EL PINÁCULO DEL MUNDO(POR: SONIA MAYLLEND)

sona 2

 

El gentil camarero se acercó a la mesa saludando a su ocupante ─buen día, ¿desea tomar café?─ ella asiente con un ligero movimiento de cabeza y el joven sirve la humeante bebida que de inmediato propaga un exquisito aroma que solo tiene el café de buena cosecha y ella lo absorbe anticipando que será placentero tomar, no una, sino dos tazas de ese exquisito elíxir.

 

Ella visitaba a menudo ese restaurante, se diría que una vez por semana, ya que los domingos los guardaba para otros menesteres. Los empleados de reciente ingreso ya se habían habituado a esa rutina y por ello colocaban un aviso de “RESERVADO” el cual retiraban 15 minutos antes de su llegada pues su puntualidad era asombrosa. También sabían de su preferencia: café negro sin azúcar ni crema, pasados 10 minutos, le llevarían un plato de frutas frescas, jugo de naranja natural, un par de huevos tibios,1 pieza de pan de dulce y otra taza de café, mismo que degustaría solazándose con el panorama exterior.

 

El paisaje era imponente y presumía un césped pulcramente podado. también ostentaba una diversidad de florecillas, las había blancas, amarillas y unos delicados y contrastantes alhelíes que se destacaban por su color rosa intenso y que fueron esparcidos, unos por aquí y otros por allá. Los altos, robustos y muy frondosos árboles, formaban una valla abriendo paso a la vista para admirar el majestuoso volcán coronado con su bella cresta nevada, diríase que se trataba de una pintura de Gerardo Murillo “Dr. Atl”, ya que un cielo azul con nubes blancas lo enmarcaban.

 

Pasados los minutos, el camarero entregaba la cuenta dentro de una carpeta de piel azul obscuro en el que ella introducía su tarjeta de crédito que al ser devuelta, la guardaba en su cartera con movimientos calmos y elegantes; esperaba a que le retiraran la silla para salir del lugar con la misma actitud; erguida con pasos cortos; sin gesto alguno; sin saludos ni hasta luegos.

 

Entre los empleados se corrían muchas historias en torno a la intrigante dama. En una de ellas se decía que tal vez era muda, ya que nadie le había escuchado ni una sola palabra. El mesero comentó un día a su compañero ─¿no te has percatado que al Gerente le gusta esa mujer y que la mira fascinado?─ el chico pregunta ─¿el Gerente?, ¿te refieres al Sr. Aldana, el dueño?─ y éste le dice ─claro, cuando ella está aquí, la música ambiental es el vals “Alejandra” y ella se llama Alexandra, además, resulta que él nunca le cobra.  Especulaciones iban y venían, lo cierto, es que ninguna se acercaba a la realidad.

 

Cinco años atrás en ese Restaurant «El Pináculo del Mundo», se llevaba a cabo un evento familiar, el IV Aniversario del Sr. y la Sra. Aldana quienes formaban un feliz pareja, las “Bodas de Seda” de Alexandra y Ramiro. En ese lapso hicieron realidad su sueño, comprar el restaurant en el que se habían conocido.

Pasada la media noche, a la fiesta llegó una joven que presumía un embarazo muy avanzado y le adjudicaba a Ramiro la paternidad, éste le aseguraba a Alex que no conocía a la chica en cuestión. Alexandra abandonó el salón y posteriormente, también a Ramiro. En medio de los trámites de divorcio se dilucidó la situación de la joven madre, una prueba de ADN demostró que el crío no tenía los genes de Ramiro. Aún así quedó de manifiesto que hubo un desliz con la susodicha, durante la despedida de soltero de un amigo.

 

Alexandra llegó abordo de un taxi al edificio donde vivía. Como siempre, se fue directo a la habitación que servía de estudio, para mirar la pintura que descansaba en el caballete y que cubría con una manta para protegerla del polvo y la luz solar. Una vez más, al tomar los pinceles, sus manos comenzaron a temblar y las lágrimas amenazaban con desbordarse. Salió de ahí lo más rápido que pudo cerrando la puerta conteniendo la tentación de volver a entrar. En su recámara retiró el maquillaje y diríase que se puso la máscara de la indiferencia, su infalible escudo.

