CAMBIO DE IMAGEN(POR: SONIA MAYLLEND)

Perfil Sonia Mayllend

 

―Señorita Smith Muñoz, es un placer recibirla y, con respecto a la solicitud de cerrar su cuenta en esta institución bancaria, que dicho sea de paso, nos toma por sorpresa, deseamos presentarle alternativas a efecto de conservarla como cuentahabiente, si es que alguna emergencia le apremia, la invitamos a negociar y…Teresa sonrió indulgentemente negando con la cabeza ante la insistencia del gerente para hacerla cambiar de opinión, y le respondió;

―Agradezco su ofrecimiento, pero mis planes son definitivos, por lo que agradeceré me indique la fecha en que pueda pasar a recoger mi cheque―. Dicho esto, con parsimonia y donaire, se puso de pie extendiendo la mano para despedirse en respuesta a la acción del Gerente.

 

En su departamento y habiendo cambiando su vestimenta y calzado, tomó una taza de té en el pequeño balcón, totalmente relajada y rememorando…

 

―¡Prietaa! ¿Dónde andas chamaca?, ya vete a las tortillas y no te tardes, ¿me ollites?― la pequeña corrió para recibir el dinero al tiempo que contestaba ―si amá.

Ya en la calle fue a tocar la puerta de varias casas preguntando ―¿va a querer que le traiga sus tortillas?, ¿se le ofrece algo de la tienda?, ¿cuándo quiere que le quite la hierba mala?…Teresita se había ganado el cariño de las vecinas y de cuanto marchante había en el pueblo. Esa niña tan vivaz y acomedida estaba ahorrando para estudiar y ser maestra, así se lo había platicado a doña Emilia en secreto, era la única a quien le confiara sus planes.

Don Manolo, el tendero, le decía a su esposa ―¿imagínate Emilia si esa chiquilla  fuera nuestra?, cómo me gusta ver su carita color canela y sonriente, siempre con sus chapitas por andar haciendo encargos. Y esos ojos tan grandes, lástima que sean verdes, ojalá fueran negros como los de su madre y no como los del gringo ése; nomás embarazó a la Camila y dizque manda unos cuantos dólares, pero nunca viene a visitarlas.

―Hay Manolo, ya deja de soñar, esa Camila nunca nos regalará a la chavala, aunque es malhumorada, es buena madre, mejor escríbele a los hijos para que ya nos den nietos, ja, ja, ja…― su esposa se reía de él, pero en el fondo, ella también aspiraba a tener una niña como “La Teresita”.

En la escuela sus compañeros la llamaban “prieta-ojos-de-gringa”, también la molestaban por tener el pelo muy chino, entonces se alzaba de hombros y les volteaba la cara, lo cierto es que se escondía para que nadie la viera llorar.

Un día se le ocurrió preguntarle a su madre ―oiga amá, ¿es cierto que yo no tengo papá?― mira mi’ja, tu papá un día vendrá y te convencerás, por lo pronto confórmate con ver su foto para que lo reconozcas cuando llegue, ¿estamos?. A sus diez años Teresita le creía a su mamá, pero la maledicencia del pueblo, a veces la hacía dudar y por ese motivo se decía que ahorraría mucho dinero y cuando fuera grande iría a buscar a su papá y también se cambiaría el color de sus ojos y compraría muchas pelucas para que nadie viera sus chinos. Algún día dejaría de ser la burla de sus compañeros.

 

María Teresa seguía sorbiendo su té y continuaba con sus recuerdos…

―Oiga Lalita, ¿va a querer que venga esta tarde a barrerle?, porque después iré con la escritora y le ayudaré a escribir a máquina, dice que la artritis ya no la deja pero que su mente le insiste en que siga con sus novelas, y ¡para eso estoy yo!, así me dice ella― Doña Lala se sentía a gusto con esa niña que ya pronto terminaría su secundaria y veía un futuro prometedor, siempre andaba ocupada haciendo algo provechoso. La amistad con la escritora la había refinado casi en todo; en sus expresiones, su forma de andar, de comer y se diría que hasta de pensar, tanto que, de tarde en tarde, acudía al hospital a leerles un rato a los enfermos.

Un día Camila cayó en cama y se dijo que era por la tristeza y desilusión, aunque el gringo no dejaba de enviarle dinero, nunca las visitó. ―Escucha Teresita― le dio una noche ―tu papá se llama Peter Smith y vive en Colorado California, aquí está su dirección; búscalo y dile que ya no lo puedo seguir esperando y que me tengo que ir. Te quiero mucho mi’ja, dame un abrazo fuerte para que me quites este frío―; cerro sus ojos y exhaló.

Contaba apenas con 17 años y se vio sola. La única esperanza era encontrar a su padre y le envió una carta para avisarle lo sucedido. Pasados dos meses, volvió a escribir y así otras tres ocasiones sin recibir respuesta. Con un dejo de amargura, desistió y su vida prosiguió. Se fijó la idea de obtener su título de Maestra y se mudó a la gran ciudad.

 

Otro sorbo al té y un sorbo de nariz, esos recuerdos le producían siempre ese efecto; añoranza.

 

Seis meses atrás había recibido un telegrama, un paquete pequeño y un sobre con membrete de los Estados Unidos de América. Con temblor de manos, la boca seca y un mal presentimiento, lo primero que hizo fue leer el telegrama en el que le informaban que su padre había fallecido en una cárcel de Texas, acusado injustamente, que al recibir la noticia de su liberación, le sobrevino un infarto masivo.

La noticia fue brutal y casi no podía leer; en seguida abrió el sobre membretado y se encontró con un cheque a su nombre, «como indemnización» el cual amparaba una cantidad muy alta, de seis ceros, y la constancia de propiedad de todos sus bienes en los EE.UU.

Aún no salía de su asombro y optó por revisar el resto. Había un reloj de oro y una cartera conteniendo la licencia de manejo de su padre y algunas fotografías, ya no se pudo contener y lloró abrazada a esa cartera. Al cabo de un lapso que le parecieron días, tuvo el valor de observar con detenimiento las fotografías y se dispuso a pegarlas en una cartulina ordenándolas: ella, a la edad de seis años; ella, cuando terminó la primara; ella, con su vestido de XV años: a la derecha, su padre y a la izquierda su querida madre; con la siguiente etiqueta “Familia Smith Muñoz”

 

El cambio de planes se dio por inercia. Cancelar su cuenta, contratar un abogado y vender las propiedades heredadas. Mandaría construir una escuela en su pueblo natal en la que ella sería la Directora y Maestra. Un suspiro de satisfacción llenó sus pulmones y esbozó la sonrisa más grande que pudo al acordarse de aquellos otros planes, los de su niñez. El  cambio de imagen  por lo que tanto había trabajado y ahorrado, ya no importaban. Ahora sus ojos verdes eran más expresivos y resaltaban con ese caoba en su piel; ¿los chinos de su pelo? eran la más bella herencia de su querida madre, “Doña Camila Muñoz de Smith”, porque a final de cuentas, sus padres, sí se quisieron y en secreto se casaron ante Dios.

 

 

 

 

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