DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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DEL ANECDOTARIO DE MI MADRE. LIBERALES Y CONSERVADORES

Creo que así fue en todos los pueblos. La gente común, los campesinos, los pobres, durante la revolución, sólo entendían que se estaban peleando los liberales contra los conservadores, pero no sabían ni qué peleaban, porque a ellos les iba igual con cualquiera que entrara al poblado; si los conservadores, les requisaban sus herramientas para que no las fueran a usar como armas si se unían a los liberales y hacían leva con los jóvenes para engrosar las filas del ejército; si los liberales, les quitaban a sus animalitos, dizque para alimentar a la tropa como aportación al movimiento que los iba a liberar de la opresión y también hacían leva de jóvenes y viejos, para que pelearan por la libertad de su pueblo. Total, que si por ellos fuera, no se iban ni con Chana, ni con Juana.

Así era. Cualquier grupo que llegara, hacían un re borujo en el pueblo dejándolo patas pa’ arriba, como esos ventarrones que llegan con el verano y despeinan a los árboles y los techos de palma de las casas. Fueran del bando que fueren, entraban a las casas como si fueran de ellos. Los conservadores eran buenos para encontrar las poquísimas cosas de valor que tenían las familias, en especial a las que tenían los “tanichitos” donde compraba la gente; los liberales eran más democráticos, pues éstos arreaban con todo, de gallina para arriba.

Esto lo platico por una situación que vivió mi familia. En este tiempo que les digo, mi pueblo era pequeñito. El núcleo principal de habitantes ocupa un área de unas cuatro Hectáreas, cuatro manzanas, cuarteles les llamaban en ése entonces, con sus calles de a cien metros, algunas un poco más, otras un poco menos y luego, luego, comenzaba el monte. La serranía puuc cuando eso, era ya monte cerrado con pequeñas veredas bajo el dosel de las matas de chucum y otras especies que lo liberaban a uno de los ardientes rayos del sol de Yucatán. Ahora esos cerros ya son parte del poblado, lleno de vecinos y de pocos árboles. Digo lo del monte cerca del poblado, porque nunca entendí, la costumbre de los campesinos en esa época, que gustaban de hacer sus milpas lejos de la población, hasta cinco leguas o más monte adentro. Esto los obligaba a quedarse en sus parcelas o conucos como les llamaban, los cinco días de la semana. Regresaban al poblado sólo los fines de semana.

Mi madre me contaba que cuando regresaban mi abuelo y mis tíos, era cuando a las mujeres de la casa se les multiplicaba el trabajo. A ella, me dijo, la sacaron de la escuela cuando iba a cursar el tercer año de primaria, pues había fallecido su hermana mayor que era la que ayudaba a la abuela con esos trajines. Para comenzar, la ropa que llevaron tanto para caminar como para el trabajo, venía roja por esta tierra llamada ka’n cab que parecía tinta agarrada a la tela; había que hervirla con jabón y lejía, después a talle y talle en la batea hasta que lograban quitarla, secar y planchar. Tenían que “jalar” agua del pozo, para que se bañaran, desgranar maíz para poner nixtamal y molerlo en la casa si ya era tarde y ya no trabajaba el molino del pueblo, después hacer tortillas mientras la comida se ponía al punto. Si trajeron elotes, pues tenían que acomodarlos en la “troje” que estaba a un lado de la cocina.

Total: cuando el abuelo y los tíos estaban en la casa, mi abuela y mi madre eran las primeras en levantarse en la madrugada y las últimas en acostarse. El domingo tenían que preparar el “bastimento” que se llevaban para los cinco días que duraban en la milpa: pozole, pimes, frijoles molidos, en fin. Por eso nunca comprendí porque no sembraban cerca del pueblo con tanto monte.

El caso es que cada que se iban, mi abuelo le decía a mi abuela: “Ángela, si alguna noche escuchas relajo y balazos en la plaza o en la calle, agarras a los niños (mi madre y un tío pequeño) y te metes en la cueva que está cerca del pozo. Se acomodan en un rincón y apagas la vela y nada de hablar, aunque les estén hablando”. Esta recomendación era por esos benditos conservadores y liberales.

Pues en una de esas noches sucedió. Como a las diez u once de la noche, comenzó una escandalera y disparos de escopeta, no sólo en la plaza, sino por todos lados se escuchaba como un tirar de trastes y el sordo ¡pumm! De las escopetas. Rápidamente mi abuela despertó a mi madre y a mi tío, agarró una cobija y se fueron a la cueva alumbrados por la luna que esa noche era llena. Llegando a un recoveco, acomodó a los niños y apagó la vela y les ordenó, porque mi abuela ordenaba, que no hicieran ningún ruido. Así pasaron la noche, hasta que muy temprano escuchó que la vecina que acostumbraba saludarla por las mañanas le llamaba: “¡Ángela!, ¡Ángela!”, todavía con desconfianza salió y la vecina le preguntó azorada que era lo que hacía en la cueva con los niños. Ella le dijo que ahí pasaron la noche y le preguntó todavía con el susto en los ojos, que si estaba bien y que si no había escuchado el relajo y los balazos que aventaban quién sabe si liberales o conservadores. Con sonora carcajada la vecina le contesto: “¡Ay Ángela! anoche hubo eclipse por eso la gente hizo ruido y disparos en el aire.

Ángela fue mi abuela y nunca quiso ni a conservadores ni a liberales… y a partir de esa noche ¡ni a los eclipses!

Profr. Fco.J. Tejero Mendicuti.

Oxkutzcab, Yuc. Mayo de 2019

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