DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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LLUVIA EN LA MILPA

 

¡Pa’ su mecha!─ exclamó, pues la lluvia llevaba casi tres horas sin parar. La sarteneja, esa grande que tiene un diámetro como de dos metros y medio y tres metros de profundidad, comenzaba a rebosar sus bordes, echando para afuera a las tortuguitas y renacuajos que vivían ahí; por la ladera de los cerros, a un lado de su milpa, el agua corría formando un arroyo turbulento que arrastraba ramas, piedras y una que otra culebra o tlacuache que se había, por descuido, caído en la corriente, algo asombroso en estas tierras donde no existen precisamente arroyos ni ríos.

Esta lluvia había lavado a los árboles y  las piedras y mantenía encogidos a los pájaros en las ramas, con las plumas ya saturadas de agua. “Tengo que irme, aunque sea bajo la lluvia, si no, me va a agarrar la oscuridad aquí, ¿y si no amaina en toda la noche? No traje ni cerillos para hacer una lumbre, además esta lluvia obliga que las víboras, tarántulas y otros bichos busquen un lugar seco y yo sin ver” reflexionó. Decidido, tomó su sabucán, metió la coa, su calabazo aún con agua y la servilleta en la cual trajo envuelta la bola de pozole; se cruzó el sabucán sobre el pecho, cargando sobre la espalda el costal que había llenado con elotes, para no regresa vacío a su casa; agachando la cabeza dejó la seguridad del “pasel” que los campesinos acostumbrar construir en sus milpas, precisamente para resguardarse ya sea del sol de mediodía o de las lluvias como en esta ocasión.

La lluvia le golpeaba el sombrero cuando llegó al portillo para atravesar los maderos que servían de puerta. Apenas había colocado dos, cuando un relámpago seguido del estruendo que lo ensordeció lo obligó a persignarse y decir: ¡Ay, Dios mío!   Brincó las trancas que acababa de colocar y regresó corriendo a refugiarse en el “pasel”, con tan mala suerte que dio con la nariz en el palo que servía de marco a la entrada y se la reventó, por lo que tuvo que levantar la cabeza y presionar el tabique para que dejara de fluir la sangre; así se estuvo un buen rato hasta que dejó de escurrir, pero ya tenía la nariz hinchada por el golpe. La verdad, en el monte, cuando llueve, se le tiene más miedo a los rayos que a la obscuridad y estos aguaceros de verano eran pródigos en esto de los fuegos pirotécnicos celestiales.

Solamente aquel que ha vivido o vive en el trópico sabe de lluvias. Desde aquella que parece rocío que el viento apenas mueve como si fuera una sábana delgadita, pero te empapa si duras un tiempo bajo ella: iits, p’uul j’a, así le llaman en maya. Otro tipo de lluvia es esa alebrestada que dura poco tiempo a la que el viento empuja para todos lados, con relámpagos y truenos, enérgica como los chiquillos que juegan en las calles: jats’ a ja’ le dicen (me han dicho que hasta en Miami, allá en el país vecino ha llegado este tipo de lluvia); áak’ab ja’ es el nombre de la lluvia nocturna, como esta que está cayendo ahora.

Se estuvo mirando la lluvia y persignando en cada relámpago que resplandecía en la tarde que ya comenzaba a pardear. Pensó en los tres kilómetros que tenía que recorrer sobre una vereda que ahora se encontraba llena de agua y lodo y recordó la parte a un costado del cerro en donde el camino se volvía dificultoso, debido a que la vereda se hacía más angosta y resbaladiza por estar en la pura piedra lisa e inclinada, además de que la noche amenazaba con estar más obscura que lo acostumbrado.