 

Muy temprano se alistó para acudir a misa, como todos los domingos y al salir de la iglesia daría un paseo por la Alameda Central para disipar malos pensamientos que atraen los tristes recuerdos. Llegando al parque se sentó en una banca aprovechando la sombra que un árbol le prodigaba. Buscaba en el bolso su abanico cuando escuchó que alguien decía ─¿cómo estás currucú?, ¿me dirás por fin quién soy yo?─ al levantar la vista, reparó en una espigada mujer sentada en la banca de enfrente; vestía de negro abrazando contra su pecho una biblia. Esa persona le hablaba a una paloma que picoteaba las migas de pan esparcidas en el piso: Alexandra se le acercó con cierta preocupación para decirle ─¿puedo ayudarle en algo?─ su tez tenía una palidez mortecina y en la mirada se adivinaba una gran tristeza. Con voz poco audible le respondió ─no creo, nadie ha podido hacerlo─ Alex insistió en brindarle ayuda sorprendiéndose cuando dijo que padecía amnesia y que lo único que recordaba era ese lugar, por lo que a diario lo visitaba en espera de que alguien, al verla, la reconociera. Y continuó diciendo ─El padre de la iglesia de San Fernando, recuerda verme todos los domingos sin compañía, por lo que dedujo que yo vivía sola─ Alexandra sintió un vuelco en el corazón y la abrazó, la desconocida no solo lo permitió, sino que correspondió y ambas quedaron unos minutos en esa posición.

 

Tomándola del brazo la llevó a su banca para hacerle más preguntas con la firme intensión de ayudarla ─Le invito a comer un helado y platicamos, ¿acepta?─ asintiendo con la cabeza se fueron a la heladería y comenzó su historia ─En el albergue “Santa Teresita” me dan asilo desde hace 2 años y me llaman Esperanza. Dicen que una ambulancia me trasladó a un hospital en virtud de haber sufrido un desmayo golpeándome fuertemente en la cabeza. Después de tres días recobré el sentido y al no recordar nada me reubicaron en el albergue pues no portaba identificación alguna. La policía dijo que investigaría pero hasta ahora no han obtenido resultados. Lo único que conservo es este dije y un escapulario que colgué en la cabecera de mi cama─, con las lágrimas escurriendo por esa delicada piel, concluyó diciendo ─de modo que éste es todo mi bagaje, la biblia me la regaló el párroco diciendo que así me sentiría cerca de Dios. A él me aferro para no morir de tristeza─ el nudo que sintió en la garganta Alex, le impedía hablar. Durante unos minutos hicieron silencio y a Alexandra se le ocurrió una idea. ─Mire Esperancita, yo haré lo posible para que su familia la encuentre ya que seguramente la estarán buscando. Le tomaré una foto en la que se lea claramente el nombre grabado en su dije, la publicaré en mis redes sociales y seguramente alguien la reconocerá ─Esperanza, con cierta incredulidad, aceptó. ─¿Le parece que nos encontremos dentro de 3 ó 4 días para seguir conversando?. Por hoy solo nos decimos hasta pronto y la cita es el próximo jueves a las 12 del día en este mismo lugar. ─Un beso de amigas en la mejilla confirmó la cita y cada una tomó su camino.

 

Ya en el departamento, Alexandra instaló su laptop, sentía mucha emoción al tener la oportunidad de ayudar a un semejante. Confiaba en que por ese medio Esperancita se reencontraría con su familia. Antes de acomodar los dedos sobre el teclado, se frotó las manos y en la pantalla pudo ver su imagen reflejada, sorprendiéndose gratamente al encontrar una sonrisa tan amplia que exponía su dentadura y la misma excitación le puso un color rosado a sus mejillas.

 

Lo primero que hizo, fue elaborar una ficha con los datos de Esperancita, desde su celular, subió la fotografía para publicarla en Facebook, Twitter e Instagram.

 

Al siguiente día, después de ducharse y antes de maquillar su bello rostro, fue dar lectura a las notificaciones. Aunque no aparecía la noticia esperada, le complacía ver la respuesta conseguida, varios ofrecimientos de unirse a la búsqueda. Entendía que era prematuro, pero en estos tiempos y gracias a la tecnología, todo podría pasar.

 

Pasados 2 días, Alex se encontraba revisando su correspondencia virtual aprovechando para contestar uno que otro mail y leer las noticias locales, pero con una sola idea en su mente… el timbre del teléfono la sacó de su absorto, la llamaban del Albergue para informarle que un familiar de “la Sra. Esperanza” se había puesto en contacto con el Director.

 

Sin perder más tiempo, Alex se presentó al lugar siendo la propia Esperancita quien la recibiera con un abrazo muy efusivo. Las dos se dirigieron a la oficina del Director de Asilos, Lic. Jesús Mallorca Izaguirre, quien le diera los detalles de tal encuentro.

