HÉROE(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

 

Sentados. Jacinto y su abuelo Saturnino platican amenamente bajo la fresca sombra del flamboyán. El adolescente traía una revista de historietas en las que dibujan a los superhéroes fortachones, altos, con poderes  y bien parecidos. Su abuelo se la arrebató de las manos y pidió escuchará con atención lo siguiente:

En las lunas de mi padre eran tiempos difíciles, se trabajaba de sol a sol para medio sobrevivir. Las familias muy numerosas se tenían que alimentar. ¡Ah! Pero qué alegría se sentía al volver a casa, aunque quemado por el sol, vacío el lek, y las manos ampolladas con olor a tierra… era volver al paraíso.

Los grandes Hacendados dueños de todo y de todos, solo deseaban hinchar sus bolsillos y la prosperidad de sus haciendas. Sus peones solo servían para sirvientes  nada más. Había patrones buenos y no tan buenos, el nuestro era de los segundos. Pero la necesidad no te deja oportunidad de elegir.

Las señora de la casa un pan de Dios. Yo vi, los desplantes ante el patrón cuando aquel quería saciar su coraje con uno de nosotros. La pobre dama terminaba en llanto siempre. Por esos años, llegaron de vacaciones los hijos adolescentes que estudiaban en la ciudad. Uno de ellos la niña Sofía, de cabellos dorados y embrollados  y de piel alba como las nubes.  Ella se contagió con la bondad de su madre.

Yo  y la niña Sofía crecimos como las rosas del  jardín. Por ella conocí las letras y la magia  que  un libro guarda. Cuando se ausentaba el patrón a la ciudad es cuando volábamos  como mariposas y saltábamos como ciervos por los montes. Las despedidas  las escenas tristes que no sé  olvidan,  pero los veranos: los días más soleados como el brillo de un arco iris.

¿Hay abuelito?…Y donde aparecen los superhéroes en tu cuento.

¡Condenado chamaco no interrumpa!, que viene lo mejor…

Cierta tarde regresaba el patrón de los sembradíos y nos encontró en el estanque de las tortugas. De un brinco dejó su caballo y se dirigió a ella, un jalón de brazo nos separó e hizo que trastabillara cayendo al suelo. Sin compasión la arrastró  un tramo del suelo, corrí hacia él, la solté de su mano y la abrace.

Encolerizada la mirada, sin reacción alguna más que de asentar un golpe, dirigió su látigo al cuerpo de ella. Por instinto me interpuse recibiendo tal castigo como animal salvaje que se busca domesticar. ¿Ves esta cicatriz en la frente?, es  recuerdo del  ayer.

Se corrió la noticia como viento rebelde que destruye todo a su paso, la gente  enardecida  se plantó  en la casa principal con machetes, antorchas, y miradas retadoras. Desde ese día cambiaron muchas cosas.

 

 

 

 

Las haciendas se fueron abandonando poco a poco, los plantíos de trabajo se secaban y los hombres como hojas en invierno que dejan sus ramas se esparcieron en algún espacio. No había un solo héroe, solamente un puñado de semillas de esperanza buscando donde echar raíces.

¿Entonces abuelo, los superhéroes se inventan?

No hijo. No hay superhéroes. El único poder del ser humano es: su palabra…

 

FIN.        

 

 

 

 

 

 

 

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