MÁS ALLÁ DEL MAR II(POR: JOSÉ SALATIEL TEC)

 

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Cuando te vi por primera vez aquella tarde, me pareció verte flotar cubierta de flores de limonaria como una paloma. Pero te vi también como las débiles mariposas grises que entraban por la puerta y encontraban acomodo en las paredes y en el techo de la casa. No sabía ni tu nombre, pero me pareciste como una tía lejana que se acercó de pronto a nosotros, o como el aíre que venía del monte para quedar atrapado entre los muros y puertas de la casa que amamos.

Oí una vez decir a mi madre:

– A esta mujer ya se le fueron los años y ya también se le va marchitando el vientre. Aunque a algunas mujeres la vida suele jugarles una mala pasada, y acaban quedadas para “vestir santos” y repartir su abandono donde quiera que van. Aunque con ésta pasó algo raro, porque pretendientes si tuvo. Pero yo creo que el verdadero causante de su vida vacía fue su agrio carácter que acabó por ahuyentarlos a todos.

Pero yo te sentí como una dama simple y sencilla, como las flores de mayo, y hasta llegué a imaginar que nunca te irías.

Pero un día sin nombre, al igual que las nubes rosadas por el sol de la tarde, empujadas por el viento, te fuiste sin mediar una sola palabra, cuando empezaba a madurar el otoño. Y la casa azul se volvió como una madeja de espinas y las tenues limonarias se secaron como si también les hubieras arrebatado la vida.

 

-¡ Bueno, pero que es lo que piensa ésta mujer ! ¿Qué puede irse cuando quiera y dejar las responsabilidades que tiene en ésta casa?

—¡ Déjala mujer ! De seguro tendrá también asuntos muy suyos que resolver! Sus principales asuntos están aquí. Y tú lo sabes. ¡Pero no puedes esclavizarla! Se pasa todo el tiempo aquí. Tomar un poco de aíre fresco fuera de ésta casa, no tiene nada de malo

-¡Lo malo es que yo tengo que solventar todos los quehaceres de la casa, y sencillamente no puedo hacerlo! Por eso aceptamos traerla también a esta casa, para ayudar! ¡ Y mira, se va así nomás, sin avisar !

< Volverá pronto, no te mortifiques.¡ Ya sabes que no puede abandonarnos por completo!

 

Donde estabas entonces cuando marcaba afligido los días duros de tu fuga, en el tronco del roble -que tu decías que era el árbol del tiempo con el diente marino que me diste la primera vez que te vi. Quise hallar en las nubes alguna parte de tu rastro, porque en la tierra ninguna me acercaba a tu vida. Fui poniendo las marcas, como ir poniendo avispas negras en los ojos.

Pero las marcas más crueles se fueron grabando en la oscuridad del alma, por eso recuerdo ese día en que puse la doscientos noventa y siete. Fue la línea más larga, cual si fuera el final de las cuentas, porque al día siguiente apareciste total, majestuosa, como aparecen las rosas, como si el tiempo de hielo comenzara a escurrirse ante el sol de vida.

 

–¿Notaste algo distinto en soledad ahora que volvió?

—¿Porque tenía que tener algo distinto ahora?

-¡No lo sé! Pero las mujeres tenemos un sentido especial para notar la diferencia entre nosotras.

—¡Imaginaciones tuyas mujer, Soledad es la misma!

-¡Te aseguro que voy a encontrar lo que intuyo, ya verás que sí!

 

—Ahora estas aquí .¿Será que el mar en que viviste la otra vez, habrá cambiado en algo tu persona? Tú me contaste aquella vez, que las olas pasan dejando pequeñas amapolas en el cuerpo. Pero que no es eso  lo que marca la vida de los puertos, sino el sabor a sal, la fuerza de las olas y la potencia de los vientos lo que va hinchando de gozo el corazón y va armando un ancla poderoso e invisible que te ata al mar para toda la vida.