Haciendo de “tripas corazón”  decidió salir. Volvió a cargar el costal de elotes, se terció su sabucán y salió bajo la lluvia que a esa hora, ya se sentía más fría; no cerró el portillo, sin voltear la vista emprendió el camino. Lo fresco de la lluvia le alivió un tanto el latido que sentía en la nariz, el agua le escurría de las alas de su sombrero y le resbalaba por la espalda. Avanzó a buen paso un kilómetro aproximadamente y  obscureció; ahora que iba a llegar a la parte más peligrosa del camino, apenas vislumbraba la orilla de la vereda; paradójicamente, los relámpagos que lo hacían persignarse, ahora le ayudaban a encontrar su derrotero, pues a cada flashazo, dibujaba rápidamente el camino que tenía enfrente. En una de esas deslumbradas se dio cuenta de que había tomado el camino diferente, por lo que tuvo que desandar un buen tramo hasta que se encontró con el kana jelé, sitio donde el caminante descansa en unas piedras grandes frente a una cruz rústica. Cada quién que descansa en ese lugar o pasa, deja uno o dos guijarros al pie de la misma, como petición para que le vaya bien en el camino. Él se pasó de largo. Llegó al sitio de las piedras lisas y extremó su precaución a pesar de que la nariz le daba punzadas al ritmo de su corazón, y el costal de mazorcas se hacía cada vez más pesado por el agua que caía, o por el miedo, porque también el miedo pesa. Se le encarama a uno en la espalda o se te enreda entre los pies.

Seguía el ritmo de su respiración que se confundía con los rezos que mascullaba y prometió que si llegaba con bien a su hogar, mañana domingo muy temprano iría a misa y llevaría una veladora y un ramo de flores al santo patrono de la iglesia; un relámpago lo deslumbró y lo hizo perder el equilibrio lo que ocasionó que fuera con todo y carga hasta el fondo del pequeño barranco que tenía a su lado, dejando pedazos de tela de su camisa y de su piel en las ramas espinosas que crecían abajo. Todo adolorido, se incorporó y decidió deshacerse de la carga, ya sin sombrero comenzó a subir a tientas, ayudado en ratos por el resplandor de algún rayo. Retomó su camino sollozando por tanta adversidad que le había ocasionado ya una lluvia cualquiera; con mucha precaución y ya sin el estorbo de la carga, llegó al punto más alto del cerro y desde allá pudo ver las luces del pueblo, velada por la cortina de agua que seguía terca, escurriendo del cielo.

No se imagina uno como reconforta ver una luz, a pesar de que aún tenía que navegar algunos cientos de metros bajo el agua y la obscuridad, su espíritu se animó, le salieron fuerzas y se agudizó su visión y el camino se hizo más amplio, todo eso gracias a la adrenalina que se disparó en su torrente sanguíneo gracias a la visión de la luz. Esperaba ya con ansias a los relámpagos para poder recorrer con más seguridad los cientos de metros que lo separaban de la primera calle iluminada, se resbaló y tropezó un par de veces, causándole dolor, pero este era más llevadero ante la promesa de la cercanía de la seguridad de su hogar.

Por fin, con los pies lacerados, la piel toda llena de raspones ardientes por el contacto con el agua, la nariz hinchada y el espíritu hecho agua también, llegó a su casa. Sólo puso la mano en la reja para abrirla y amainó por completo la lluvia. Azorado por el gran silencio que se hizo, escuchaba el goteo del agua que se desprendía de las hojas de los árboles y esculpían su burbuja jabonosa en los charcos, y ese débil rumor de la lluvia que se aleja, todo lo demás permaneció callado por algunos segundos. Volvió la vista hacia el sureste por donde vino este diluvio y vio como las nubes se abrían para dar paso a una luna llena que iluminaba esplendorosa, por el aire ya lavado, que bien podía uno leer con su resplandor. Enfurruñado y decepcionado por todo lo que había pasado, pensó que más le hubiera valido esperar que pasara la lluvia y masticó con rencor: “que misa, ni que flores mañana”

Profr. Fco. Javier Tejero Mendicuti. Última semana de agosto de 2019.

Oxkutzcab, Yuc.

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