DESDE OXCUTZCAB DE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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LA MILPA

 

Decidió retirarse temprano de su milpa, pues no se sentía bien. Recogió su machete y su coa, cargó su calabazo todavía con agua y se encaminó hacía la salida. Cuando acomodaba los palos para tapar el portillo levantó la vista para recoger la imagen desolada de su sembradío y llevársela por el camino para irla rumiando.

Ya estaban a finales de abril y la última lluvia cayó a finales de febrero; no fue lluvia, fue un aguacero de esos que vienen acompañados de un fuerte viento que se lleva a rastras al agua, atropellando los endebles cañutos de las plantas de maíz y haciendo un enredadero con las guías de la calabaza y la sandía, dejando a la milpa como los cabellos largos de los niños que se acaban de despertar. Desde eso, ni una gota de agua, de manera que el pobre maizal, las sandías y las calabazas viven por el milagro de la neblina que cubre el monte por las madrugadas y que tienen que apresurarse a absorber antes de que salga el sol y la espante a manotazos de calor. Esta sequía como un cobertor ardiente, impide que las plantas puedan ir para arriba obligándolas a achaparrarse acercándolas más al comal del suelo y rematándolas con una serie de remolinos de polvo que se adhieren a las hojas para sofocarlas aún más.

“Un mes sin llover aquí en Yucatán, ya es una sequía terrible, por el suelo calizo”  piensa, mientras  emprende el camino de regreso a su casa, inclinado al igual que su maizal, a causa de esos ingratos rayos del sol de mediodía que parece una pesa que le amarran a uno en el pescuezo o porque uno quiere resguardarse en su propia sombra sin darse cuenta. El polvo del camino que levanta su xanab k’ éewel (Huarache hecho con hule de llanta y soga) se le pega en los pies como una segunda piel, que él siente ardiente y seca, es talco de cal que  agrieta dedos y calcañar. Avanza empujando sus recuerdos, hasta que se topa con la imagen de su mujer, su compañera de toda la vida. Se enamoraron cuando tenían veinte años y cuando cumplieron veintiuno, ella se salió de su casa y se fue a vivir con él, pues sus papás se oponían a las pretensiones de la pareja, “es más pobre que San Francisco de Asís” le decía su madre, “pero también es un santo, refutaba ella”. Total que el amor pudo más y se fue.

Es muy difícil describir la vida amorosa de los mayas, de los mayas mestizos, del maya yucateco, más si es maya – hablante. Cierto que es un lenguaje rítmico, cadencioso, pero, de manera aislada, las palabras son fuertes, como puños redondos sin aristas; magnífico para describir el tránsito de Venus en su ciclo premonitorio por el cielo o para reproducir el murmullo silencioso de las oscuras grutas, o para invocar a los dioses del inframundo, pero, para decir: “te quiero” (Yaakunaj tech) se escucha, no como suave viento que apenas juega con el cabello de la mujer amada, sino como grito del gavilán que anuncia el final del día. Y más difícil aún, con esta generación que nació en una revolución y creció siendo testigo de una guerra cristera y dos guerras mundiales, siendo parte  del dolor de parto en el nacimiento de una nueva nación y un nuevo orden  social, cultural y económico del mundo. Generación dónde aquél que tuvo la fortuna de que sus padres hayan sido hacendados o comerciantes prometiéndoles un futuro asegurado al crecer y educarse en las mejores escuelas de algún país extranjero preparándose para tomar la rienda de este país que nacía a campo abierto. Pero, si naciste hijo de campesino pobre, que vivía al día con la deuda eterna en la tienda de la esquina, entonces tenías también tu destino marcado: la de luchar con todas tus fuerzas para liberarte de la tutela de la pobreza y la mediocridad que aún en tiempos actuales permea a una gran parte de la sociedad.

Pocos lo logran. La mayoría sucumbe ante la impotencia que genera la carencia de lo indispensable y que lo lleva de manera irremediable a la apatía, a la desconfianza y al rencor ancestral que demuestra todavía gran parte de los yucatecos, más aquellos que vivían como peones en la haciendas henequeneras que colapsaron por causa de oscuros intereses de los gobiernos y de las fibras sintéticas que reemplazaron a nuestra materia prima. Durante la segunda guerra mundial el henequén fue el oro verde de los ricos y un paliativo para los campesinos que se empleaban como peones en estas factorías. Una vez desaparecida esta industria, esos peones quedaron huérfanos, bajo la tutela del gobierno que los mantiene (aún en nuestros días) con pequeños subsidios a los que se acostumbró a sobrevivir. Esto, como a las milpas de temporal, les reseca el carácter y los vuelve oscos, con el semblante siempre de pocos amigos que los aísla y encamina, en mucho de los casos, al aguardiente.