 

Caía la tarde, y el viento hacía girar las limonarias del jardín  como si fueran a quebrarse.

-¡Soledad, arropa al niño con un cobertor, por si acaso! le ordenó mi madre.

Cuando lo hizo, mis ojos resbalaron de su cara hasta su pecho duplicado. Vi en ellos un cierto abultamiento, como si de repente se le hubieran hinchado. Me pareció que se parecían mucho a los de ” Maruquita “.Pero ella había tenido un borreguito, por eso los tenía así. Pero Soledad no había tenido a nadie.

Cuando me llevó a mi cuarto y encendió el quinqué para que las sombras no me ahuyentaran el sueño, se sentó en la orilla de mi hamaca y me dijo cerca del oído, con esa voz que se parece mucho al sonido de las hojas del roble mecidas por el viento:

—¿Puedo platicar un momento contigo ?

Moví suavemente la cabeza de arriba a abajo.

—¿Te acuerdas cuando “Maruquita” tuvo un borreguito que murió a los pocos días de nacido? ¿Te acuerdas que para que no muriera de fiebre, trajimos a uno de sus hijos que había tenido antes, para mamara de ella?

-¿Por qué hicieron eso?

=Mi pequeño. La sangre llama a la sangre. Su hijo anterior no rechazó la  leche que era para el recién nacido, ya que era su hermano, y bebió de su madre no solo por hambre, sino también salvarle la vida. Entre nosotros pasa algo perecido. Cuando a una mujer se le muere un hijo recién nacido, para que su sangre no se desperdicie y le dé la fiebre y muera, puede darle darle de sus pechos a alguien de su misma sangre. Tal vez no entiendas esto ahora, pero lo entenderás más adelante.

-¡Lo de Maruquita lo entiendo! ¡Pero tú no has tenido ningún hijo!

=Eso es lo que todos creen. Pero voy a contarte un secreto. Mientras lo hago,  acuérdate de las mariposas; ellas guardan  en sus capullos  sus secretos y no salen de allí , hasta que tengan alas.

¿Te acuerdas cuando me fui a Telchac Puerto ?No tuve el valor para despedirme de ti, porque llevaba el alma destrozada por alguien que no valía la pena. De ese mal hombre no vale la pena hablar. Pero el resultado de ese amor avasallado fue la procreación de dos hijos. El más pequeño murió recientemente más bien de debilidad, que por falta de amor. Solo tengo ahora el amor hacia mis hijos, aunque por aquel que me queda, podría dar hasta mi vida…

-¿Dónde está ahora el  hijo que te queda?

—Es algo que no puedo decirte ahora. Lo sabrás más adelante, aunque tal vez no sea yo quien te lo diga.

 

-¡El niño ha crecido! Y pronto de seguro empezará a darse cuenta de las cosas. Yo creo que sería mejor decirle la verdad desde ahora. Pronto empezará a hacer preguntas, y se dará cuenta de que aquello que lo une a nosotros, es solo el sentimiento. No la sangre.

—No te apures mujer, si hasta ahora hemos mantenido todo en secrecía  no veo porque alborotarlo todo ahora.

-Recuerda que hay secretos que en algún punto se salen de control y son nocivas las consecuencias.

—Precisamente por eso, dejemos las cosas como están. Para el somos sus padres. Imagínate los problemas mentales que le causaríamos si le dijéramos lo

contrario. Además, considera los  beneficios que tenemos. Soledad nunca se irá del todo, aunque le paguemos poco.

-¡Es que no solo es un asunto de dinero! ¿Qué tal si alguna vez se va y se lleva

al niño consigo?

-¡No podría hacerlo mujer! Ella sabe de los  problemas legales que tendría.  ¿O acaso has notado algo en su conducta que te indique lo  contrario?

-Pues no, pero es una posibilidad ¿no?

—Muy lejana por cierto. Así que no te preocupes. Dejemos las cosas como están. Ya le diremos al niño en su momento.

