DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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LA CASA

 

Apilamos tantos recuerdos, uno sobre otro, uno sobre otro, que al querer sacar de los primeros, éstos están todos deshilachados, delgaditos, casi etéreos. Tiene uno que estirarlos, hidratarlos (con un buen vaso de vino), esponjarlos, para que nos demos cuenta de que es realmente un recuerdo y no un sueño. Y cuando estás seguro de que es parte de tu historia, sientes entonces una sensación eléctrica que recorre tu espinazo, para bien o para mal.

Por fortuna, los míos, un gran número son para bien. Aunque el recuerdo tenga tintes surrealistas, te deja un sabor agradable en el paladar de tu subconsciente. El siguiente relato tiene todos esos ingredientes.

No sé si se acuerden, ahí donde ahora hay una tienda de muebles, en la cual puedes comprar en abonos chiquitos, ahí, donde la señora de Gumersindo (QEPD) aún paga el triciclo desde ¡uuuu!, un titipuchal de años, antes había una casa antigua; pienso que era la única colonial que teníamos, además de la iglesia y la capilla de la Ermita, pues, al parecer, formaba parte del convento franciscano ahora en ruinas. Alta, de gruesas paredes de piedra llamadas de cal y canto, techo con vigas de rolos de madera eterna, al parecer de zapote y esa mezcla de la tierra blanca llamada “sascab”, cal, más quien sabe cuál secreto de los albañiles de ese entonces, pues aguantaban aguaceros, huracanes y cuanta calamidad les echara encima la naturaleza; pero también eran oscuras, húmedas, debido a que sólo tenían tres puertas sin ventanas. Se encontraba en la esquina, de manera que una de las puertas daba al Este y nunca se abría, otra al Sur, que era la que se usaba para entrar y salir, digo, y la tercera, la que daba al patio.

Era un solo cuarto como de tres metros por cinco, sin divisiones que limitaran los espacios, de manera que era sala, cocina, comedor, dormitorio y baño (sólo para bañarse, que conste), todo junto, amontonado, la representación viva de un collage habitacional El piso era de piedras labradas de manera rústica y entre piedra y piedra pues era tierra, de manera que durante la temporada de lluvias, cuando el ambiente era húmedo, brotaban en esas rendijas hierbas y zacate, haciendo juego con las paredes que se cubrían de un musgo verde con unas pequeñísimas flores amarillas, en especial, en el rincón que se tenía destinado para el baño. Durante el verano, me imagino que se alegraba un poco esa estancia, pues las golondrinas construían sus nidos entre las vigas y, sospecho también, que era un sitio procurado por los murciélagos. Si de la torre del campanario que era mucho más luminosa, todas las tardes, al ocultarse el sol, salían miles de estos mamíferos en una manada que terminaba de obscurecer el cielo (manada, porque son mamíferos, no aves), con más razón de esta casa de las que les estoy hablando. Por las noches, se miraba más tétrica, pues cuando pasabas frente cualquiera de sus puertas, se veía un débil resplandor que luchaba tenazmente por salir por entre las rendijas de la puerta o por los postigos y que moría antes de alcanzar la calle. En fin, fue una casa, que viéndola, de inmediato tu subconsciente te dice: “ahí vive un tuberculoso”.

 

Pues no. En ella vivió un licenciado, un, abogado sin título, de esos llamados medio ofensivamente “tinterillos”, más, en un pueblo como era el mío, eran personas respetables. Y sí, fue el personaje idóneo para habitar esta casa que era un digno escenario para escribir una novela de terror al estilo de Berard Shaw; flaco, parco en su hablar, pocos amigos, muy pulcro en su vestimenta que sepa Dios como le hacía para vestir de blanco, ya que su ropero consistía en varios clavos en la pared mohosa. Si ganó o perdió litigios, eso no lo sé, hasta donde pude averiguar, se encargaba de pequeños líos familiares y mercantiles, teniendo la tremenda ventaja de que en ese tiempo, no se usaba o eran en suma escasas, las máquinas de escribir y todo el papeleo se tenía que hacer a mano y él era uno de los más “letrados” de mi pueblo.

José María, así se llamaba, tenía un escritorio que hacía juego con el resto de la casa: paticojo que remediaba con una piedra, en él, tortillas duras y restos de pan y un reborujo de papeles de casos perdidos, ganados y de los que quedaron en el limbo, periódicos viejos; tenía en las esquinas, mazacotes de parafina donde ponía las velas y un viejo quinqué. Esa era su oficina.

Estuve en un internado por espacio de seis años, yendo al pueblo sólo los fines de semana, después ausencias por espacio de un año cada una, por lo que no supe de la casa ni de su inquilino, sino hasta mucho tiempo después al jubilarme, la nostalgia me encamino para ese rumbo y sólo quedaban paredes, en el patio funcionaba una comercializadora de material de construcción, por lo que imagino que en la trituradora quedaron las piedras labradas de la banqueta y del piso. A los pocos años de esto, se demolió por completo y se acabó la historia que les relaté.

Les digo con certeza que todo esto no fue un sueño, porque estás imágenes las estiré e hidraté hasta recordar que fui testigo presencial, pues le entregaba personalmente el periódico de ese tiempo, llamado “Sureste” del cual éramos voceros, y ese olor característico que tienen las grutas debido a lo húmedo y por albergar a los murciélagos lo percibía cada día que hacía la entrega.

Aún lo siento cada vez que abro este recuerdo.

Profr. Fco. J Tejero Mendicuti. Última semana de junio de 2019

Oxkutzcab, Yucatán.

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