DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

 

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MALA VIDA.

 

Tuvo que levantarse a pesar de casi no haber dormido. Ni modo, en parte fue por el trabajo encomendado y en parte por la bola de amigos y no tan amigos que les gusta vivir de noche. El ruido que provenía de la cocina, se confundió con la tronadera de huesos que provocó al estirarse a todo lo largo que era. Se levantó y fue por agua en el recipiente que le tenían designado y se preparó para sortear el día. Al parecer, hoy igual que ayer se iría a la milpa en ayunas y se echó a sí mismo la culpa, pues si no hubiera sido porque a Juanita se le cayó la olla, no se hubiera despertado, y cuando lo hizo, ya la gente iba saliendo. Así que ni remedió ahora tenía que apresurarse para alcanzarlos e ir a la par con ellos, aunque a cada paso sentía que se desplomaría por el sueño y por sólo haber desayunado nomás que agua.

Llegando a la milpa, cada uno se dirige a la labor que ya se tiene designado a cada quién; uno se va a revisar el cerco y componer donde se haya caído, para evitar que los animales que andan sueltos, entren y se den un “atracón con el maíz tierno y con las calabacitas; otro, con la coa, se pone a quitar la hierba entre el sembrado para que no le robe nutrientes, y el viejo, vigilante que todos estuvieran trabajando, tras la cortina tenue del humo del cigarro de hoja que fuma todo el día.

A él, lo de siempre, a dar la ronda por todo el terreno y donde encuentra algún animal extraño o ponzoñoso, pues a deshacerse de él, de manera que, toda la mañana anda de acá para allá, revisando entre los matorrales, en las sartenejas o en las mojoneras ─ que son de su propiedad ─ o si ve que gente extraña se acerca, avisar de inmediato a los patrones.

Nunca se explicó el por qué, si trabaja a la par que los demás, no le daban el mismo trato, lo hacían siempre menos; imagina que era debido a la cojera que trajo de nacimiento, o el ojo apagado que tenía por causa de una pedrada perdida y que  lo hacía diferente a ellos; sólo cuando estaban relajados lo tomaban en cuenta y lo hacían partícipe de la convivencia en el grupo. Por ejemplo al medio día, cuando se reunían en la chocita que le llaman “pasel” y se disponían a dar cuenta de la vianda que llevaron, en la repartición, a él siempre le tocaba al último, además de ser una ración muy raquítica la que alcanzaba.  Pensaba que por eso encontraba en los puros huesos, físico que lo ponía en desventaja cuando por las noches se reunía con la pandilla donde todos se aprovechan y lo maltratan, y hasta en la cuestión de amores, lleva siempre la de perder.

No sabe si por las continuas desveladas o por su eterna debilidad, siempre, durante el día, se quedaba dormido en cualquier lugar, a veces en el camino y durante la hora de trabajo, ganándose unas patadas de cualquiera que pasara cerca de él. Cuando la tarde cansada le cedía el turno a la noche, es cuando emprenden el regreso a la casa. En fila india y todos callados, reburujado cada uno sus propios pensamientos, caminan. Algunas veces nuestro personaje va adelante, otras,  se queda rezagado debido a que la curiosidad siempre le ha dominado. Así fue desde chico.

Al llegar al hogar, mientras los demás se bañan o descansan en las hamacas, él busca agua pero para beber y  en la cocina, algo que haya sobrado para completar la vianda que le dieron magra; en ocasiones tiene suerte que alguien haya dejado sobre la mesa o en la banqueta donde la madre elabora las tortillas, algún resto de comida, masa o tortillas  y como por arte de magia los desaparece. Pero en otras ocasiones: nada. No le queda más remedio que tirarse en cualquier rincón a dormir, mientras llega la pandilla para buscar aventuras y así olvidar el hambre. Cansado, piensa y sentencia: “la peor de las suertes como la mía, es haber nacido perro de ejidatario”, gira por tres veces persiguiendo su propia cola y se enrosca para dormir.

Oxkutzcab, Yuc. Segunda semana de junio de 2019.

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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