AMAPOLA(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES

foto Raul

 

Ese día, busque resguardo del intenso sol, en la sombra que proyectaba un árbol de naranja, después de jugar un partido de futbol. No tenía interés de participar en los comentarios del mismo y había optado por observar al grupo de niñas, entretenidas, a corta distancia, en su propio juego. Formaban parte de la “banda” amplia que cotidianamente nos reuníamos en un tramo propicio de la calle 24.

Seguras primicias del interés en el sexo opuesto, me pregunté cuál de aquellas niñas, sería mi futura esposa. Tal vez, inducido por lo habitual que resultaba ver noviazgos y matrimonios entre vecinos.

Enfoqué la mirada en Amapola, una niña de ojos grandes, color miel, a punto de entrar, a la adolescencia. No recuerdo que pensara en la belleza suya ni de las demás. Acaso su nombre, coincidente con mi apego a la flor del mismo nombre habrá influido en mi selección.

El paso veloz de una densa pero minúscula nube simuló el flashazo de una fotografía, como un deliberado detalle para formalizar el inicio de un largo paréntesis de mi “relación”, si se puede llamar así, con Amapola. Porque luego supimos que ella y su familia se cambiarían de casa y rumbo esa misma tarde. Nunca nos despedimos, solo se fue. Corría abril, justo cuando las amapolas florecían radiantes.

De regreso a mi casa, con el sol a punto de ocultarse, me dirigí al enorme árbol de amapolas, sembrado entre la albarrada que servía como división de nuestro solar con la del vecino, por lo que sus ramas frondosas habitaban ambas propiedades.

Había hecho un hábito, el de subir por sus ramas para arrancarles varios de sus bulbos color verde seco. Elegía algunas semicerradas, para luego terminarlas de abrir, y atestiguar la emergencia de su ramito de delicados estambres; color rosado, fucsia, húmedos y perfumados. Las sostenía en la palma de ambas manos un  rato; luego, las acercaba a mi rostro con la esperanza de que su frescura y aroma esquivo se quedaran conmigo.

Ya acostado, antes de dormir, pensé largamente si algún día Amapola y yo nos volveríamos a ver. Intente imaginar, sin lograrlo, cómo luciría en el futuro. Tardé en dormirme y, en sueños, me veía una y otra vez subiendo y bajando de las ramas gruesas de aquel inmenso árbol de amapolas para luego, recrear esa especie de rito personal.

Así, se fueron acumulando días hasta convertirse en doce años. Etapa de mi vida en que dicho sueño se volvió recurrente. Diría hasta anteanoche, en que como era habitual en mis sueños, escogía un par de amapolas y las colocaba sobre la palma de ambas manos, siguiendo el ceremonial ya descrito. Lo nuevo fue que esta vez, por fin pude retener su esencia un tiempo más prolongado.

Anoche, no soñé con las amapolas y al despertar por la mañana, carente de esa evocación, intrigado y sin explicación convincente, opté por atribuirlo a un posible y simple olvido.

Por la tarde, sentí deseos de tomar un refresco, y salí de mi casa para comprarlo en la tienda, situada a dos cuadras.

Antes de entrar a la tienda me encontré de frente con una bellísima muchacha. Enfundada en vestido azul pastel; su cabello brillante, cayéndole en una especie de fleco sobre la frente, competía con la luz de sus ojos color miel. No podía dejar de verla, ni tampoco hablarle; entonces, sonriente, sus labios rosados, casi fucsia, pronunciaron mi nombre:

—Hola Ricardo.

Yo no entendía, por qué sabría mi nombre.

—Ho-o-la—, alcancé a tartamudear, sin decir más y la vi pasar. Luego entré a la tienda y pregunté al dependiente, quién era la chica que acababa de salir…

—Ah, te refieres a Amapola. Es la hija de Don Felipe Luis. Justo por estos días, ella y su familia, regresaron a vivir por este rumbo, pues se fueron por muchos años—, sin palabras, asentí con la cabeza. Pedí un refresco y me apresuré a regresar, con la esperanza de encontrarla de nuevo. Cosa que no sucedió.

Casualmente era abril. Inevitable recordé el episodio en que me pregunté si con el tiempo podría llegar a ser mi esposa. De tal momento, no recuerdo que mediara una razón específica. Pero ahora, el solo reencuentro, como un haz de luz frente a la oscuridad y quizá con la similar inconciencia de aquellos días de puerilidad, tomó su lugar, la virtud divina de la atracción entre un hombre y una mujer.

Durante los días siguientes, mi nueva pregunta ya tenía que ver con el asunto de si todos en la vida, tenemos predeterminada una pareja. O todavía más específica: ¿Acaso era Amapola, la pareja que el destino me había asignado?

