APRENDIZ(POR: JESÚS ANTONIO VARGUEZ)

FOTO OFIC CHUCHO

 

El olor del gato negro cociéndose en la olla de agua hirviendo, era mil veces peor que el huevo podrido. Solo, en aquel paraje del monte, esperaba la medianoche para leer el conjuro del libro abierto que descansaba sobre una piedra.

Por décadas, tal vez cientos de años, el primer hijo de la familia de mi padre, era conocido como brujo, curandero,  xmen en lengua maya. Se contaban historias en la familia y en el pueblo, que de tanto repetirse, se  volvieron leyendas. Mi padre el primer hijo de mi abuelo, había sido muy claro; no quería saber nada de magia o hierbas mágicas. Mi abuelo respetó la decisión de mi padre pero me dijo:

—Ahora el primer hijo varón del primer hijo eres tú…

Acababa de cumplir 18 años cuando el abuelo enfermó gravemente, toda la familia se reunió para darle el adiós. Cada uno pasó a despedirse, cuando me tocó el turno, entré con el temor de recibir una carga imposible de mantener sobre mis hombros. Acostado en su hamaca, don Tabo, mi abuelo, parecía más corpulento de lo que era. Levantó la mano y sin abrir los ojos me llamó.

—Acércate Lorenzo— su voz sonó cansada pero firme—llegó el momento de irme ya eres un hombre y sabes que alguien tiene que quedarse a seguir el trabajo de nuestra familia. Nada te obliga pero tienes la oportunidad de saber cosas que muy pocos saben y hacer cosas que los demás no pueden hacer—aspiró una bocanada de aire, y me tomó del brazo, sentí el calor de sus dedos, me estremecí, algo me decía que ese era un  momento importante en mi vida. Abrió mis dedos y sentí el frío de una llave—Tú sabrás que hacer—me dijo. Fue la última vez que lo vi vivo.

El tener la llave, significaba que era dueño del baúl que abría. Nadie protesto cuando lo tomé y lo llevé a mi cuarto.

Florentino era uno de los hermanos menores de mi padre; era un borracho irresponsable, venia y se iba del pueblo sin avisar, algunas veces, perdido por el alcohol, le exigía al abuelo que le enseñase la magia negra y a curar con hierbas, al día siguiente lo corrían de la casa y no regresaba en varios meses. En el velorio del abuelo, Florentino no dejó de vociferar y pedir su parte de la herencia.

A los doce años mi padre me enseñó a usar el rifle para cazar, y desde entonces tomé la costumbre de ir de cacería una vez a la semana, me gustaba ir solo, disfrutaba el paseo y los ruidos del monte, si me tocaba de suerte cazar un venado lo consideraba ganancia. Ese día salí por la noche, hacía un clima perfecto para caminar por el monte con el rifle sobre el hombro, me alejé unas tres leguas del pueblo. Iba atento a los rumores del monte, de repente escuché una rama crujir a mis espaldas. Cuando voltee vi a un hombre bajo, moreno, con el pelo lacio y la cara picada por la viruela, olía a alcohol barato. Era mi tío Florentino.

—Hola sobrino. ¿Qué haces a esta hora en el monte solo?—dijo, y su voz me sonó como la punta de la cola de una cascabel, en sus manos tenía un rifle, sus ojos decían sus intenciones. Sin pensarlo le disparé. Escondí el cadáver en una cueva. Nadie lo iba a extrañar ni preguntar por él. Regresé a la casa y me dormí como un bebé.

Sabía que el motivo del tío Florentino para seguirme era el cofre del abuelo Tabo, sus secretos eran codiciados por muchos. Así que esa misma noche lo abrí y comencé a revisar su contenido. Lo que más llamó mi atención fueron tres libros; magia negra, magia blanca y magia verde. Todo era tan interesante que me pase noches enteras leyendo hasta que el sueño me dejaba noqueado sobre el libro. Las plantas eran capaces de curar cualquier enfermedad, las fuerzas del universo podían transformar a los hombres y las cosas. Pero lo que me atrajo fue   la magia negra; ofrecía ¡ser invisible! Era difícil de creer pero la posibilidad de lograrlo se volvió una obsesión. Los pasos eran muy sencillos. Meter a un gato negro vivo a una olla de agua hirviendo, hasta cocerlo de tal forma que pudiese arrancarse los huesos con la boca, uno de esos huesos me haría invisible.

El hedor penetraba por mi nariz y me llegaba hasta el cerebro, sentía que me iba a estallar la cabeza. Me acerque al caldero, con un palo comprobé que el gato se deshacía, metí las manos en el agua hirviendo, tomé en mis manos esa masa de pelos y carne cocida maloliente desbaratándose y le di una mordida, el asco me venció y comencé a vomitar, luego corrí sin voltear dejando el libro y mi intención de ser invisible.

En una tienda de libros viejos vendí los otros dos libros. Sin embargo y cosa rara, donde vaya, siempre hay un gato negro mirándome, y sin importar cuanto me bañe o me perfume, ese olor…nunca se aparta de mí.

 

 

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