DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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FILOMENO Y EL AMOR

 

Doce familias, y de las doce, seis estaban emparentadas, de manera que los muchachos y muchachas, cuando llegaban en edad de merecer, pues pasaban problemas. A los hombres se les hacía poco atractivas las mujeres a fuerza de verlas todos los días y para las mujeres los hombres, pues realmente eran muy poca cosa, claro, comparados con los actores que veían en la televisión comunitaria y que despertaba en ellas sueños, ahora sí, con príncipes azules.

Así era la comunidad de “Áaktún já” (Gruta de agua). Gente sencilla dedicada a la siembra de la milpa y cuya cosecha vendían en la ciudad más cercana que les quedaba a una hora viajando en la camioneta que daba el servicio de transporte y que tenían que tomar en el crucero que les quedaba a una media hora a pie. Cuando niños, era divertido vivir ahí, por la libertad de poder andar por donde Dios les daba a entender, la única obligación era la de asistir a la escuela primaria, que era el único nivel de enseñanza que tenían en la comunidad y cuando el papá los llevaba a la milpa para ayudar. Cuando crecían comenzaba el problema. Problema que empeoró cuando la autoridad les llevó unos paneles solares para la producción de electricidad que haría funcionar los aparatos básicos entre los que se encontraba una televisión.

A través de este aparato, las y los jóvenes vieron que existía otro tipo de vida y otro tipo de gente, sin entender esas cosas de estereotipo que el comercio imponía al público para encaminarlos a comprar cosas superfluas y a añorar un tipo de vida que sólo se vive en la fantasía de las telenovelas. En ese sitio y en ese tiempo, nació Filomeno. Muchacho recién salido de la adolescencia de buen porte y no feo y para colmo, romántico; los seis años de primaria y algunos libros que le regalaron unos profesores, fueron las herramientas suficientes para que desarrollara una personalidad diferente a los demás jóvenes. Autodidacta en muchos de sus conocimientos gracias a que era afecto a la lectura de cuanto libro le cayera en las manos.  Prácticamente era feliz, pues su padre le había dado unas tierras para que fueran de su propiedad y en donde se esmeraba  a trabajar sacando buenas cosechas, ganándose así, algo de capital que el ahorraba, pues sumido en su romanticismo sólo le preocupaba tener siempre algún libro, hojas para escribir, lápices y plumas, lo demás, era lo de menos… hasta ahora.

Lo irremediable le llegó después de leer al bardo de Avon, y después de hacer un recuento de las muchachas de la comunidad a las que conocía muy bien por haber sido sus compañeras de escuela, además de vecinas, llegó a la conclusión de que en Áaktún já no iba a encontrar a su Julieta, por lo que decidió irse algunos días a la ciudad a tentar suerte en los asuntos de amores.

Adelantó trabajo en la parcela, atendió sus pendientes cotidianos y preparó su maleta. Sus padre le tenían absoluta confianza, pues no tenía entre sus menesteres el consumo de alcohol, sólo tenía el vicio de los cigarrillos como resultado de su afición a cavilar, a leer y a escribir. Comentó de su aventura a los amigos, quienes a punta de bromas le desearon suerte y que encontrara pronto el apoyo de cupido.

 

Salió muy temprano de la comunidad, para llegar temprano a la ciudad. De modo tal que, para las once de la mañana caminaba por el centro, lugar que conocía más o menos bien, pues las veces que había venido por cuestión de negocios, era en estos espacios donde se había manejado siempre. Buscó el hotel aquel donde habían pernoctado él y su padre en uno de los viajes, hotel económico, pero que veía más interesante que el cuarto que tenía con sus padres. Dejó su maleta en el cuarto arriba de la cama (era la segunda vez que dormiría en cama, pues en su casa sólo se usaban hamacas) y salió. Llegó a la plaza principal. Recorrió los alrededores, caminando las calles en paralelo para no perderse y así fue descubriendo los barrios más cercanos al centro de la ciudad. Ahí vio mujeres por montones, como dicen algunas canciones: altas, chaparritas, rubias, morenas, flacas, gordas… en fin, el problema era como abordarlas. Ya para el tercer día se estaba desesperando y es que los sitios donde el acudía, pues no eran los idóneos para ponerse a buscar pareja, debido a que frecuentaba librerías y museos.

