LOS PEREGRINOS(POR: JOSÉ GARCÍA)

 

JOSÉ GARCIA

 

Partieron muy de madrugada. La única mujer entre  once varones dispuesta a cumplir su manda. Las bicicletas adornadas con cintas de colores hacían una caravana multicolor entre cantos y rezos. Yoli, decidió ser peregrino junto a sus hermanos y amigos de la escuela.

Todo comenzó: cuando quedó atrapada en una cavidad natural en medio del monte.

El fuerte porrazo en la cabeza la dejo confusa. Para no sentir miedo dibujó palabras dentro de ella. En esa oscuridad, una voz de sonoridad angelical le habló. Sintió la presencia de aquél cuerpo junto a ella por lo que palpó con sus manos el limitado espacio sin hallar  nada.

Cuando se recuperó del desvanecimiento supo que la cueva era profunda y, sin resonancia. Sus gritos cedieron a los intentos. La refrescante penumbra le provocó una apacible somnolencia.

“Se miró  en un remolino de recuerdos. Corriendo por el monte tras de las mariposas y observando las caravanas de peregrinos que gozosos llegaban al santuario de la virgen del pueblo”.

A sus ocho años no entendía de esas cosas. Le sorprendía ver andar de rodillas, cargar imágenes sobre sus espaldas y por las calles pulular, gente de  fe.

¡Qué necesidad tienen de lastimarse ¡ —  pensó.

Débilmente, miró un ígneo resplandor expulsado del cielo  y de nuevo la voz celestial  que apaciguo su miedo. Le pidió siguiera evocando a su madre…

— ¿Tienes fe? — le escuchó decir.

–¿Qué es eso?—respondió con mirada cautelosa.

— “Es algo que no se ve, pero es esencial en la vida”. ¿Escucharme, té da  fe?…

Y ante su mirada  la silueta llena de luz se fue describiendo. Sintió su mano suave… como un pétalo de rosa y palabras amorosas que acariciaban su mejilla. Como los besos de su madre. Enseguida, escuchó: ¿Quieres abrazarla?

Asintió con la cabeza y lloró.

Si tienes fe, así será – le respondió — y en el interior  de la cueva un remolino de voces hicieron que el lugar se vuelva común.

Cuando abrió los ojos su madre le daba un beso en la frente y le decía: “ya se hizo tarde, tus hermanos aguardan para la peregrinación”.

Mientras se vestía, brevemente  describió su sueño y, a la persona que platico con ella. No vio bien su rostro pero seguro era de una mujer. Aquella suave y amorosa voz no la hizo dudar – término diciéndole a su madre.

La gente había llenado la iglesia del pueblo. Cuando llegó abandonó su bicicleta y sacó de su morral su pequeño botellón con agua y se lo ofreció a los retrasados peregrinos  con el rostro lleno de polvo y  labios resecos.

Se quedó esperando hasta que no hubo más almas en el horizonte. Caminaba  al encuentro de su madre y sus hermanos pero la detuvo una brisa fragante  y el  pétalo blanco de una rosa  en sus manos. Una intuición inmediata dirigió su mirada a la imagen de la patrona del pueblo. En el centro, rosas blancas y rojas  desprendían sus pétalos de sus tallos  y remontaban al cielo.

Fue un encuentro de fe….

FIN.

José  García.

Diciembre / 2019.

 

 

 

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