Repasó mientras caminaba pesadamente, que él fue de los individuos que por más que se esforzaran trabajando de sol a sol, nunca había podido salir de la pobreza; y lo que más lamentaba es haber arrastrado a su compañera a este destino; a sus hijos por no tener la solvencia de darles la oportunidad de estudiar, condenándolos a la milpa, como fue condenado él, por su padre; y esa resequedad de carácter no permitió una comunicación con sus vástagos, tal y como había sucedido con su pareja, donde las palabras de amor o ternura, sólo se dijeron en el primer año de casados, después fue un amor tácito que se decía sólo con monosílabos, miradas, o la rutina a la que se sometieron de ahí en adelante.

El hijo mayor, de 18 años, un día salió de la casa para no volver. Al año siguiente el de dieciséis años, siguió los pasos de su hermano. Hace treinta  años que se fueron. Ni una visita, ni una carta, nada, sólo ausencia que la madre llora en silencio, en la gris obscuridad de sus insomnios.

Se quitó una gota de los ojos que sintió que le quemaba; no supo si era sudor o una lágrima, “es sudor, lágrimas hace muchos años que se me acabaron” pensó. Notó que su sombra caminaba delante de él y dedujo que ya era más de medio día. Se le hizo que ya había tardado mucho en recorrer las dos leguas que distaba entre la milpa y su casa, pues todavía en la mañana, y a pesar de sus setenta años, se sentía ágil y no se le hacía pesada esa distancia que recorría desde que era niño.         Vio su mano huesuda y seca, cuadriculada por los surcos de esos setenta años que llevaba cargando; tocó su cara y la sintió igual, “tengo calentura” dijo como no queriendo darse cuenta que, en estas dos leguas de regreso, lo alcanzó la vejez que no había querido ver. Fue cuando llegó al ka’ anal  je’ elel, unas piedras bajo una sombra donde los caminantes se sientan a descansar un momento y se quedó dormido. Cuando emprendió la marcha fue cuando vio su sombra.

─ Ya llegué ─ dijo asentando sus herramientas y su calabazo en la puerta de la casita de paja.

─ Viniste temprano hoy ─ dijo su mujer.

─ Es que no me siento bien.

─ Tienes calentura ─ le advirtió tras tocarle la frente ─ acuéstate mientras te preparo una bebida, voy a mojar una toalla para que te la pongas en la frente ─ dijo mientras colgaba la hamaca para que se acostara.

Mientras hervía el agua para poner el Té de manzanilla, remojo una toalla, se la puso en la frente y fue a cortar unas hojas tiernas del naranjo para ponerlas en agua al sol para que se bañara. Preparó un poco de sopa y atole para darle por si pedía comer algo; terminó de lavar una ropa que tenía remojando en la batea, mientras se enfriaba un poco el té que ya había preparado. En una taza de peltre, lo coló, le puso un poco de azúcar y se lo llevó para que bebiera así caliente para que sudara la calentura…

Lo lloró en silencio, íntimamente, calladamente como había transcurrido su vida amorosa a su lado. Le tomó la mano y acarició la frente “sólo te reprocho que me dejas sola, completamente sola” le murmuró al oído. Le acomodó el pelo que se le había pegado en la frente y se levantó para ir a avisarle a su vecina. La solidaridad de los vecinos le ayudó con todos los trámites que tienen que pasar los muertos, y los rezos mientras lo velaban, junto con ese aroma dulzón y pegajoso que despiden las velas y las flores que son para los muertos, la mantuvieron como hipnotizada, un sueño del cual despertó después del tercer día, cuando su vecina le dijo: ─ tiene que comer, sino, se va a enfermar.

Hoy, muy temprano, no es Pedro quien se pierde entre la neblina de la madrugada, es Magdalena quien se difumina lentamente en las dos leguas que separan su casa de la milpa.

Profr. Fco. J Tejero Mendicuti.

Oxkutzcab, Yuc. Mayo de 2019.

 

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