EL REGALO(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

Cuando llegó a su casa vació sus bolsillos. Apenas un par de monedas, enseguida pensó: un mal día, bueno, mañana lo intentare  nuevamente–  dijo sonriendo. Miraba el techo de palmas de la casa y con los dedos del píe tocando el suelo de cemento sin acabar, se balanceaba.

La neblina era espesa cuando abandono su casa. Cargando su bolera de madera y una bolsa con pan dulce se encaminó al pueblo siguiente. La gente poco a poco iba llegando a la plaza y ocupaba los espacios alrededor. Era día de tianguis  por lo que seguramente habrá clientes.

Cerca del medio día la plaza lucía a tope. En una esquina miraba cada paso de la gente buscando el calzado que requiera su lustre, pero la mayoría calzaba alpargatas. Un par de horas después del medio día la gente se ahuyentó con las primeras gotas de lluvia que se anunciaba.

La callada noche cubría las calles, mientras en su carrera evadía charcos de diferentes diámetros. Bebía su taza de café mientras disfrutaba la lluvia en sus últimas pizcas sobre los árboles. Inmediatamente tomó su alcancía de “cochinito” que guardaba celosamente ,y sin hacer ruido que despertara a su padre se puso a contar sus monedas. En conclusión: ¿Que se podría comprar con tan solo 100  pesos…?

Al siguiente día salió abrigado por la humedad que dejó tanta agua caída del cielo. Se dirigió al mercado, estaba dispuesto a convertirse en cargador, diligenciero o hasta de payaso… lo que sume unas monedas. No quedaba tiempo, mañana sería día del padre y se prometió comprarle algo ganado con su trabajo.

Con las manos y los pies llenos de ampollas, el rostro manchado de polvo y la barriga con sonoros ruidos por el hambre, sonreía camino a casa. Valió la pena todo sudor, pensaba, mientras se tocaba su bolsillo a punto de ceder al peso de las monedas ganadas. Llegó menos tarde que otros días, sus padres estarían despiertos y de alguna forma quería compartirles su alegría.

Su rostro cambió cuando encontró a su madre recostada en su hamaca. Su papá le exprimía y colocaba trapos húmedos en la frente, ardía de calentura. Se le veía preocupación en el rostro, la cosecha que surtió en el día no se la pagaron. Andaba sin centavos.

No había nada más que hacer que ayudar, pensó. El rostro de su padre se alegró cuando le puso en sus manos lo que había juntado. En medicamentos se fue todo. Contemplaba las estrellas en silencio cuando una mano le tocó la espalda, era su padre. Le resumió lo bien que se veía su madre y lo orgulloso que sintió al recibir su ayuda.

Fue el mejor regalo que un padre puede recibir – le confió –.

Llegó el día. Desde su lugar vio a su padre hincado y a su madre sentada en la hamaca, él, lloraba en ella mientras le acariciaba los cabellos.  De un brinco dejó la suya, se vistió fugazmente y antes de salir los abrazo. Con la felicidad en los ojos salió a cazar esperanzas.

No había avanzado medio monte cuando se detuvo pensativo. ¿Y qué haré para comprarle su regalo a mi padre?…

Así llegó a la plaza principal. El ruido de un altavoz, buscando gente joven para levantar las carpas del circo que recién llegaba lo alertó.  Sería una  paga de… ¡100 pesos en un día! – gritó eufórico.

Se miraba majestuoso  aquel circo de dos torres. Sus focos de colores iluminaban más allá de su cuadrante. Cuando tuvo en sus manos la paga ya el día iba muriendo, la sorpresa se esfumó, y el regalo para su padre sería para otra ocasión. Se retiraba del circo cuando el dueño lo detuvo y le pidió ayudará por último en la pista. Sería gratificado  ENORMEMENTE.

Llegó al sitio requerido, había poca luz y silencio total. De pronto en medio de la pista general una luz tenue se encendió, iluminando una mesa en el centro que guardaba una peluca y un chaleco de payaso. Se acercó, tomó los objetos y se vistió con ellos. De pronto la luz débil fue haciéndose  fuerte hasta iluminar todo el circo. Pablo, aquel adolescente que hizo tantas cosas por un regalo, frente a sus padres sentados en primera fila, lloraba de contento.

El dueño del circo en agradecimiento a la noble gente del pueblo que ayudó, averiguo dónde vivía cada uno para invitar a sus  familias a la primera función. Era una tradición del circo en cada escenario  que visitaba.

 

FIN.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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