LA MONTAÑA(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

La cuestión surgió cuando los López se dedicaron a recolectar envases de plástico y otras basuras en medio de gran ruido. Para sus antagonistas los Calderón, no les importaba su ocupación, pero  si el volcán  de bazofia que cubría la acera aunque sea la de enfrente.

Había respeto a pesar de todo. Pero hasta la cuerda más férrea tiende a romperse. Y cierta mañana se cumplió. El jefe de los Calderón encontró envases vacíos dentro de su jardín. A nadie, pero a nadie, le permitía invadir su Edén. ! Ni a sus propios hijos ¡

Echando humo por los ojos cruzó la calle en busca de algún López. No tardo en hallarlo. Se desafiaron con la mirada aun no llegaran a los golpes.

Sin qué y para que le arrojó las piezas a sus pies. Fue un acto de valentía ante su enemigo. El jefe López a sus 62 años lucía una masa atlética indemne. En cambio para el enemigo declarado — 3 años menor,– sus pectorales le servían cómo referencia de  altitud.

Dicen: que la mejor defensa es el ataque”. Y así lo defendió Felipe Calderón, escupiendo palabras a su adversario. Para Andrés López — quien era de pocas palabras — aquella lluvia de términos y salivas lo dejaron como un guijarro.

No le dio tiempo ni de pestañar. La gente que transitaba a esa hora pausaba sus pasos y levantaba las orejas.

Pero en las guerras hay un espacio donde las armas se cargan de nuevo. Y a falta de parque el enemigo se agranda. Se paró frente a él. Su cuerpo  asemejó un eclipse solar ocultando todo. Sus cejas se fruncieron al tronar de sus dedos. ¡Apunto estaba de abrazarlo como un tsunami¡ Cuando una voz estentórea lo dejo estancado en al aire.

Aquélla mujer con delantal ajustado, calcetas descoloridas y cabellos enredados por tubos de salón de belleza y echando humo como locomotora resulto ser de gran poderío.

–¿Pero, abuela él vino a insultarme?

Poco a poco se fue haciendo la luz. Y pude observar a mi salvador. Sin los implementos de cocina encima juraría es mi contrincante. Amablemente me invito a pasar a su recinto, El primer cuarto fue de malabares, las bolsas de rafia con envases para reutilizar ocupaban un estrecho pasillo. Pero al salir de ellas: Parecía entrar al paraíso.

Coloridos muebles hechos con partes recicladas se ostentaban. Unos con palabras como: “Este mueble fue donado por…” otros, “Tu colecta está aquí…”.

Cuando la abuela vio cómo se me caía la baba me tomó del brazo, sé acerco al oído  y me dijo: ¿Aún falta lo mejor, sígueme?.

Me mostró el final de la casa. En un costado, un frondoso árbol de flor de mayo  con sus ramas extendidas  traspasaba el muro. Me hizo encaramarme y mirar en el frente. Un estéril  terreno que era nido de gente nociva, hoy se descubría con paredes recicladas para habitar. Una docena de venideras habitaciones estaban listas para ser usadas. Cientos de manos hacían el milagro y a lo alto un gran letrero con el nombre de: Ciudad Reciclada.

–! Y ahora tienes algún reclamo ¡ – Desde abajo la voz del que hace unas horas fuera su contrincante le gritaba.

Cabizbajo, se dirigió a la salida y antes de abandonar la casa tomó unas piezas de plástico. Los de enfrente solo sonreían, se miraron a los ojos como diciéndose: ¿Uno más que tomará conciencia?

En los siguientes meses los pleitos siguieron. Pero esta vez…¿Quien tuviera la montaña más alta de plásticos… sería el ganador?.

 

FIN.

José García.

Noviembre/2019.

 

 

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