DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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DEL ANECDOTARIO DE MI MADRE. BRUJOS

 

El jwáay chivo fue el más famoso de todos. Era tan grande su poder que hasta los adultos le tenían miedo.  Así era en mi pueblo en esos tiempos; poblado de seres fantásticos que tenían poderes y casi todos eran malos: jwaay pek, si su demonio era el perro; jwáay tsíimin, si caballo; jwáay mis, cuando gato, bueno llegué a escuchar historias de hasta jwáay k’ili, que era el que se transformaba en loro.

Y es que estos jwáayes o brujos  durante el día eran personas normales y hasta tímidos o timoratos que gozaban de la simpatía y confianza de sus vecinos, pues nadie sospechaba lo que eran en realidad. Según cuentan, al llegar la noche, se transformaban en seres malvados, monstruos enormes que deambulaban por el pueblo, buscando que mal hacer. Robaban bienes o mataban a todos los animales domésticos, hacían mal de ojo o traían enfermedades a las familias que tuvieran la desventura de estar entre sus objetivos, en el peor de los casos, si te los encontrabas de frente, pues ya sellabas tu destino y nunca jamás te volvían a ver tus parientes o conocidos, pues te llevaban con ellos al inframundo de donde nunca puede uno salir. Contrario de los Licántropos y vampiros que gustan de la luna llena, estos gustaban rondar en las calles cuando las noches eran por completo obscuras, y vaya que si las calles de mi pueblo lo eran, pues ya les dije que había una pequeña planta de luz que funcionaba hasta las doce de la noche, ¡precisamente hasta las doce de la noche! A la vez de que sólo había unos pálidos focos en el primer cuadro de la calle. Por eso estos demonios vivían encantados entre nosotros.

La cuestión es que llegó un tiempo en que el temor se generalizó y acentuó, especialmente entre las mujeres y los niños, debido a que ellas al quedarse solas con sus vástagos, mientras los esposos salían para matar el tiempo en el billar o en la casa de juego como le decían, ellas sentían que las observaban, pues muchas de las casas eran de paja y varias de ellas tenían paredes de bajareques que dejaban rendijas donde se podía ver para adentro, los perros ladraban más que de costumbre y para colmo en varias casas desaparecían de la cuerda donde estaban colgadas para secarse, la ropa, pero sólo las prendas femeninas, “que para hacer brujerías”, decían. Esto acrecentó la creencia de que el jwáay chivo había sentado sus reales en el poblado. Ya les dije que éste era el más temible de los jwáayes, pues al pobre chivo la naturaleza le dio unos ojos medio espeluznantes, una barba lujuriosa y le dio pezuñas iguales a las que le pintan al diablo.

Ante la queja de las mujeres, dos de los más jóvenes y osados esposos acordaron dar caza a este monstruo que ya traía de cabeza a todos los habitantes del poblado y porque a sus esposas también jóvenes y atractivas las había estado acechando según dijeron. En secreto, acordaron día y hora para ponerse a espiar y acabar con esta amenaza que venían cargando desde los tatarabuelos.

Aunque trataban de no demostrarlo, tenían los nervios de punta, cuando a las once de la noche se apostaron en el patio tras la albarrada y cubiertos por los matorrales frente a la casa de uno de ellos, previo aviso a la mujer de que dejara prendida la luz del quinqué y se recostara en la hamaca, como cebo para atraer al maligno ser; les sudaban las manos en la culata de la escopeta y batallaban para regular su respiración que fuera a delatarlos. Así de tensos los alcanzó las dos de la mañana; ya iban a desistir, cuando vieron pegado a la albarrada una sombra que se movía lentamente con la clara intención de acercarse a la casa con luz interior. ¡El terror hizo que unos de los jóvenes gritara lo que provocó que la sombra se irguiera y la vieran enorme, con una gran cabeza de pelos hirsutos! y entonces dispararon los dos dando en el blanco. Silencio de un solo minuto pero que les pareció eterno, bastaron para escuchar el lamento agonizante que les pareció un grito apagado que saliera desde el fondo de una gruta.

Los disparos atrajeron a los vecinos quienes con sus lámparas de pilas iluminaron aquél cuerpo por completo desnudo, sólo con una peluca para camuflarse quizá entre las sombras de las ramas, y con gran sorpresa reconocieron el cuerpo del sastre del pueblo, un individuo callado, serio, más bien bajito con entradas ya en las sienes canas y que nunca se había casado, quizá por su misma timidez. “Quién iba a creerlo” decía la gente “Que nuestro sastre que no rompía un plato, ni mataba una mosca, fuera el Wáay chivo”

Lo ataron de pies y manos en un madero y llevaron el cadáver hasta el atrio de la iglesia donde se arremolinó la gente muy temprano para conocer a quien los había aterrorizado durante generaciones. El sacerdote ordenó que lo llevaran al panteón de inmediato y lo sepultaran allá en el fondo, y roció con agua bendita (bastante) el sitio; hay quien dijo que escuchó como el agua silbaba como si hirviera y que se escucharon golpes en el agujero de la tumba.

Le fue bien al sastre, pues en lugar de haber pasado a la historia como un vulgar voyerista depravado, murió como uno de los brujos o Wáayes más poderoso de la mitología maya. Así son las cosas en mi pueblo.

Profr.Fco. J. Tejero Mendicuti.

Último día de mayo de 2019. Oxkutzcab, Yuc.

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