 

Amablemente las recibió para explicar la situación de la residente ─Ayer por la mañana recibí la visita de una persona que se identificó como Ing. Víctor Carbajal Muñoz, demostrando ser hermano de la residente “Esperancita”. Él fue informado de su paradero por un sobrino que estudia la universidad en el extranjero. El chico vio una fotografía en internet identificándola como su madre a quien habían estado buscando todo este tiempo con la seguridad de que, tarde o temprano, darían con su paradero. Así que el Ing. Carbajal nos ha hecho saber que su verdadera identidad es María del Rosario Carbajal Vda. De Rojas y que tiene su domicilio al otro lado de la ciudad. El Ing. Carbajal comenta que su hermana, a raíz de la abrupta pérdida del esposo quien perdiera la vida en un accidente aéreo, cada domingo se trasladaba en taxi hasta la Iglesia en la que habían contraído nupcias. Ella padecía de depresión post-traumático y ese día en particular, salió de la iglesia olvidando su bolso. A unas cuantas calles, sufre un desmayo y al no contar con identificación alguna, el departamento de Salud la trasfirió a este lugar después de pasar 2 días hospitalizada donde le practicaron una cirugía menor en la herida de la cabeza, la cual sólo requirió de unos puntos. Desde ese entonces aquí la hemos atendido. Alexandra no hablaba y, sin soltar la mano de su reciente amiga, la veía para observar su reacción al escuchar su propia historia. A Rosario se le salieron las lágrimas en torrente sin poderse contener y, sonriendo a la vez, movía la cabeza asintiendo cubriéndose la boca con un pañuelo, dando a entender que comprendía todo y, por ende, había recobrado la memoria. El Lic. Mallorca rompe el silencio para decir.

 

─Sra. Rosario Carvajal, desde este día, tiene usted la libertad de abandonar esta institución y, aunque la vamos a extrañar, sabemos que su familia la espera─ Rosario sólo estrecho la mano del Director, dando paso a Alexandra para que también se despidiera.

 

El hermano de Rosario ya la esperaba en su auto y se despidió de Alex externándole su agradecimiento con el compromiso de contactarla más adelante.

 

Por la noche, cepillaba su larga cabellera y se dijo ante el espejo: ─Rosario retomó ya su vida, ¿Por qué no haces lo mismo?, aquí la única perdida eres tú. Ya en silencio y sin dejar de cepillarse el cabello, continuaba con la mirada fija pero sin ver, pensando que día a día fue poniendo capas de orgullo en la que ahora estaba envuelta. El divorcio quedó trunco, pero la ofensa la había herido profundamente. Ramiro enviaba flores cada aniversario y las acompañaba con una nota en la que apelaba al amor que antaño se profesaban y que él la seguía amando, que su amor no menguaba, que ella estaba en sus pensamientos todos los días y a todas horas.

 

Dejó que su dolor aflorara y las lágrimas aparecieron, sin sofocos ni aspavientos, tan solo quería vaciar la tristeza que disfrazara de orgullo, vanidad y soberbia por un puritanismo arcaico y obsoleto. Sintió que debía ser como la mariposa, romper la crisálida para volar rumbo a la felicidad. El error lo cometieron  otros y enterrado en el pasado está.

 

Los rayos del sol se introdujeron por entre sus cortinas y la obligaron a abrir los ojos para sacarla de la cama. Preparó café, untó un pan con mantequilla y se sirvió un jugo de naranja, extrañaría su sabor natural, como el del restaurante pero se compensaría otro día. Después de su frugal desayuno, un baño le despejaría la mente para afrontar lo que se había propuesto por la noche, continuar su pintura.

 

No cabía duda, el optimismo la hizo su presa, se plantó frente a la pintura inconclusa, puso varios colores en la paleta y comenzó a dar pinceladas; luego usó la brocha y hasta la espátula volvió a probar la tersura de la pasta blanca par el nevado, sus nubes y simularía la nebulosa sobre la cresta de su volcán. Añadió un sol esquinado que rompería la bruma a su alrededor, respetando la que bordeaba al majestuoso volcán. Los siguientes 2 días los pasó perdida para el mundo pero encontrándose a sí misma, retomando su vocación artística. Por sus venas corría nuevamente sangre azul y roja y verde y de todos los colores con sus mil matices. Observaba la pintura solazándose con su obra de arte concluida, casi, pues faltaba su rúbrica, ¡sólo eso!. Agotada pero satisfecha, se fue a dormir.

 

Alexandra llegó al restaurante y antes de entrar, leyó el anuncio «El Pináculo del Mundo». Sin más demora, ingresó a éste y tomó asiento ante la mesa más cercana a la puerta, Ramiro se sorprendió al verla ocupando otro lugar que no era el acostumbrado y que se ubicaba a un lado de la Gerencia. Intrigado por el suceso, se acercó para preguntar ─¿estás cómoda o deseas cambiar de mesa?─ ella tomó el objeto recargado en la pared poniéndolo frente a él y dijo ─éste es tuyo… y yo también.

~ FIN ~

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