OFICIOS SIN GLORIA(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

foto Raul

CRONISTA DEPORTIVO DE PUEBLO

Una mañana, Don Ele U miró que la 24, su calle, comenzaba a asfaltarse, junto con el ruido taladrante de la maquinaria, le empezó a molestar ese extraño dolor que produce la desesperanza y la tristeza. Percibió que algo dentro de sí moriría pues el dolor era profundo y quizá esta forma de morir, aunque sea un poco, puede doler mucho más que morirse todo. Percepción derivada de una experiencia previa.

Porque lo mismo experimentó de cuando en dicha calle, la energía eléctrica, con sus postes y cables fue tomando su espacio como en otras calles del pueblo. Lo que a querer o no, le arrebató una parte de su vida cotidiana: Aquellos momentos deliciosos de cuando los niños y jóvenes, y tenía dos hijos en esa edad, solían elevar sus papagayos en el otoño. Fue impotente testigo de la frustración de aquellos, porque no podían impedir que sus papagayos, tras largo proceso de elaboración, terminaban enredados, en la cablería cuando intentaban elevarlos. Así, los también llamados papalotes pasaron a ser “especie” en extinción y comenzó a extrañar el mono rítmico canto de sus zumbas de colores en los meses frescos de noviembre y diciembre.

Don Ele U, entendía que, en una calle adoquinada, los vehículos comenzarían a pasar a gran velocidad y tampoco se podía, sobre su dura superficie, jugar a las canicas o a los trompos. Ni siquiera al beisbol, como había constatado en otras calles que ya habían dado ese paso. Eso le punzaba más…sobre todo lo del beisbol. Inevitable repasa uno de esos recuerdos, donde se ve asimismo narrando, hacía apenas dos días su último juego:

“Zurdo contra zurdo; el pitcher prepara su lanzamiento, se impulsa, suelta una recta por dentro. Tolin la compra y… ¡Ave María!, saca tremenda línea, la bola pica se extiende por el jardín derecho, se pierde entre la yerba; desesperado Chico la busca, cual tuza agarra tierra, agarra yerba; anotan una, dos carreras; Chico por fin la encuentra y la devuelve sin ver a quien; se viene la tercera carrera y Tolin llega parado a la tercera con limpio triplete… señores y señoras después de 20 entradas el juego se ha empatado a 20 carreras. Tolin toma aliento, a placer hace crecer su nariz, la más chata que se haya visto, herencia segura de Doña Chata, su bendita madre. Por fin saca la mazorca entera, ¡que sonrisa señores y señores!”

Hace una pausa para tomar aliento y prosigue…

“Estamos narrando a través de su estación preferida la 550, en amplitud modulada, los pormenores del último de la serie entre los Gavilanes de la 24 y los Loros de la 26…, ahora toca batear al tremendo toletero René Prijol, que empuña el tolete y ante una curva alta saca un faul que va para atrás… pero que cosa, un pedazo del bat que se partió en dos va a parar por primera…

Todos se lamentan, parece que no hay otro bat. Así que y señores y señoras, por fuerza de causa mayor; va a ser todo por el día de hoy, esperamos que el próximo partido traigan un mejor bat. Amigos y amigas ha sido un placer llevarle los pormenores del encuentro entre las poderosas aves: Loros y Gavilanes, hoy no hubo vencedor después de 20 entradas. Mañana quien sabe. Ha sido un placer estar con ustedes a través de la 550, se despide su amigo Ele U. ¡Buenas noches hijas!”

El cronista, como solía hacerlo, retiró aquella horquilla que también le servía para chapear, y que colocaba frente a sus labios para simular un micrófono. Bajó de la albarrada, en la que sentaba en una piedra plana, cobijado bajo la sombra de un jabín. Luego, con su muy peculiar estilo de despedirse de los muchachos dijo en vos alta: “¡Voy a ver a la mamá de ustedes!”; montó su bicicleta y se retiró lentamente hasta su casa que no quedaba lejos.

La decena de adolescentes que habían participado en aquel partido, a la postre el último en esa calle, se fueron retirando. Antes levantaron la piedra que servía como segunda base, pues el “home” era la leve saliente de una laja a mitad de la calle y tanto la primera como la tercera eran unas piedras de regular tamaño, pegadas a la albarrada, que igual servían como banco. Puestas una pelota de cáñamo y un bate de manufactura casera, sea de jabín, de siricote, de zaramullo u otra madera, cualquier día, el partido era un hecho.

La obscuridad de la noche cayó sin avisar. Igual de cuando alguien baja el interruptor de las luces del estadio. Se habían jugado casi cinco horas; desde las dos de la tarde hasta las siete. Eran tiempos en que la noche iniciaba justamente a las siete.

Un rato después, mientras Don Ele U cenaba, sincronizo su pequeño radio en el 550 del cuadrante; enseguida se escuchó la voz del popular cronista deportivo de esos días: Jorge Blanco. Narraba el partido de los Venados de Yucatán contra los Piratas de Campeche y en esos momentos los Venados de Yucatán estaban al turno del bat, ya con dos autes y René Fríol, cuarto en el orden, se disponía a batear.   Teolindo Acosta, Mr. Jit, le apodaba el popular cronista, se encontraba anclado en la primera. En seguida la voz de George White narra las acciones: “El pitcher presenta, se impulsa y manda un rayo a la goma, René Fríol hace un poderoso swing y saca un batazo… la bola viaja hacia lo profundo del jardín izquierdo…viaja y viaja, se va… se va…se va y…. se fue… ¡Ave María!, tremendo toletazo…, cuadrangular de dos carreras; señores y señoras, el público aplaude puesto de pie y René Fríol y Teolindo Acosta, agradecen la ovación…”

Satisfecho Don Ele U, apaga la radio y se mete a su hamaca, de hilo de henequén. Al día siguiente tenía que despertarse a las cuatro de la mañana, para ir al plantel a cortar penca.

Después de un par de meses la calle termino de adoquinarse.

Durante los días siguientes, el cronista pasó con deliberada lentitud por el tramo que antes servía como campo de beisbol; varias veces encontró a los muchachos reunidos en actitud de encontrar que hacer. Entonces proseguía serio y callado hasta su casa.

Uno de esos días, cuando regresaba de su trabajo, a lo lejos vislumbró la algarabía propia de aquellos partidos de beisbol. Aunque cansado, aceleró esperando encontrar a los muchachos jugando beisbol…

Cuando estuvo cerca, miró que los chicos jugaban a “patea la bola.”

Cierto, nunca le pidieron que narrara alguno de sus partidos de beisbol, pero sabía que aquellos muchachos lo disfrutaban tanto como él.

Serio, con una palidez que trascendía su cara tostada por el sol, pasó rápido sin responder a las bromas que solían prodigarle cuando lo veían.

Entró a su casa. Dijo que iba al patio a bajar un limón fresco para su frijol, con tal que su esposa no lo viera, cuando inevitable unas lágrimas rodaran por su rostro. Algo había muerto dentro de sí y le dolía mucho.

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