las nueve de la noche, velaba en el pueblo y a las cinco de la mañana del día siguiente salía para Mérida. De manera que, de niños, la emoción de saber que íbamos a viajar nos hacía difícil conciliar el sueño, la ansiedad nos mantenía despiertos, más que la jícara de café con la que habíamos cenado. Desde las cuatro de la madrugada nos despertaban después del breve sueño, para que nos vistieran después de la lavada de cara oficial, nos hacían desayunar el café con galletas y nos hacían “hacer del baño” como cuatro veces, para que no fuéramos a estar dando lata durante el viaje, y atosigados por el ¡Apúrate! ya que si llegaba uno tarde, no se alcanzaba asiento y tenía uno que “aventárselo” parado. Siempre rogaba que nos tocara lugar del lado del chofer, pues a tres cuartos del camino, se divisaba una aguada desde la ventanilla, única concentración de agua que se puede ver en el monte. Aún trato de ganar ventanilla de ese lado cuantas veces viaje a Mérida.

Ya todo esto es pasado. Ahora los camiones son modernos y compiten con las camionetas que prestan el mismo servicio y no se limitan, los que pasan por mi pueblo, a los municipios del sur, sino que la red de carreteras es ya Internacional y tenemos corridas cada treinta minutos.

Si pudiera regresar en el tiempo, escogería al viejo tren que nos daba todo el tiempo del mundo para recorrer los cien kilómetros, porque han de saber, que al ferrocarril no lo venció la modernidad del transporte… Lo mató el gobierno.

Oxkutzcab, Yuc. Enero de 2020

Profr. Fco. J Tejero Mendicuti.

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