Pasaron los tres días que tenía previsto y decidió quedarse un día más, pero si ese día no establecía alguna relación con alguna Dulcinea, se regresaría aunque todo decepcionado, a su terruño. El cuarto día iba transcurriendo de la misma forma que los anteriores. La mañana terminó al asomarse la tarde y cabizbajo regresaba al hotel, cuando, al doblar en una esquina, no pudo evitar chocar con una muchacha que venía por la otra calle, fue tan sorprendente y fuerte el encuentro, que la bolsa de la dama le resbaló por los hombros, cayendo al suelo. Él presto y deshaciéndose en excusas se apresuró a levantar el bolso y cuando se lo entregó, fue cuando recibió el impacto. Cupido lo había atravesado, no con una flecha, sino con un obús.  La miró a los ojos y no pudo resistir lo profundo de la mirada que le enviaban esas pupilas negras como la noche, pero con un brillo que las volvía pizpiretas. La nariz, las mejillas, el cuerpo y esa boca que ahora le hablaba con una sonrisa que le derritió el alma, todo en ella vio perfecto, aunque vestía un tanto provocativa o descarada, pero ´él lo atribuyó a que vivía en una ciudad donde la mujer está al día con la moda y no como en su comunidad que los gritos de la moda se pierden entre los árboles y el trabajo cotidiano.

Entre excusas y perdones, establecieron una plática, gracias a que la mujer era abierta y alegre, y le causaba sorpresa y gracia la cortedad de este joven campirano: se dijeron los nombres y el sitio donde vivían, ella según indicó, vivía con una tía en un barrio un tanto apartado del centro. Se despidieron quedando en el acuerdo de verse al día siguiente en el parque principal. El regresó al hotel como flotando entre nubes, tan feliz, que ni siquiera salió a comer. Se bañó y se puso a escribir un poema que nunca jamás se lo enseñó a nadie, sólo a ella. Al día siguiente, mucho antes de la hora de la cita, ya se encontraba totalmente acicalado y repasaba las palabras que pensaba decirle, las escribía, las borraba, las decía ante el espejo; naufragando en ese lago de ansias llegó la hora del encuentro. Iba con el temor de que ella no acudiera, aunque ya tenía la dirección del domicilio. Esperó por media hora y apareció. Vestida con un pantalón vaquero, sandalias y una blusa blanca, con el pelo recogido en una cola de caballo, le pareció la criatura más hermosa de todo el Universo.

Ella llegó y lo saludó con abrazo y beso, saludo al que no estaba acostumbrado, lo que lo sonrojó y perturbó, cosas que le hizo gracia a la muchacha. Caminando, platicaron de todo; las cosas que tenía pendiente  decir y que había ensayado toda la mañana, poco a poco fueron saliendo de su boca. Le dijo lo hermosa que era, sus aspiraciones de enamorado se le enredaron con el trabajo de la milpa y otras tantas cosas a las que se atrevió cuando vio que ella se interesaba de manera profunda. La culminación fue cuando le pidió que fuera su novia, petición que la turbó y no le contestó.

Caminaron un largo trecho en silencio, hasta que ella le invitó a ir a su casa, aprovechando que la tía había ido a su pueblo y no regresaría hasta dentro de tres días. Abordaron un camión, caminaron algunas cuadras polvorientas y llegaron a una pequeña casa de dos cuartos y un baño. El primer cuarto ere sala, comedor y cocina con los enseres necesarios: una mesa con tres sillas viejas, una estufa ya despostillada por el uso y un refrigerador, el segundo era un dormitorio con un ropero al que le faltaba una puerta y una cama.

