DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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APRENDIZAJE

 

Crecer y aprender no fue fácil. No porque su familia viviera limitada en la cuestión económica, sino por el poder de asombro que lo acompañó en su niñez de una manera muy potenciada. Aún hoy, en la recta final de su existencia, se extasía leyendo algún libro de bioquímica y se asombra al mirar dentro de un tubo de microscopio o de algún telescopio.

Todo se le hacía interesante a pesar de que muchas cosas no se habían inventado todavía, por eso siempre se le veía escudriñando todo sitio donde estuviera funcionando algún motor. Eso de meter las narices por todos lados, le causaba problemas y en ocasiones ponía en peligro su integridad física, como aquella vez que salió de su casa rumbo al parque con una cajita de fósforos en la bolsa; sentía el peso de la adrenalina, no sólo en la bolsa del pantalón, sino en todo su cuerpo. Se topó con una hoja de papel encerado detrás de unos de los puestos; este tipo de papel en los cincuentas eran cosa rara, por lo que quiso comprobar si ardía igual que los demás; se lo llevó a uno de los jardines del parque y le prendió fuego con uno de los fósforos, pero el viento volteo el papel pegándoselo en el reverso de la mano. Aún conserva la cicatriz.

Después, con la pandilla, se encontraron un volador (cohete) que no explotó en la celebración religiosa del día anterior; pronto lo desbarataron, le sacaron la pólvora y el pequeño fulminante y no faltó quién lo golpeara con otra piedra haciéndolo tronar, tan fuerte, que la quemada en el brazo no la sintió debido al azoro de la sordera  y el zumbido en los oídos que les duró dos horas; después, cuando con tres de sus amigos, se extraviaron por espacio de cinco horas en una de las tantas cavernas que hay por los montes del pueblo; ahí sintió los deseos de llorar por el miedo, bueno, no sólo él, todos.

Y la alquimia. Quiso hacer un veneno para acabar con las hormigas para siempre. Enroló en sus fantasías a un vecino, quién trajo un pequeño frasco de vainilla que escatimó de la cocina materna, la que mezclaron con medio litro de pintura plateada, aderezada con cinco cucharadas de petróleo, hojas de epazote, sal, azúcar y un frasco de medicina desconocida. Pusieron todo al fuego hasta llegar al hervor y fue cuando el olor penetrante, les dio el acceso de tos y el lagrimeo incontenible de los ojos y pensaron que los que  iban a ser exterminados serían ellos y no las hormigas y le echaron tierra hasta enterrar todo el bote con el menjurje, quedando así sepultado para la eternidad una aportación científica para beneficio de la humanidad. Aún tiene atravesado en el subconsciente el olor de vainilla y epazote.

Ese poder de asombro lo tuvo desde muy tierna edad. El propósito de este relato es demostrar que los niños no traen torta bajo el brazo, sino una curiosidad desbordante, más en unos, que en otros. Y como les dije al principio, a nuestro personaje le trajo esta virtud, muchos sinsabores. De los tres hermanos fue él quien acumulo más reprimendas y chancletazos; debido a eso, la mamá pensaba que por “Ángel guardián” le habían puesto al chamuco.

Una de las reprimendas fuertes fue cuando tenía seis años. Su hermano mayor andaba estudiando en un internado, el mediano estaba en la escuela, su papá se había ido al trabajo muy temprano y él jugando con unos caballos y unos cerditos que había construido con las pepas de aguacate; no había ido a la escuela, pues su maestra de párvulos había enfermado. Junto a él y en la puerta de la cocinita (así le llamaban) de palos y palma, la mamá lavaba el nixtamal que llevaría al molino, éste, distaba a cuadra y media de la casa. Una vez acomodado el nixtamal en la palangana de peltre (aún no se inventaban las de plástico, esas que regalan en las escuelas y en los ayuntamientos a las mamás cuando les celebran su día) le dio las recomendaciones necesarias al “lepe”, siendo la más importante que no jugara con la candela.

Mientras la madre estaba en el molino, se entretuvo sacando chispas a una piedra dura que en Yucatán llamamos “tok”, después persiguió a una lagartija entre los matorrales y fue cuando su Ángel guardián lo llevó directo, entre unas piedras, hasta un cigarro que se le había caído a su papá. Era un cigarro de la marca “Uxul” que se fabricaba en ese tiempo, cigarro fuerte que no cualquiera fumaba. Lo tomó, lo olió y su curiosidad lo instó a dirigirse a los rescoldos que estaban en el fogón de tres piedras, y lo prendió. Salió a la puerta de la cocina y le fumó como había visto que hacía su papá, sorbió el humo espeso y de inmediato sintió que los pulmones se le reventaban, se le cerró la garganta y se le vino el ataque de tos que le empujó para fuera las canicas de los ojos y las lágrimas, y el ardor en el pecho. Ante semejante caos, soltó al cigarro quién sabe para dónde.

Una vez calmado el caos, su preocupación fue la de encontrar el cigarro encendido, para que no lo fuera a ver su mamá, y para que no fuera a quemar la cocina. Como dicen acá en Yucatán: lo buscó, lo buscó y no lo buscó. Desesperado, pues ya no tardaba su madre en llegar, tomó los baldes donde quedó el agua con que lavaron el nixtamal y regó todo el derredor de la cocina, dejando el piso anegado. Ya tranquilo, se entretuvo armando otro caballo y escuchó entrar a su madre.

Sólo trasponer la reja y lo primero que vio la mamá, fue la pequeña voluta de humo que despedía el último pedacito del cigarro, bajo una piedra donde jamás llegó el agua.

─ ¿Vino tu papá? ─ Fue la pregunta obligada.

─ Sí, vino por un martillo que se le olvidó ─ fue la respuesta ágil y a sangre fría.

La mañana siguió su curso. Regresó el hermano de la escuela, el padre del trabajo, la mamá preparó las viandas y a comer todos. Pero… la mamá, perspicaz como todas las mamás del mundo, le preguntó al padre.

─ ¿Regresaste por la mañana?

─ No, ¿por?

─ No, por nada, sólo pensé ─ contestó, clavándole una mirada al mentiroso, a quien le dolió más que tres chancletazos. El bocado que tenía en la boca, no lo masticó, lo tragó, al igual que el humo del cigarro.

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

Oxkutzcab, Yuc. Primera semana de junio de 2019.

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