DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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Del anecdotario de mi madre. El nombre

 

En la selva profunda. En aquella selva que cubría a la península alguna vez, fue que sucedió lo que voy a relatar. Aunque parezca cosa de imaginación, esta selva abarcaba todo el territorio de Yucatán, Campeche y Quintana Roo como ya les indiqué. Selva de monos saraguatos, aulladores y monos araña; selva de jaguares, tapires, arañas y serpientes venenosas, selva de muchísimos animales que el hombre ha ido exterminando.

Sabemos de ella, debido a que aún quedan personas que una vez fueron “chicleros”. Eran personas rudas que pasaban largas temporadas perdidos allá entre la espesura de los árboles, cosechando la resina del zapote (chico zapote le llaman en algunos otros lugares), cuidándose no sólo de los animales que ya mencioné, sino también luchando contra hordas de mosquitos, tábanos y toda la caterva de insectos molestosos que la naturaleza pudo concebir. Muchos de estos individuos, tuvieron la fama de consumir marihuana, pero estaba suficientemente justificado.

Los campamentos empujaron a los comerciantes  a abrir caminos (veredas) por donde llevaban mercancías a las personas que duraban en esos sitios hasta seis meses. Cierto que el terreno era plano en casi toda la región y no dificultaba la apertura de las vías mínimas, pero, aparte de lugares pantanosos que son recurrentes en la selva tropical, en ciertas zonas la tierra era del tipo que llaman áak’ alche’ o chak luuk’ que con las lluvias forma un lodazal (eso significan las palabras) pegajoso que dificulta dar paso incluso hasta las bestias. Aun así, este trabajó duró, hasta que se terminó. Ahora los chicles nos lo fabrican con un derivado del petróleo.

Otras de las consecuencias derivadas de esta actividad, fue que se toparon con pequeños asentamientos mayas, algunos sin haber tenido contacto con los mestizos o con otra gente que no fuera de su etnia. Los habitantes de estos lugares, muchos, sólo hablaban maya, el maya verdadero; constituidos por grupos familiares, vivían en pequeñas casas de bajareques (palos), palma y no necesitaban puertas, debido a que todos se conocían y tenían toda la confianza. Otros asentamientos, aunque aislados por la falta de buenos caminos y las distancias, ya tenían la influencia del mestizaje (ellos sí usaban puertas) pero aun así conservaban muchas de las costumbre de nuestros ancestros. Una de esas costumbres era la forma de escoger el nombre para sus hijos, que después de tantos vericuetos voy a relatar por ser el meollo de este ingrato relato.

Para ubicarnos bien, les diré que sucedió en un asentamiento más o menos  grande, quince casas para sendas familias, además que los “chicleros” ya lo habían puesto en el mapa geográfico, aunque sea de nombre. Y entre el quehacer burocrático del gobierno, alguno de sus empleados que manejaban el teje – maneje de la educación, vio la necesidad de enviar al sitio a un profesor, normalista rural por supuesto. El susodicho por fortuna era maya hablante, cosa que le ayudaría bastante, pues para llegar a “K’aay muuch”, así se llamaba la comunidad, a causa de que en la temporada lluviosa, miles de estos animales entonaban un concierto por las noches, que, si no estabas acostumbrado, amanecías todo ”tembleque” por no haber podido dormir y porque aún despierto seguías escuchando ese tremebundo croar, único en todo el Universo. Nuestro profesor pues, tuvo que viajar a la cabecera del municipio, de ahí se fue unos cincuenta kilómetros al Sur por un camino blanco en un destartalado camión, para luego tomar una vereda bajo el dosel la selva por donde anduvo cerca de cinco horas acompañado del ruido de las aves y el chillido de los monos araña que lo seguían encaramados en la copa de los árboles. Todo fue llegar, y no crean que es como platican, de que los mayas somos amables hasta nomás, pues a pesar de hablar maya los pobladores manifestaban desconfianza ante él. Pasaron varios días hasta que las autoridades de la comunidad comprendieron la intención y lo aceptaron como uno más de ellos.

Al elaborar el censo escolar, al profesor se le hizo raro los nombres de los niños, pues casi todos tenían nombre de algún animal, tal como se acostumbra con los apellidos; otros que se referían a diversos objetos; tenía anotado: JK’ulu Can, XPepen Chan, J Sinic Canché y así por el estilo. Uno de los ancianos le explicó que era una costumbre de los antepasados que cuando alguna criatura iba a nacer,  poner ceniza por todo el derredor de la casa donde se realiza el trabajo de parto, menos frente la puerta; después  de nacer la criatura, se acercan las autoridades y los parientes y buscaban la primera huella de animal que estuviera impresa en la ceniza; ese nombre llevaría y sería el guardián (jkanáan) de su espíritu durante la vida. “Mi nieto se llama J Xay ché Canul, porque el viento arrojó una rama de Ox en la ceniza” Así le dijo el anciano a modo de ejemplo.

Corrió el año, a veces lento otras apresurado, la escuela avanzaba muy bien y la gente apreciaba al profesor, pues además de dar clases, era consejero de los campesinos, cartero y mandadero cuando salía para la cabecera, conserje y doctor, tal el rol de todo profesor normalista rural en las décadas pasadas. Él, para que no se le hiciera pesado el tramo desde el crucero del camino blanco, hasta la comunidad, se había comprado una bicicleta (t’íinchak’ jáanchak’ balak’ ook). La primera vez que llegó con ella al pueblito, la algarabía de los niños fue tremenda, debido a que ninguno de ellos había visto una en su corta vida, incluso había adultos que tampoco. Esta adquisición, el servicio que prestaba a la comunidad y el adelanto de los niños en las aulas, forjaron un aprecio y admiración por parte de los habitantes hacia el joven profesor.

En una de esas noches oscuras, la esposa de JXay Ché sintió los dolores del parto; la comadrona, una mujer madura que había ayudado a nacer a la gran mayoría de los jóvenes y niños de la comunidad, tuvo dificultades, debido a que el niño venía cruzado y no se ponía en la posición correcta y la anciana ya se sentía cansada sin poder resolver el problema, empapada de sudor tanto ella como la parturienta, sólo atinaba a soltar pedazos de rezos pidiendo ayuda, tanto a los dioses mayas como al católico. El abuelo, después de pensar un momento, le dijo al futuro padre que era su nieto, que le hablara al profesor y le explicara la situación difícil en que se encontraban la madre y el futuro maya. Como una exhalación, el joven padre cubrió el kilómetro hasta dónde estaba la escuela y a gritos despertó al profesor y le explicó la situación. Para llegar pronto, el profesor tomó su bicicleta y adivinando el camino entre la obscuridad llegó a la casa, arrinconó la bicicleta a un costado, pidió agua para lavarse las manos y junto con la comadrona, lograron que la criatura se acomodara y naciera tal  como lo indican los cánones.

Enterados de la buena nueva, las autoridades y los parientes, se sentaron solemnemente y con respeto alrededor de la casa a esperar que aclarara para revisar la ceniza y ver lo del nombre para la niña que había recién nacido.

La primera y única huella que encontraron impresa en la ceniza…fue la de la bicicleta del profesor.

Oxkutzcab, Yuc. Segunda semana de junio de 2019.

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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