Se sentaron en un sillón ya muy juntos y comenzó a fluir el sentimiento, primero, con una larga mirada en silencio, después, el roce de las manos y ella, atrevida, le dio un beso en los labios. ¡El primer beso para Filomeno en sus dieciocho años! Ese beso lo transportó a un estado donde sentía que el alma deambulaba fuera de su cuerpo, arrebolado contemplando a esta mujer por dentro y por fuera. Sintió que la sangre no cabía en su corazón ingenuo de estos sentires y la abrazó. Ella, se liberó suavemente de sus brazos y le pidió que fueran más despacio; se dirigió al refrigerador y sacó dos cervezas y le pidió que primero brindaran por este sentimiento que los embargaba. El accedió a pesar de no ser muy afecto a las bebidas, pero estaba dispuesto a atravesar el mar si ella se lo pedía. Entre cerveza y cerveza, mirada y mirada, beso y beso, fue perdiendo sentido de su realidad y comenzó a ver las cosas y a escuchar los sonidos, desde otro ángulo y de distinta manera. Como en un sueño veía venir el beso y las caricias que se fueron manifestando descaradas, pero mientras más descaradas se volvían, más distorsionadas se le presentaban las imágenes a causa de que sus deseos se le cumplían a borbotones y por la neblina que comenzaba cubrir sus ojos a causa del alcohol, hasta que sucumbió al sueño.

Fueron tantas las emociones y el alcohol que ni siquiera soñó. A las tres cuarenta y siete de la mañana, lo despertó la urgencia de ir al baño; abrió los ojos y comenzó a ubicarse, brincando sobre el malestar que sentía clavado en la cabeza. Gracias a la luz de la veladora, logro recordar toda la odisea que había pasado y sintió el calor del cuerpo que dormía a su lado. Vio la silueta del cuerpo desnudo de su pareja y una sonrisa de satisfacción le hizo olvidar por un momento el motivo que lo había despertado, más, cuando vio lo voluptuoso y perfecto que era ese cuerpo así de espaldas como se encontraba.

Tratando de no despertarla, se levantó con sumo cuidado y se dirigió al baño donde desaguó satisfecho. Al regresar, no pudo evitar el deseo de observar bien ese monumento que le parecía irreal y prendió la luz. El resplandor, hizo que su pareja despertara y con un movimiento lánguido se estiró volteando su cuerpo para quedar frente a él. Ahí fue cuando se le hizo añicos el mundo a Filomeno. Sintió que la sangre se le bajaba a los pies y luego con una fuerza extraordinaria se le regresaba a la cabeza nublándole la vista. ¡No era una mujer, era un homosexual travesti! Se sintió humillado, burlado, estafado, violado en la fragilidad de su primera vez, y mientras subía estos escalones obscuros de su conciencia, fue apretando, apretando, hasta que un leve chasquido le aviso de la ruptura de la tráquea y el cuerpo dejó de zangolotearse como gallina despescuezada, quedando totalmente quieto.

Fue al baño nuevamente y después de vomitar se mantuvo bajo el chorro de agua fría de la regadera por espacio de veinte minutos, se vistió calmadamente y salió antes de que aclarara, para que no lo viera nadie. Pasó al hotel ya cuando ya había amanecido y fue en busca del transporte para regresarse a su terruño. Se bajó en el crucero bajo una llovizna pertinaz que lo dejó empapado. Al llegar a su casa, sólo dijo “buenas” y se dirigió a su cuartito. No tuvo necesidad de cerrar la puerta de su cuarto para aislarse, porque ya se había aislado en sí mismo. Sus padres ya no le preguntaron cuando vieron que sencillamente no les iba a decir nada. Después de permanecer sin salir a la calle por espacio de un mes, lo hizo para ir a su terreno ante el reclamo de su padre. A los amigos que alguna vez se encontró y le preguntaron, les dijo que en una semana conoció el amor y la traición, y mintió contando que lo dejaron por otro. Jamás se casó. Su vida aún transcurre entre su milpa y su casa.

Con sus ochenta y dos años, Filomeno por las tardes sale a sentarse en la puerta de su jacal. Levanta la cara y deja que sus ojos opacos por los años, vayan a pastorear los recuerdos, pero de vez en cuando una chispa en ellos ilumina su mirada y hace que los surcos del tiempo que tiene alrededor de los labios, se distiendan en una sonrisa pícara… Quizá recuerde que una vez tuvo un amor.

Profr. Fco. Tejero Mendicuti.

Oxkutzcab, Yuc. Segunda semana de septiembre.

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