ALMAS DE PIEDRA(POR: MARÍA TERESA MORENO)

tarjeta de ma teresa moreno

 

La vida de Camila y Mateo eran como la de cualquier otro niño que ha crecido en situación de pobreza extrema. Pero eso sí, sus padres los amaban, incluso más que a sus propias vidas. El pan en la mesa y la sonrisa en sus rostros nunca habían faltado. Ignoraban todo lo que ocurría del otro lado del río. En donde vivían había apenas 10 casas, toda la gente ahí era humilde y feliz, no sabían de lujos ni excesos. Cada noche, antes de dormir, su padre peleaba con una vieja radio sacada de un basurero para sintonizar un programa de terror que escuchaban en familia. Eran inmensamente felices, y lo sabían.

Una madrugada del mes de Septiembre llegó a la comunidad aquello que tanto ignoraban los niños, aquello a lo que los hombres tanto temían. Un grupo de hombres vestidos con túnicas negras y con la cara pintada completamente de negro irrumpió la santa paz que durante décadas había reinado ahí. Los perros que ahí vivían no notaron su presencia, no hicieron ruido, ni al llegar, ni al entrar a casa de Camila y Mateo. Entraron al cuarto de sus padres y con un odio injustificado comenzaron a golpear a la madre de los pequeños. Por su parte, su padre, increíblemente seguía dormido, al igual que el resto de vecinos, perros y cualquier animal que hubiera en el lugar. Todos dormían, excepto los niños.

Los gritos desesperados de su madre los despertaron. Corrieron a tratar de ayudar a su madre pero era inútil, dos niños de 4 y 6 años no podían hacer nada. Con un simple empujón los mandaron al suelo.

La madre de los niños agonizaba, los niños lloraban desconsoladamente, y nadie se daba cuenta. Bastaron 30 segundos para hacer de su paz un infierno.

De repente, un fuerte ruido interrumpió la tragedia. Alguien o algo derrumbó la puerta de la casa. Era un animal enorme, ágil, de un andar elegante, feroz: un jaguar. Los niños jamás habían visto un animal así, y al ser desconocido para ellos, lo vieron como un demonio; un demonio de aquellos de los que tanto hablaban en la radio.

Se abalanzó sobre los intrusos para que dejaran en paz a la madre de los pequeños. A pesar de ser un animal salvaje, ellos se defendieron y golpearon al jaguar un par de veces. Eran gigantes los intrusos, medían cerca de 2.15 metros.

Dejaron a la madre en paz pero uno de ellos intento golpear a los pequeños. El jaguar se colocó en guardia frente a ellos para defenderlos. Acción que los intrusos aprovecharon, cargaron al padre de los infantes y se lo llevaron con ellos. Nada pudo hacer el jaguar para evitarlo, proteger a los niños era prioridad. Al intruso que lo enfrentó no le fue nada bien, después de recibir algunos golpes, el jaguar se enfadó y lo atacó directo al cuello. No lo soltó hasta arrancar su cabeza. No tenía ni una sola gota de sangre, era como si fueran huecos por dentro.

Después de esto, y sabiendo que los niños estaban a salvo, el majestuoso jaguar decidió marcharse de ahí, como si su única misión era que ellos estuvieran bien.

A la mañana siguiente, los vecinos se alarmaron al ver la puerta derrumbada. Entraron a la casa de los pequeños y encontraron a Magdalena, la madre de los pequeños, inconveniente y bañada en sangre, con el rostro deformados por los golpes. Del cuerpo del intruso, nunca nadie supo nada, desapareció sin dejar rastro.

Pasaron los meses, y el padre de los pequeños apareció a algunos kilómetros de la comunidad, dentro de una oscura cueva. Lo encontraron con rastros de tortura. Le sacaron los ojos, le cortaron la lengua, su corazón no estaba, ni en su cuerpo ni en los alrededores. Decidieron no decirle nada a los niños, por lo menos hasta que su madre se recuperara. Mientras tanto, Magdalena, la madre de los niños seguía sin abrir los ojos. Un coma se apoderó de su cuerpo y de su vida. Los vecinos se turnaban para cuidar a los pequeños y alimentarlos, pero a pesar de eso, ver a su madre muerta en vida, los llevo al borde del colapso. Comían poco y ponían poca atención a su entorno. Un día, llegó a casa de los pequeños el viejo Morgan, quien hasta ese momento, había sido el único que no había cuidado de los pequeños y de su madre. Les hablo de cosas hermosas sobre la vida y el universo, y de algún modo, esto trajo una sonrisa a sus rostros, y sembró una semilla de fe y esperanza en sus corazones. Morgan dijo que él podía ayudar a su madre, en la comunidad, era muy querido por haber sido partero durante muchos años, además, ayudó a sanar heridas y enfermedades de los vecinos. Pero esto iba más allá de sus capacidades, o al menos eso es lo que parecía. Comenzó a hablarles de magia y cosas fantásticas, de dioses y de energías. Dijo también, que un amigo suyo, llamado “Petram” era quien los ayudaría, pero que uno de ellos tenía que ayudarlos para sanar a su madre, dándoles algo que para ella fuera muy valioso. Camila aceptó sin pensarlo dos veces, era la más afectada y estaba dispuesta a hacer lo que fuera; ella solo quería ver bien a su madre y volver a ver a su padre. Pronto pensó en algo que quisiera mucho, pero lo único que tenía y que apreciaba era su familia.

-No te preocupes, pequeña, Petram es sabio, él sabe bien que nos puedes dar. Él sabe lo que quieres y lo que no -dijo Morgan, como si hubiera leído la mente de Camila.

Un cuervo aterrizó su vuelo en el marco de la ventana, justo sobre la cabeza de Magdalena. Era un cuervo monumental, más negro que cualquier noche de la historia, y más grande que cualquier ave conocida.

Su nombre era “Petram” el amigo del que Morgan había hablado.

En ese momento, Mateo tomo una vela y se arrodilló en el piso, a los pies de la cama, viendo fijamente al majestuoso cuervo.

Después de unos segundos, Magdalena abrió los ojos, lenta y milagrosamente. Camila se llenó de felicidad y en un mar de llanto abrazo a su madre, quien correspondió el abrazo y beso a su hija en la frente. En medio de tan bella escena, Camila vio fijamente al cuervo. Su sonrisa se transformó en terror al darse cuenta de que el cuervo no tenía ojos. De su pico escurría sangre; tampoco tenía lengua.

Asustada, Camila volteó a ver a Morgan para pedirle una explicación, pero él ya no estaba. Tampoco vio a su hermano. Se bajó de la cama y lo único que encontró fue una piedra en forma de ángel, una piedra en forma de su hermano.

Camila nunca se apegó a lo material, siempre quiso a su familia, y nada más.

Petram lo sabía perfectamente, pues él era su padre; él y Morgan fueron los más grandes nahuales de los que se haya escuchado hablar. Morgan tomaba la forma de un jaguar cuando alguien se encontraba en peligro, especialmente cuando “los oscuros” intentaban eliminar la descendencia de los Nahuales.

Petram, dueño de las almas de los suyos, era capaz de sanar prácticamente cualquier enfermedad mortal, a cambio de algo muy querido para quien se lo pidiera. En este caso, Camila no tenía nada, solo su familia, y eso le bastaba para ser feliz. El alma de Mateo fue el precio a pagar por la salud de su madre. Petram petrifico su cuerpo para ocultarlo de los oscuros, y a pesar de que su cuerpo humano ha muerto, llevará por siempre el alma de Mateo entre sus alas.

 

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