EL DESCUBRIMIENTO(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

 

Esa noche no lograba conciliar el sueño. Daba vueltas en su hamaca y con su píe se impulsaba en la pared para mecerse. Un dolor de oído lo tenía trastornado. Se vistió con lo que encontró a su paso y salió en busca de un taxi. Ni un alma, ni un gato, ni un perro vagabundo noctámbulo. El aire se había llevado todo.

El dolor en su oído derecho apenas le dejaba mover la cabeza. Imploraba al cielo que cediera tal desconsuelo, cuando a lo lejos un par de puntos rutilantes lo cegaron. Resulto ser un taxi que apareció como un milagro. Lo abordo  para dirigirse a la clínica rural a unos kilómetros del pueblo.

Por el espejo retrovisor el chofer lo contemplaba inquieto, veía como con sus manos prensaba su cabeza. Parecía adivinar su malestar:

— ¿He, amigo?… ¿Qué? — Le duele mucho.

— Afirmando con la cabeza le respondió.

En una de tantas ojeadas a su cliente, el taxista notó la palidez  en su rostro.  Entre tanto dolor, pudo leer el letrero de bienvenida del pueblo siguiente.

— ¡Oiga amigo! – sacando fuerzas le reclamo al chofer –. Le dije, San Ignacio…no, El Petén.

— Usted disculpe patrón, pero aquí es el lugar dónde sanará.

— Si solo es un lavado de oído, retornemos de volada para qué alejarnos tanto.

Haciendo caso omiso el chofer siguió su ruta. Cuando llegaron llamó a un camillero y permaneció en la puerta de urgencias, miró al cielo y como si le hablará a alguien parafraseo: ¡Ya cumplí !.

Después de breve chequeo, el médico de turno dio la orden de que lo internaran. No estaba muy convencido. Hasta que en un espejo noto su rostro amarillento. Solo así cambió su vestimenta y se quedó dormido en la camilla.

“No pude despedirme de mi perro y mi cochino” – balbuceo entre líneas —. Inundado por la anestesia recordó cómo se regalaron en su patio y desde eso, se encariño con ellos. En el pueblo nadie le cuestionó de dónde vino y en cambió lo arroparon como buen vecino.

En la madrugada, el dolor había cedido. “¿Habré dormido bastante?” – Pensó — cuando descubrió el suero colgante y su catéter en la mano.

–¡Qué! ¡Está usted loco! – Le reclamó al enfermero cuando lo descubrió cerca — ¿Cómo un dolor de oído me ha dejado retenido ?.

Una placa de RX  le ahogó las palabras.

Luego de cuatro días se sintió  joven. El descanso, eso me faltaba decía. El pabellón donde estaba internado lucia frío. Muchos de bata verde y ninguno  en bata blanca volaban en los pasillos cual mariposa despistada.

— ¡Al carajo todo esto¡  Bajó sus pies y sintió el vapor de agua en su estado físico. Había quitado con agilidad la aguja de la sonda. Corrió con suerte  sus ropas las tenía a un paso.

A punto de fugarse cuando lo detuvo una hoja tirada en el suelo. Con letras en negritas decía: “URGENTE CIRUGÍA DE VESÍCULA”. Supo de su tumor cancerígeno…

Cuando la enfermera lo miró, corría las cortinas de los cubículos como buscando a alguien desesperado, se le acercó y le pregunto interrogante:

–¿A quién busca doctor?

— ¿Cómo a quién? ¡Al paciente del 115!  Se rascaba su cabeza imaginando que había pasado y al bajar la vista encontró la hoja arrugada…comprendió la huida.

De puntillas abandonó la clínica. Al pasar por un ventanal su rostro lucía normal sin manchas. Apenas y se había calzado los pantalones cuando una voz conocida lo detuvo.

— Seguro que abandonarás tu tratamiento. No hay peor lucha que la que no se haga — le respondió el chófer abriéndole la puerta del carro –.

–¿Y tú, qué haces aquí? – le interrogó al descubrirlo –. Otra coincidencia.

—  Me alegró ver tu lucha.  Pero  tuve un presentimiento y aquí estoy para servirte.

Camino al pueblo nadie hablaba .El taxista solo seguía por el retrovisor.  Aquél, con su mirada borraba el paisaje y el lugar en un suspiro de miedo y dudas.

–¿Te puedo preguntar algo? ¿Ya sabías que tenía verdad?  Como es que de la nada apareces y decides cosas…

Terminaba su relato cuando avistaron la clínica San Ignacio. Le gritó se detuviera y que lo esperara.

En seguida, salió cabizbajo e intrigado del lugar. No había señales del taxista… solo un par de puntos rutilantes diviso alejarse en el horizonte.

Después de leer el diagnostico lo aventó dejando toda palabra al aire: “Se le aplicó lavado de oído derecho extrayéndole una pieza de tamaño a 1 cm, denominado (Phaseolus vulgaris ) conocido como frijol” . Causa extrañeza que el paciente no presente dolor alguno.

A los tres meses de aquella  extraña noche, una procesión va camino al cementerio. Para aquél desconocido sólo unas cuantas personas piadosas le echaron flores. El último rumor fue, que se volvió muy desconfiado de la gente…

 

FIN.

José García .

 

 

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