 

Había entrado la noche aquella vez cuando saliste de mi cuarto. Las luciérnagas se untaban en los miriñaques salpicando con su luz intermitente las ventanas. Antes de irte, me dijiste que se parecían a las almas brillantes de los niños buenos. Luego mirándome a los ojos con tus ojos de luciérnaga, me dijiste que para que no te diera la enfermedad de las mujeres recién paridas, habías encontrado en mi tu medicina. Cuando me diste a beber de tus pechos rebosantes, el líquido blanquísimo corrió por mi garganta como un río de miel caliente. Pero no te dije, que tuve la sensación de haber hecho lo mismo, en algún punto de mi vida .Así bebí de ti durante muchas noches, y aprendí a guardar el este secreto como lo hacen las mariposas grises.

Olía a flor de limonarias cuando te fuiste por última vez. El viento acercaba el aroma de las flores hasta mí cuarto, como si el jardín entero hubiera entrado de golpe a través de la ventana. Podía ver a las leves mariposas, como pedazos de arco iris revoloteando entre los copos blancos de las limonarias, como si hubiera nevado de repente.

No recuerdo que me hayas dicho que te ibas, me lo hizo saber los gritos destemplados de mi madre para que fuera en su ayuda, y solo lo hacía cuando estaba sola en los quehaceres de la casa. ¡Esa fue la última vez que te vi SOLEDAD!

 

La última vez que vino aquí, lo hizo huyendo de un mal hombre a quien ella le entregó el corazón. La había amenazado con arrebatarle a su hijo primogénito si no volvía con él. La mala vida que le dio la llenó de sufrimiento, y para terminar con todo ello vino aquí, para unirse con el mar que la vio nacer y envolvió su cuerpo y sus secretos con sus olas.

Ese amor infortunado fue su perdición. Lo único bueno que tuvo fuiste tú, su primogénito, porque tu hermano menor se fue a los pocos días de nacido. Te entregó a aquellos a quienes consideras como tus padres, pero jamás se apartó de ti estuvo siempre cerca de tu vida para amarte en silencio y cuidarte  desinteresadamente, aunque para eso tuvo que amarrarse el corazón para no decirte que era tu madre, por razones que ella tuvo y que siempre respeté.

De algún modo lo que hizo, te protegió de la venganza de aquel hombre para quien tú no significas nada. Para que esa mala semilla no llegue hasta ti jamás.

Ahora que ya sabes la verdad JOSE SOLEDAD GARCIA,  eres totalmente libre. La barca es tuya, puedes hacer con ella lo que bien te parezca.

 

“Nos acercamos hasta la barca. El agua salobre golpeteaba y se enredaba en pequeños remolinos en mis tobillos y en los de mi abuelo. Toqué el nombre de mi madre grabado en el costado, y el abuelo besó su nombre suavemente, mientras dos gotas de mar resbalaron por mis ojos. SOLEDAD….DEL MAR…

Desaté las amarras y el viento contrario que empezaba a soplar lo hizo avanzar de prisa, y pudimos ver como las olas cambiaban en brillantes flores de limonarias como atadas a ella, hasta que se hizo un punto oscuro a la distancia.

De seguro siguió el  rumbo de la otra barca que llevó a mi madre para su encuentro con el mar profundo. Luego le di un beso y un abrazo a mi abuelo, con la firme intención de volver a verlo más seguido, y poder llenarme de los recuerdos de mi madre Soledad, de aquellos que no forman parte de los míos. Porque yo la conocí como a los ocho años, y ahora voy entrando a los quince, y ya la extraño como si tuviera cincuenta.”

 

“En silencio, y con el mar llenándome los ojos, con lágrimas de amor por el hijo que ya no veré nunca más, le pregunto a cualquiera: Estar con vida, sin la compañía del hijo que llena el corazón ¿significa eso estar con vida?…

 

La voz, esperó en vano la respuesta…y se fue apagando lentamente entre el tumulto del mar embravecido..

 

FIN

 

 

 

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