PORQUÉ ME DICEN EL IGUANO(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

foto Raul

Eu camina lento, con todos los sentidos alertas, mira a su izquierda y luego a su derecha, sacando provecho a su vista periférica, mueve el cuello arriba y abajo repetidamente, testeando que el ambiente le sea inocuo. Nada de qué preocuparse sigue caminando. Su piel gruesa color gris con matices plateados a veces devuelve unos rayos a la luz del sol. Se entretiene con el fruto incipiente de una hierba silvestre. Se la engulle goloso. Unas voces lo hacen apretarse a las piedras, tensa los músculos, como un corredor olímpico listo para salir corriendo. Las voces se alejan, entonces intuye que no hay peligro, se relaja y avanza unos cuantos metros más.

De pronto huele peligro, unos niños, armados de tira-hules, lo habían elegido como coto de caza. Eran sagaces y rápidos. El choque de piedra contra piedra produjo un ruido brutal y esparció sedimentos calizos. Antes de que estallara la siguiente pedrada Eu se encontraba a salvo en una rendija que la experiencia le había previsto como escape. Derrotados los niños cazadores desisten y deciden proseguir su camino. Eu tiene paciencia, no sale de su refugio hasta que se asegura que no hubiera riesgo. Tiene los nervios templados, tampoco era la primera vez que sufriera un ataque similar.

Eu otea el horizonte; a veinte metros se encuentra una mata de tomates cuyos frutos han madurado. Le resulta atractivo, no lo piensa tanto y emprende una veloz carrera hasta llegar casi frente a ella. Checa si no tiene competencia. Un par de pájaros daban cuenta final de uno de los tomates; satisfechas o incomodas con la presencia de Eu las aves alzan el vuelo. Éste que recela por sistema espera un poco antes de acometer una de las jugosas verduras.  No tarda mucho y ataca la que considera más atractiva. Primero con cierta presteza le pega una mordida y luego con lentitud se va engullendo trocito a trocito una buena porción. Siente que la panza se le va refrescando. De un mordisco se apropia de un pedazo generoso y regresa a la albarrada como para regodearse a sus anchas sobre una piedra lisa; entre bocado y bocado cierra intermitente los ojos acaso para incrementar su deleite. El sueño comienza a ganarle inadvertidamente hasta que lo vence.

Comienza a soñar que lo persigue un grupo de muchachos que le disparaban piedras por todos lados; quería sin éxito  encontrar un refugio. Entre los gritos de los muchachos y los estallidos del choque de piedras no podía pensar en una salida para salvarse; de pronto siente que una piedra le pega en la espalda y sucesivamente otra en la cabeza; siente un dolor tan vivido como intenso que le hace despertar. Estaba tumbado  boca arriba sobre la tierra. Se reincorpora lentamente porque siente dolor en la espalda, se lleva instintiva una mano a la cabeza y nota que en su camisa sobresalen manchas rojas. Mira hacia arriba y calcula la altura desde la que cayó.  Tendría un par de metros desde el suelo hasta la parte alta de la albarrada donde tenía la manía de acostarse, aprovechando la adyacente sombra de un frondoso árbol de zapote.

Decide retornar y atraviesa el larguísimo frente de su casa que queda al fondo y entra a la misma. Se encuentra con su madre y le dice que le duele la cabeza y la espalda. Esta le pregunta donde se hizo tal hinchazón en la frente y  porque traía la camisa manchada de sangre…, “y más bien parece jugo de tomate”, le comenta extrañada, mientras tocaba y olía la mancha todavía fresca.

 

 

 

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