Pero el tiempo responde cuando quiere. Mientras, los días pasaban veloces, sin que la volviera a ver. Impaciente, resolví qué si el destino era lento e insensible, tal vez debía hacer algo para imprimirle celeridad. Entonces investigué tanto como pude, sobre la rutina diaria de Amapola. Indagué dónde laboraba, hora de entraba y salida del mismo. Supe qué después de salir, esperaba un rato a su amiga Lenny en el parque, para regresar juntas a sus casas, pues eran vecinas.

En paralelo, aliñé mi ruta y horario, para simular como mera casualidad un nuevo encuentro.

El plan cumplió puntual su objetivo, y valga agregar que la amabilidad inherente de Amapola facilitó restablecer nuestra amistad truncada:

—Muchos años sin verte—, le comenté, para romper el hielo.

—Si, creo que unos doce—, me replicó segura.

—Yo calculaba once—, le devolví, poniendo cara de extrañado, tratando de no cerrar el dialogo.

Así, poco a poco, fuimos intercambiando información sobre lo que habíamos hecho durante el tiempo de ausencia mutua. Nos hicimos amigos frecuentes y comenzamos a salir juntos con otros muchachos a actividades sociales y recreativas.

Conforme pasaba el tiempo, fui planeando la manera de declararle mis deseos. Fustigado por la competencia de varios amigos que buscaban comprometerla. En muchas ocasiones pensé que el momento propicio había llegado. Igual los convertía en intentos fallidos.

Había logrado que Amapola y yo, sostuviéramos una relación especial; su mejor amigo, decía de mí. Esto en lugar de alentar mis propósitos, me genero un miedo a perder tal privilegio. Así, no me atrevía a proponerle que fuéramos novios.

Pero no pocas veces, el tiempo atropella a los indecisos.

La platica pareció salir de la nada…

—¿Sabes Ricardo, por qué yo y mi familia regresamos a vivir por estos rumbos? —, me soltó de improviso.

Medité unos segundos si debía decirle que el destino nos ubicaba en el lugar correcto, pero preferí preguntar.

—No, ¿por qué sería?

—Mucho por mi insistencia. Mira, justo el día que nos fuimos de este lugar, mientras jugaban al futbol, me puse a observarlos; desde entonces me pregunté si alguno de ustedes llegaría a ser mi esposo.

—No me digas. Que extraño—, le respondo sintiéndome un poco hipócrita.

—¿Y me puedes decir si pensaste en alguien en particular? — Le pregunto con emoción contenida.

—Claro, en Santiago—, me replica sin piedad.

—¿Santi? —

—Ah sí, Santi, así le apodan ustedes, espero platicarlo con él en estos días…

Sabía que Santiago, era uno de los que pretendían hacerla su novia, por lo que se hizo un silencio incómodo, entre nosotros. Incapaz de hablar, desvíe la mirada tratando de encubrir, lo que yo pensaba, mi obvia decepción.

Finalmente, la miré y forcé una sonrisa. La tomé de las manos para darle un abrazo de despedida y le murmuré unas torpes palabras…

—Pues mira, creo que harían una bonita pareja… pero disculpa voy de prisa, en un rato tengo partido de fútbol… hasta luego…

Caminé lo más rápido que pude, aunque en realidad tenía ganas de correr.

Cuando arribé a mi casa, por suerte no había nadie, me llevé las manos a la cara e instintivamente respiré hondo para tratar de calmar mi desasosiego; pero la medida resultó contraproducente, porque el aroma que retuve al tomar las manos de Amapola, subió a mi cerebro como un líquido frío, provocándome un intenso dolor en las sienes.

Cuando por fin, permití que corrieran libres y desbordantes mis lágrimas, paulatinamente el dolor fue amainando. Ignoro cuánto tiempo habré llorado, pero no paré hasta que sentí lavado mi dolor. Si, lavado mi dolor. SÍ, pero no el aroma de Amapola, instalado ya e irreductible en mi alma.

Provisto de una extraña serenidad, pensé: Vaya paradoja, ni siquiera le pude decir que yo la preconcebí, desde niño, como mi posible esposa.

El papel de “mejor amigo”, que tanto miedo tenía de perder, sirvió para ser testigo privilegiado de cada paso que llevaba a Amapola a su boda con Santiago.

Inexorable llegó el momento. La veo, ataviada ya en su vestido de novia, color blanco níveo. Camina deslumbrante hacia el altar; en el camino, dirige la mirada hacia mi posición de invitado especial; me regala una sonrisa con esos sus labios, rosado fucsia; por supuesto, era Amapola. Hago un esfuerzo por devolverle la gentileza…

Decido sumirme en mis recuerdos para abstraerme del protocolo…

Cuando el ministro pronuncia el consabido lugar común: Los declaro marido y mujer, hasta que la muerte los separe; resuelvo un par de certezas: Ella, Amapola, sería por siempre el amor de mi vida. Y siendo la vida eterna, podía mantener la esperanza de que algún día: Ella y yo, nos concibiéramos igual.

 

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