¿ESO CUENTAN?(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

 

Se detuvo frente a su ventana y  arrojó una piedra. Su amigo al descubrirlo le hizo una seña y bajo rápido. A la media noche tomaron la calle que lleva al cementerio. Al  llegar,  los esperaban otros dos.

Escondieron sus bicicletas tras unos arbustos. Encendieron sus linternas y sin hacer ruido saltaron la parte caída de la barda. Sabían dónde se movían, estudiaron cada espacio del lugar. El de mayor  edad resultó ser el líder.

Esa noche la luna llena iluminaba el entorno. A cada paso volteaban a ver, no querían encontrarse con Don Pánfilo el velador.

No era muy grande el cementerio pero la abundante yerba dificultaba su paso. En treinta minutos cronometrados hallaron la tumba. Uno de ellos sacó una brocha mediana, se dispuso a limpiarla. El segundo un pedazo de cabilla y comenzó a picar los lados, el siguiente vigilaba a cierta distancia.

El frígido ambiente  los dejó congelados. Se camuflaron entre las otras tumbas cuando un par de  estornudos los alertó. Justo en la tumba cesaron. El silencio reinó por segundos, nada se veía de frente…el que vigilaba, miró extrañado el comportamiento de sus amigos.

Acabo guardándose también mientras seguía observando.

Después de unos minutos abandonaron el refugio. Cuando el vigilante se acercó, las preguntas no pararon.

–¿Qué si vi, a quién? — ¡Nadie estaba frente a ustedes!–, muy serio respondió.

–¿Escuchamos su estornudo clarito?—afirmó el líder mirando a los otros.

Seguían con las dudas, cuando uno de ellos descubrió algo. Un par de pisadas aclararon todo. Estaban junto a la tumba. Uno de ellos  comentó que mejor se retiraran.

–¡No!— dijo el líder con voz de mando — y siguió escarbando.

Les recordó porque están aquí. Tenían que demostrar que la leyenda la cual  todo el pueblo habla, es inventada.

El mediano de los cuatro apoyó la plática, relatando lo que escuchó de su abuelo…

“Cuando Julián– el maestro– llegó a la escuela, la gente vivía normal. Algunos docentes ya andaban por jubilarse y jamás un rumor así se había expandido. El pueblo no vivía de anécdotas y menos de leyendas. Dicen que cierta tarde un estudiante se reunió en su casa. Junto al lago contaminado de basura, que aún tenía peces desnutridos dando brincos. Después de esa tarde, no se vio al chico en clases por días. ¿Cuándo regreso, mostraba un rostro y movimientos  como de  zombi?

En las clases del maestro — acababa con ataques de locura  y  no dejaba de repetir: “los cuatro negritos” ”los cuatro negritos”— y de su  mochila sacaba el dibujo de un ángel  de color negro.

–¿Bueno, eso dicen algunos?—agregó el líder—pero la verdad la descubrió mi papá.

“Aquella tarde que se reunieron, andaba cortando leña por esos rumbos. Llamó su atención los gritos que provenían de la casa. A cierta distancia veía por la ventana a una persona amarrada,  dentro  de un círculo que tenía dibujado  una estrella de cinco puntas, y cuatro velas negras en las esquinas. Parecía un ritual”.

Permaneció ahí. Vio a cuatro personas de baja estatura bailando alrededor. Vestidos de negro todos, con cuchillo en mano que a la luz de las velas, su filo resplandece. Presintiendo algo terrible fue en busca de la policía. Lo tomaron a loco. Pensaron que recayó en el alcohol después de 3 años sobrio. Se dirigieron al lugar todo se encontró de forma normal, desierto.

—En conclusión, dentro de la casa los únicos ángeles negros, eran las cuatro figuras de porcelana sobre el televisor. Al maestro, se lo tragó la tierra…eso dijeron los policías.

Ladridos de perros detuvieron el último empujón. El velador con un grito calmaba al binomio canino. Se detuvo en la fosa casi abierta, miró sorprendido la pala y la barreta en los lados. Con su potente lámpara Coleman recorría el lugar. Ató a los perros en un árbol cercano, a punto de mirar en el interior cuando “un ruido parecido a pisadas” le erizó la piel. Tomó a sus guardianes y salió rápido del lugar.

—Si no hubiera sido por el par de gatos que tumbaron las veladoras…! Uff ¡– se miraron todos  y rieron.

Una leve llovizna cayó sobre de ellos al momento que quitaban la tapa. Se miraron los cuatro antes de bajar al interior. Intempestivamente la lluvia se detuvo, la luz de las linternas parecían cocuyos que prendían y apagaban, los árboles cercanos inclinaban sus ramas. El de menor edad  asustado  retrocedía…se quedó lívido del susto. Hasta la noche tuvo miedo.

Disimulando valor el líder los arremedó. Arrebato al de mediana edad su linterna y dio un salto al interior de la tumba.

Cuando sus pies pisaron sobre: ¡tierra¡ ¡solo tierra¡— alzo la mirada buscando respuesta de los demás. Con ayuda abandono el hueco y se dirigieron  a la salida. Nadie comento nada en el trayecto…

Al término de clases se reunieron. El líder tomó la palabra. Sacó de su mochila recortes de hace cinco años, en el anunciaban el deceso del estudiante involucrado de forma natural.

— ¡En cinco años no se deshidratan los huesos!— enfatizó – ¿Alguien debe saber más?

–¡Si lo hay!—gritaron todos— Vamos a su casa…

La casa de Pánfilo, el velador, quedaba a lado del cementerio. Desde  tres lustros despide a la prole del pueblo. Cuando abrió la puerta, se quedó mirando, sus ojos desorbitados daban señal de ebriedad. Una estentórea carcajada se escuchó al escuchar el interrogatorio. Tomó del hombro al líder  y una tufarada de alcohol le obligo a taparse la boca.

— ¿Jamás, hubo entierro?—con sobrias palabras dijo.

Esa mañana de temprano tocaron a mi puerta. Una persona con anteojos redondos, pelo entrecano, cuerpo regordete y ropa bombacha, se presentó como maestro de la preparatoria. ¿Solo recuerdo que trajo una botella de vodka?– y bebimos, bebimos, como grandes amigos de años. Cuando desperté era otro día. Me presenté al trabajo y en mis recorridos “un nuevo inquilino reposaba”.

–¿Quién fue el enterrador?—en la oficina nadie supo—para averiguarlo, lo que nunca haría…hice.

A media noche solo mis cachorros  y  mi pala éramos. Finalmente llegue al fondo, ¡Ningún ataúd! Solo tierra, tierra…y cuatro figuras de ángeles negros. !¿Qué por cierto, son míos? ¡Los compre en un tianguis en Catemaco, allá por Veracruz. Desaparecieron aquella tarde.

— ¿Vieran que todos dicen que están  hechizados…?  Patrañas.

— ¿Y, a quien enterraron  ese día?—cuestionó el líder—sujetando de la camisa al anciano.

—Si hablarán los ángeles lo sabríamos. Se colocó sus anteojos redondos y …

 

 

FIN.

JOSE  GARCIA.

Yucatán, México/Agosto2019.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

anécdotas  menos de leyendas. Cuentan que, cierta tarde un grupo de estudiantes fueron citados en su casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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