EL DISFRAZ(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

 

La concurrencia no dejaba de aplaudir entusiasmada. Se levantó el telón por segunda ocasión para presentar a cada uno de los protagonistas de la obra.

—Y representando a Cleopatra— anunciaba el maestro de ceremonia—, una gran revelación…

En las docenas de rostros que admiraban el fino y delgado cuerpo,  una exclamación de sorpresa dejó escapar la concurrencia cuando la protagonista se despojó del antifaz y la peluca de rizos dorados para revelar un varonil rostro. Haciendo reverencia, el  personaje disfrazado como tal sonrío angustiado y buscaba  rostros familiares.

Una cara hosca se detuvo  frente a él. Era su padre que con los ojos desorbitados lo miraba lleno de asombro. El entorno ardía por lo que el director de escena tomó el micrófono y  pidió calma. Logró su propósito cuando todos permanecieron  sentados.

–¡Estimado público!—suplicante asentó su amigo–. Permítanme contarle lo siguiente…

“Aquella persona que haría el papel de Cleopatra se enfermó a un día del estreno. No había sustituto. Luis, como guionista del grupo  sabía las líneas completas y en apoyo a sus compañeros interpreto a tal…”

–¿Algo importante deben escuchar? — agregó el director –. Sobre todo usted señor — con el dedo índice señaló  al padre de Luis.

–¿No sé cuántas veces lo ha contado?—argumentó Luis–.  “Cabía en la palma de mi mano”.  Decía presuntuoso mi padre  con todo aquel que se cruzará.

Desde cualquier trinchera deportiva, sus gritos  en vez de motivarme…me dejaban incómodo. Me sentía una marioneta, cuyos hilos  manejaba a una existencia infeliz. Si bien, los deportes escogidos por papá eran solo para varones, descubrí un arte que lleno mi vacío.

A escondidas, todas las tardes sentado en primera fila me gustaba observar los ensayos teatrales en el Centro Comunitario de la Ciudad. Las distintas caretas del rostro, los bosquejos que las manos dibujan, las palabras, todo el arte  me hacía sentir vivo.

Una tarde cualquiera. Absorto en el último ensayo que presenciaba, una mano se apoyó en mi hombro. De  piel fina, cabello despeinado, grandes anteojos  y  con una sonrisa fresca  se dirigió a mí.

–¿Hola? — ¿Te he visto muchas tardes por aquí? –. De sutil manera me interrogo. Se presentó como Alberto, estudiante de actuación y director de la obra en escena.

–La primera vez que te observe me daba risa como seguías con las manos los ensayos  de principio a fin.

Me invito a unirme a ellos. Necesitaban con urgencia un guionista, el anterior se accidentó  y la puesta en escena se aproximaba.

Por primera vez escuché algo positivo De valor, viniendo de un  desconocido hasta entonces. “¿Perfecto?”—le  respondí, dándole  un fuerte abrazo. Soñaba despierto en el proyecto y en esos pensamientos se asociaba aquel abrazo a Alberto. Participábamos demasiado tiempo junto, ya sea en su departamento o en el teatro. Me gustaba  reírme de sus ocurrencias. Admiraba  las cosas que hace y su loción olor a madera que se impregnaba en mi piel en cada roce. Ciertas hormonas me dejaban libido.

El teatro me absorbió. A mis 25 años no anduve con muchas chicas. La única novia o eso creí, me dejó una decepción amorosa que me llevo a la depresión. Volví a salir con amigos, pero cuando alguna chica se nos unía pretextaba cualquier cosa y me retiraba para estar solo. Así fueron muchas ocasiones.

Fue en aquella fiesta de las 50 representaciones donde encontré una duda. Tanto alcohol dentro y quien sabe que tantas cosas más me mantenía excitadísimo. Me desinhibió, me dieron valor equivocadamente creo,   para aceptar tal perplejidad. A tal grado que en el relajo, bailaba con Alberto y en un giro rozaron los labios. Me gusto…

Tratando de recuperar el alma, ante el espejo del baño  no era yo quien se veía. No era mi aliento, ni mis lágrimas. Quizás era la vida que iba dejando pasar, de no encontrarla plena y de  guardar siempre las apariencias.  Como un avestruz  enterrada la cabeza de vergüenza en la oscuridad.

–¡Pero cual vergüenza! – grité al viento.

De un golpe rompí el espejo. Con los nudillos ensangrentados descubrí que mi  sangre no era diferente a los demás, que mis lágrimas duelen  y que mi mirada puede ser diferente pero jamás  débil.

Desde entonces cuando miró la cicatriz de mis nudillos, veo cómo  cambia la piel, rejuvenece. Así mi vida. Porque me acepte sin prejuicios y sin mentiras.

— Alberto, sabe de qué  hablo y me apoya en todo…

 

 

FIN.

JOSE  GARCIA.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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