REMINGTON 783(POR: JESÚS VARGUEZ)

FOTO OFIC CHUCHO

 

La presa estaba en el centro de la mira, oprimió el gatillo del rifle, sintió el golpe de la culata en el hombro y supo que había dado en el blanco. Cuando bajo el arma esperando ver tendido al ciervo sobre la hierba. Nada, no había nada, ni rastros de sangre ni ramas rotas, solo el rumor de las hojas al rozar con algo alejándose. Se dejó caer de rodillas sosteniéndose de la Remington como báculo y se sintió golpear por el desánimo. Su cuerpo y su voluntad  le ordenaban rendirse. En su interior, una chispa minúscula y obstinada le impelía a seguir.

A sus 25 años, Paulino tenía una característica que como un borrador, hacia desaparecer la pocas virtudes que poseía; la soberbia.  A sus espaldas lo llamaban pavo real descolado. La cacería era su pasión, sus hazañas de cazador su tema favorito. Cuando comenzó a circular por el pueblo que el cazador más viejo había visto al ciervo blanco; algunos lo tomaron como una leyenda más, otros como chocheo de viejo y unos cuantos no negaron la posibilidad.

— ¿Paulino, cuando vas a cazar al ciervo blanco? esa es una presa para un cazador joven como tú, no para un anciano como don Virginio—lo retaban sus amigos conociendo del pie  que cojeaba.

— ¡Esas son puras tonterías, no existe un ciervo blanco!—respondía con desdén Paulino. Pero no podía evitar que en su mente las imágenes de asombro de la gente al verlo llegar con un gran ciervo blanco sobre los hombros comenzasen a proyectarse como una película. El protagonista principal era él y los demás simples extras.

Día a día fue creciendo la necesidad de hacer realidad la fantasía que su imaginación egocéntrica alimentaba.  A mediados de octubre, con la luna creciente, se puso su Remington 783 al hombro, cargo suficientes cartuchos en su bolsa como para hacer una guerra y salió por el ciervo blanco. Ahora tan real como la luna brillando en el cielo. Camino varias horas sin rumbo, presentía que su destino iba a su encuentro. Casi a media noche llego a un pequeño claro, rodeado por tupida maleza. Imponente, como una estatua el ciervo blanco lo miraba como desafiándolo. Contuvo la respiración, temía que los latidos de su corazón ahuyentaran al animal, calculo las posibilidades, era imposible fallar, por el tamaño del blanco y la distancia, menos de veinte metros. Disparo, y en esa milésima de segundo, pudo escuchar los vítores del pueblo, nombrándolo el mejor cazador, con el eco de la detonación desapareció también el tan ansiado trofeo.

Cuando amaneció, el cansancio de tantas horas  caminando aplasto como una roca a Paulino. En algún lugar perdió el sobrero, su ropa estaba rota en algunas partes por los arboles espinosos y las ramas, sus brazos y espalda tenían rasguños rojos. Se arrincono en el tronco de un árbol, su garganta reseca y el ruido de sus tripas le recordó la necesidad de agua y alimento. Miro a su alrededor, ninguna sarteneja, solo espinos y hojas amargas. Ahí se mantuvo todo el día. La briza de la noche, y el crujir de unas ramas lo llenó de energía, impulsado por la obsesión continua la búsqueda del ciervo blanco. La escena de la noche anterior se repite cuando cree haberlo cazado, la presa desaparece.

A los tres días de la desaparición de Paulino, los hombres del pueblo se organizaron para salir a buscarlo. Pensaban que algo malo le había sucedido, nunca tardaba tanto sin dar señales de vida. Lo  raro era que salió sin avisar ¿Acaso había salido a cazar al ciervo blanco que decía era una tontería?

Pasaron tres noches con sus días y Paulino seguía persiguiendo al venado blanco. Su ropa y su persona eran unos hilachos, los ojos desorbitados y los sesos cocidos por la fiebre, el hombre caminaba impulsado por un solo deseo, la poca vida que le quedaba se mantenía en su cuerpo, aferrado a su rifle. De nuevo llego en  el claro, otra vez apunto seguro de no fallar, se repitió el dolor de la patada de la culata. Al bajar el rifle  con el terror pegado al estómago presintiendo no ver nada…A la luz de la luna el cuerpo del cérvido se agitaba en sus balidos de agonía, una risa más parecida a la de una Hiena que a la de un ser humano, emergió del pecho de Paulino. Se acercó al cadáver del ciervo blanco, nuevamente imagino el momento de gloria, llegar al pueblo, escuchar las exclamaciones de sorpresa y admiración. Se inclinó para cargar el premio a su esfuerzo, y no pudo moverlo ni un centímetro, lo intento una y otra vez, hasta agotar las pocas fuerzas que le quedaban; pesaba como una roca. Como los perros de caza se dispuso a cuidar su presa, emitiendo un grito de triunfo y derrota.

Diez días después de la desaparición del engreído cazador, unos milperos encontraron en un claro, un venado común y corriente y el cadáver de un hombre, ambos agusanados y casi en los huesos. El hombre estaba apoyado en una Remington 783.

 

 

 

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