LA OLA(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

 

Lo tomó de la mano para recorrer la playa. A esa hora de la mañana las nubes parecían estar colgadas con alfileres y las olas dormidas aún. Llegaron al lugar de siempre, la barca anclada en la arena donde  miraban planear  las  gaviotas  de niños.

Regresaban los recuerdos. Con sus dedos subrayaba los espacios del ayer y en su voz débil y quebradiza su presente.

— Tu hermana pequeña hacía su castillo de arena por allá. Cuando venias con tu cubo de plástico lleno de conchas, ella, se ponía en frente de su obra para evitar lo tiraras.

Mi mirada seguía cada palabra suya y él, sonreía con atisbo de optimismo. El tenue balanceo del mar golpea la arena y salpica su mejilla ocultando su lágrima vacía. Tras dejar de admirar las gaviotas de picos amarillo curvos, se pone de píe y retornamos  a casa.

En plena paz está su cuerpo, último periodo de su vida. De pocos mechones, manos venosas y pálidas que se vuelven relieve. Pero de mirada fuerte.

No se desposó a la muerte de mi madre y si, cargó con su tribu para volverse nómada. Decía que: “la soledad vive en las personas que nunca amaron” Y su amor no tuvo límites. Siempre llevaba en su cartera un retrato de ella,  su protectora y confidente  ante alguna duda de sus “niñas” como bien decía.  Las tres lo poníamos a prueba.

Cuando todas ya encaramadas en la cama dormían – excepto una –A la usanza de todas sus noches, tomaba su botella de ron de su escondite secreto, su habano a la mitad…y su libro de cabecera, El viejo y el mar, de Ernest  Hemingway. Apagaba todas las luces y salía al pórtico de la entrada y sentado en su mecedora de madera de caoba  pausaba la respiración.

Cuando estira los brazos el atrapa sueño llega puntual. Se descalza, carga sus botas, sube donde nosotras  y los coloca debajo de su cama. Me recordó a mi madre.

Conocimos a Sofía, su amiga. De algunas caras conocidas, ella era hasta ahora la que se ganó nuestro saludo. Si papá estrenaba sonrisa nueva… ¿Porque no darle una oportunidad?  Bueno eso creíamos hasta que le abrió  la puerta de salida en navidad.

–¿Qué pensó?—nos miró y sonrío –, ¿Que les obligaría a decirle: Mamá…?

Había dos cuadros de Boda en la pared. La pequeña y la mediana se habían desposado. Aunque me acosaba con: ¿Y tú para cuándo? Siempre le decía con una sonrisa plena. ¡Naranjas!

Aunque no tenía necesidad de trabajar tanto, le gustaba madrugar y repartir los huacales de naranjas y tomates a sus clientes. Tenía buena mano para las cosechas. Esas tardes húmedas avivaron el mal de su pulmón que padecía. Cuando recayó quedo pegado a su cama y, a su cilindro de oxígeno.

Amanecía un sábado de Diciembre. Mirábamos  las estrellas  como parvadas de patos  en el cielo alejarse. Su brío, dejó  huella en la arena en sus últimos amaneceres. El mar estaba con la temperatura ideal para estar en la playa, aunque el otoño se deja sentir por alguna ola de frío.

 

FIN.

JOSE  GARCIA.

Octubre/2019.

 

 

 

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