EPIDEMIA (POR: JOSÉ GARCÍA)

tarjeta de jose garcia

 

Esa noche las estrellas se podían contar. Era un cielo despejado que se iluminaba  cada vez que descendían a la tierra cuerpos celestes. Un espectáculo de la naturaleza único para deleite del ser humano. Aquel amanecer cambiaria muchas cosas.

Jacinto,  como todas las mañanas  arreaba sus cabras. En el camino se le aclaró la vista sobre una pequeña zona de yerba aplanada y que  olía a quemado.  Hacia el centro del monte…justo ahí, una cosa que no supo razonar  se veía cubierta  de humo, niebla y ramas.

Dispersó a sus animalitos, se cubrió  con hojas de plátano para camuflarse  y cuando acechaba… un ruido extraño parecido al de una charnela sin grasa;  abría  una compuerta  de abajo arriba.

Aquel objeto ya visto con más claridad, se asemejaba a una ostra gigante de donde salió arrastrándose un ente de materia gelatinosa. Se detuvo a unos pasos y  del mismo modo que una lagartija  atrapa a su presa,  un desecho inorgánico regado por ahí lo dirigió al interior de su cuerpo sin dificultad.

Jacinto se rascó la cabeza varias veces tratando de comprender. No sabía leer pero tonto no era. Un sacudón de cabeza lo reintegro de nuevo en la escena. Sus ojos se quedaron saltones cuando vio de píe la mitad de su masa.

De  la cintura hasta el suelo colgaba  una parte gelatinosa, pero aun así, avanzaba lento. A su paso, todo lo clasificado como basura después de ingerirlo le daba forma terrestre. “No era tonto, ya se dijo…”

Como hoja que arrastra  el aire furtivo Jacinto llegó al pueblo. Ya pasaban de las diez de la mañana y en la cantina  esperando se abra,  seis briagos  resguardándose  del sol como  vampiros, lo vieron llegar.

–¡De verdad, es un ser extraño… no de aquí!  –casi atragantándose les dijo.

–¿Bueno si  pagas unas copitas para  la fatiga te acompañamos?  Verdad chicos…

Haciendo bulto y bebiendo llegaron al lugar. Una docena de cabras fue lo único que vieron. El menos mamado del grupo movía su cabeza acompasado mientras se acercaba a una chiva. Tras unos segundos todos se pitorrearon en su rostro. Mientras se iban alejando uno de ellos le gritó…

–¡La leche de cabra daña el cerebro!  –Ja,Ja,Ja.

Los meses pasaron  en la normalidad. Menos para Jacinto, qué  seguía tolerando  la burla de aquellos al pasar  por la cantina.

Dentro de lo normal resulto anormal tanta limpieza a la entrada del pueblo. Nadie se había percatado en el cielo  que los pajarracos negros se exiliaron. En cambio, escuchó murmuro de los chicos bañándose  en la aguada:

¡Si, la misma que estaba crecida de basura hace unos meses!

Luego se enteró, que en  los edificios derruidos a  la salida del pueblo se  formaban largas filas de personas a la media noche  todos los días.

Cuando llegó a la hora puntual ya una veintena de personas con quinqués y velas…y bolsas de basura  en mano esperaban ante la ruina. Unos minutos después todos callaron ante estentórea voz  que venía de las alturas. Amontonaron las bolsas y se retiraron atrás de los matorrales. Reconoció al ser que bajó de los pequeños  montículos de piedras.

–¡¡Era, él!!  — mientras veía su cuerpo bajar se agazapo entre los matorrales.

Media ya como cinco  metros de alto y sostenía un cuerpo donde caben cien  luchadores de sumo sin dieta. Algo espantoso. Cuando miró la velocidad con la que ingería  la basura entendió todo. No era tonto, ya se dijo.

Yucatán dejó de ser la ciudad blanca y limpia. Fue sobrepasada por otras.

Como chisme que corre en el pueblo ya todo el país pedía como huésped a la “Epidemia”, bautizado así por  los gobernantes que se ahorraron millones de billetes en camiones recolectores de basura y basureros al aire libre. Todo se volvió  el  paraíso.

La epidemia comió, comió y creció hasta cubrir todo el planeta con su cuerpo. Pero aun de otro planeta salió defectuoso. Cierto día como volcán en erupción el objeto expulso todo lo que había ingerido y lo expandió  en cada rincón del mundo. Todo volvió a la normalidad…

Pero la moraleja no tuvo forma y si fondo. Se produjo un pandemónium de más y más toneladas de basura. Las personas olvidaron  hacer conciencia ambiental y toda ganancia  se fue en saco roto. Comenzaron de nuevo.

Jacinto, nunca dejó de arrear a sus chivos. A  doce meses de todo  aquel extraño ser no cambio la costumbre  de su pueblo: Las aves carroñeras de plumaje negro y cuello rojizo…volvieron al terruño.

 

 

FIN.

JOSE GARCIA.

Febrero/2020.

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