BOLERO(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

 

Como todas las mañanas desde hace 55 años Marcos,  atraviesa  la plaza principal y en su paso dispersa a las  palomas que  bajaron a desafiar a los gigantes.

Con su “diablito” acarrea su equipo de aseador de calzado: sombrilla, silla, cajón y algunos periódicos del día para ofrecerle a los clientes. Si el buen tiempo  y la bendita lluvia lo permite  – mira al cielo y sonríe —  aquí andaremos.

La  “diferencia estructural” en su pierna derecha, más que una molestia se convertía en un estorbo. Los centímetros de suela en su zapato se volvía inmarcesible  en días que el sol estaba de raja tabla.

Con la vista recorre el cuadrante de la plaza. Uno, dos…cuatro sobrevivientes. Poco a poco  abandonaron su curul los viejos amigos. En otras palabras, se sintió afortunado.

En un suspiro rememoró su ayer…

“No me dejaban dormir más de las diez de la mañana en vacaciones Los sacudones a mi hamaca, al abuelo le causaban risa. No se cansaba el viejo. Apenas si dormitaba cuatro horas. Los turnos de noche en la cordelería me revitalizan –decía y mostraba sus bíceps– mejor que el pozole o una cerveza negra al medio día.

Caminaba más de 15 cuadras para llegar a la plaza. En mano su cajón de madera, llena de grasa, brochas, pintura y su cajetilla de cigarros Alas Extra. Me contaba que eran unos cuantos los que boleaban  y más los que sin trabajo en las bancas de madera fuman sin preocupación hasta que muera la tarde.

En otro orden de ideas, cierta tarde llegó con la camisa manchada de sangre y sin su cajonera de zapatos. No paraba de reírse y mofaba su acto.

¡Hubieran visto como quedó el otro!  Con una sonora risa pidió su cerveza.

Uno pensaría que las horas ausente de casa boleando zapatos le dejaría buena lana, pero todo lo contrario.

El abuelo resultó una enciclopedia local y buen doctor. Cuando descubrió mi mal, los primeros días de consulta me tomaba de la mano y ahí estaba firme. Tremenda regañada me asentó al verme sin el ortopédico. ¡Será  la primera y última vez¡ – me arremedó sin dudar”.

Y desde eso, aquí lo traigo pegado al píe.

Seguí sus pasos y por las tardes después del colegio salía a ganarme unas monedas. No andaba en un solo sitio pero de que caminaba, caminaba. Termine una carrera comercial, me defendía, pero sentí no era lo mío. Encerrado más de ocho horas  y lidiando con personas amargadas me envejeció.

Cuando dedique cuerpo y alma, sol y lluvia a esta chamba me posicioné de un lugar con harta sombra y cagadas de pájaros. Quedaba enfrentito del Palacio del gobernador. A muchos conocí y  le saque brillo a sus mocasines de buen ver. Uno que otro tuvo carisma.

!Ah¡ ¿Pero el que no? Le llovía parejo en su milpita.

Cuando  rozo  la chola y palpo la tremenda cicatriz. En ese día negro como se le conoce, me ayuda a comprender que la desigualdad existe. Una mañana eramos tres los boleros en la contra esquina, cuando atrás una columna de 50 soldados a paso veloz enfilaban a palacio. Unos cientos de estudiantes quemaban llantas, rajaban las bancas de madera y apedreaban el portón principal de palacio protegido por una docena de gendarmes.

Se  oían gritos  de: “!viva el charras¡” “¡somos estudiantes, no delincuentes!”…cosas así.

Entre las cosas inesperadas, también lo fue cuando nos regalaron: la sombrilla, la silla, y la pequeña ayuda en despensa. Creo había votaciones.

Miles de personas han desfilado en las bancas de la plaza principal, como los que alimentan a  las palomas, o esos que se pasan leyendo el periódico medio día, disqué buscando trabajo. Oh, los viejitos de aquella esquina que desde temprano ganándole a los rayos de sol siguen recordando su juventud.

Me ganó el peso de mi ortopédico . Ya los achaques tenían que aparecer algún día. Si, pasaron muchas mañanas, tardes, desfiles, carnavales, etc.

¿Ahí, quedaron las huellas de mis manos sobre el piso? Como un artista.  Cuando vinieron a cambiar una  parte de el, en son de broma lo sugirió el maestro albañil y me hizo inmortal. Me costó diez pesos de charritos y un litro de Coca Cola.

¿Lo dudas? ¡Míralo enfrente del palacio, cuando vayas!

 

FIN

JOSE  GARCIA.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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