LA ÚLTIMA VELA(POR: JOSÉ GARCÍA

JOSÉ GARCIA

 

Era la hora.  Los  cuatro hermanos  cargaron el ataúd en una tarde lluviosa hasta la última morada.

El camino encharcado de tierra roja salpica el paso de los dolientes. Las rezadoras, se cubren con su rebozo sin importarles mojarse mientras van orando por el difunto.  Destrozados por el dolor del hermano, el amigo, caminan en procesión.

Las  lágrimas se confunden con la lluvia. El cementerio del pueblo no quedaba lejos pero se hacía lejos. Un par de perros acompañan con sus ladridos y  crujientes dientes . Así como los árboles silencian sus ramas presentes.

En la entrada al camposanto esperaba el enterrador con piqueta al hombro. De cara adusta, cuerpo holgado, barba descolorada y de silenciosa mirada. No tenía prisa por terminar por lo que encendió un cigarro sin filtro y se sentó sobre una  roca  en espera.

Los rezos cesaron, las lágrimas también. De un grupo contado antes, solo los familiares cargaron las  coronas chorreantes de flores  vivas. Cuando abrieron el ataúd, parecía que el alma del abuelo no deseaba abandonar el lugar. Su mirada hablaba como una ironía de la vida.

“Había la costumbre que al preparar el cuerpo para  guiarlo hacía el mas allá, se llenaba la boca de maíz molido, pues sería su alimento en el camino. Pueblo pequeño. Se acostumbraba  en aquellos tiempos dejar reposar al ser querido  en el patio de la casa. Pensaban que así, permanecerían  cerca para narrarles cómo cambia  todo”

De recuerdos despedían al abuelo. Decía la abuela: Con sus propias manos  ayudó a construir el camposanto  y hoy le recibe.

Vio crecer a los hijos, a los nietos… Y también ver partir a los que amaba. El abuelo reafirmaba:” Podrás olvidarte de mí esqueleto, de mis balbuceos  y hasta de mi recuerdo. Pero te digo, qué mi alma vendrá seguido con los suyos por que el amor, no muere”.

Jacinto, va cubriendo con su mano la luz de la vela que se reyerta por mantenerse viva.  A pesar del aguacero, con la mecha corta pero la luz  viva, la vela de mis manos parecía no sentir  las gotas de la lluvia.

¿Qué cosa maravillosa?  Se ladea de un lado a otro, retadora a su naturaleza,  sube  y baja su flama  y mis dedos  no sienten aplacar  su calor.

El medio día, se apersonó discreto entre nubes unos instantes. El viento convencido y nostálgico, etéreo,  débil sol, rociando su dorada luz. Lo mojado del cuerpo un paralelismo a las lágrimas de despedida.

Solo estamos  los que debíamos  estar…

Se agotaron las palabras y el silencio decía mucho. Por último, un soplido guardo la luz del recuerdo. Quité de mi cuello el escapulario del niño Dios, que mi Tata me regalo un mes antes de su deceso, le di un beso suave  lleno de amor y lo deposite en su tumba.

Entonces, la lluvia retornó  e  hizo presencia… lloró conmigo  su inexistencia. No le dije adiós. Seguí mis costumbres y mis pasos  a su osario mas tarde.

 

FIN

 

 

 

 

 

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