LO QUE EL CORAZÓN ME DICTA(POR: RITA ELENA VÁZQUEZ PEÑA)

R-3

TRINO, FIEL COMPAÑERO

 

Corre veloz, es muy generoso, amigable, se preocupa mucho por los demás.  Se distingue por sus ojos negros profundo y abundante pelo, además de  que no tiene una pata;  pero eso no le importa porque es más rápido que muchos otros perros que se” pavonean”  por allá.

Desde pequeño ha  conocido carencias pues fue abandonado dentro de una caja sucia  en la banca de un parque.  Don Blas – un pepenador que casi a diario se emborrachaba-  fue su segundo  amo y lo nombró Trino porque así decía un collar que encontró en la basura. Aunque el perro le estaba agradecido,  eso no le restaba  el dolor de los fajazos que el vagabundo, al calor de las copas, le propinaba.

Cansado de esa vida, una noche Trino decidió dejar a Blas y se aventuró rumbo a otro barrio, del cual había escuchado que había gente buena. Llegó a una humilde fonda donde la dueña le regaló un pan francés duro  y un poco de agua. Aquella noche durmió acurrucado junto a la cortina de aquel negocio en donde ya  no pudo permanecer pues por  queja de los comensales, la propietaria  tuvo que echarlo a  escobazos.

Arrastrando las patas y muy desalentado,  Trino  llegó a un edificio antiguo, de rejas oxidadas. Se trataba de una casa de ancianos. El abusado perro notó  que una parte de la reja tenía un hueco y se deslizó por ahí para entrar al jardín y acurrucarse a los pies de doña Celia,  una dulce mujer que por la edad avanzada, ya  había perdido la vista.

Al sentir a Trino cerca, la anciana  le dijo: “ Travieso, me imagino que andas perdido, verdad?  Ven acá muchacho” –  y Trino se subió a la banca de metal que estaba en aquel jardín para recibir las tiernas caricias de esas manos suaves y arrugadas.

Doña Celia le contó que estaba muy triste pues llevaba semanas sin recibir la visita de su único hijo. “Creo que ya me olvidó”, dijo llorando… entonces Trino le ladró suavemente y con mucho cuidado lamió las mejillas de la anciana,  tratando de consolarla.

“Desde que perdí la vista hace unos meses, las visitas de mi hijo son más esporádicas, a lo mejor porque ya no puedo tejer abrigos para sus hijos…”  Le decía a Trino

“O puede ser que mi hijo está tan ocupado en su nuevo negocio que ya no tiene tiempo para venir  a verme”…

Y en esas conjeturas estaba doña Celia, cuando el administrador se acercó a ellos y preguntó por la presencia del perro, a lo cual la anciana le rogó  permitiera quedárselo, que le daría al animal parte de su comida pero que por favor, considerara su petición.  Trino al escuchar esto,  empezó a mover su cola en señal de súplica.

 

El administrador era un buen hombre  y sabía que la anciana estaba deprimida por el abandono de sus parientes y porque ya no podía ver, así que  contestó: – Amigo, tienes una buena abogada a tu favor…  Trino   (aludiendo al collar),  sí te puedes quedar.

Doña Celia abrazó al perro sintiéndose muy feliz  y muy pronto ambos se volvieron amigos inseparables.

Trino desquitaba su estancia pues cuidaba la seguridad del  asilo  avisando con sus ladridos sobre presencia de extraños. Con sus piruetas y travesuras alegraba la vida de la comunidad de ancianos.

Doña Celia pudo sobrellevar el abandono de su hijo pues tenía en Trino a la mejor compañía que cualquier persona hubiera deseado.  El fiel perro permaneció con ella haciendo felices sus momentos y  aquella otrora  soledad pronto  se desvaneció como espuma.

Una mañana de octubre la anciana  ya no despertó más, pero tenía  en su rostro una sonrisa que reflejaba  amor y serenidad.  El corazón de Trino lloró por la pérdida de su ama pero se reconfortó en pensar que ambos se habían alegrado la existencia  y que así como doña Celia,  había más ancianitos que sin duda lo adoptarían para emprender nuevas aventuras.

 

 

 

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