LO QUE EL CORAZÓN ME DICTA(POR: RITA ELENA VÁZQUEZ PEÑA)

R-3

Mi madre: Bello ejemplo

 

Con dulzura, Rosita acariciaba el abultado vientre de su madre, Julia, quien ya estaba en el octavo mes de embarazo. En su inocencia, la niña creía ver  bajo la tela del vestido el rostro de su hermanito –  porque estaba segura que sería varón-   pues deseaba tener en vivo y a todo color,  aquel  nenuco que veía en la televisión y que santa clos nunca pudo traerle.

 

La prominente barriga de Julia no era obstáculo para que se levantara muy temprano, a veces antes que saliera el sol, a empezar las labores del hogar. El bebé que esperaba sería el quinto y estaba muy ilusionada, como lo había estado en todas las veces anteriores. Ágil como siempre, iba al molino llevando en su cabeza la palangana de maíz que previamente había cocido y lavado. Regresaba con tortillas calientitas para comer aquel frijol con huevo y chaya aderezado con chile seco y naranja agria. Las risas de sus hijos y su esposo eran el mejor premio a todo su esfuerzo.

 

La ropa sucia  de los niños  formaba montañas que servían de barricadas para  los juegos infantiles y era muy común que en las tardes Julia se plantara ante su batea a tallar las huellas de las travesuras de sus hijos. Con la espalda quebrada, aún tenía energía para regar las matas de limón y naranja,  revisar tareas, hacer la cena, en fin todos los quehaceres “normales” de  una  ama de casa.

 

Rosita siempre admiró lo incansable que era su mamá, porque cuando ella despertaba, Julia  ya estaba de pie y cuando el sueño la vencía luego de un arduo día de travesuras, su madre seguía trabajando en las labores del hogar y alcanzaba  reposar ya pasada la media noche.

 

-Cuando sea grande, quiero ser como  mamá- le decía Rosita a su hermano mayor.

– Mamá es bella, inteligente y muy trabajadora- le respondía el otro…  ¡A ti te falta mucho para parecerte a mamá! – le decía en tono de burla aquel también chiquillo.

 

El amor  y admiración hacia su madre fue acrecentándose conforme transcurrían los años  y Rosita siempre procuró recompensarle a Julia  tantos sacrificios. Junto con su padre, trabajó a brazo  partido para brindarle a Julia algunas comodidades en el hogar y así la vida transcurría feliz para la familia.

 

Dios es tan grande y poderoso que Rosita hoy por  hoy está haciendo el intento de ser un poco como su mamá, quien ya está en los brazos de Dios. El ser madre, le hace comprender que los sacrificios no lo son si se hacen con amor hacia los hijos. Que duele  y se le  parte el corazón cuando alguno de los niños se enferma y que daría la vida por alguno de ellos. Que ya siente en carne propia aquel punzante dolor cuando alguno de los hijos es ingrato o le mal contesta. En fin, tantas cosas que Rosita, en su camino como madre se ha encontrado y descubrirá.

 

Dios bendiga a todas las madres del mundo, que la Santísima Virgen María sea nuestro mejor ejemplo y que su luz nos oriente para ser mejores cada día y hacer que nuestros hijos se sientan orgullosos de nosotras.

 

¡Feliz día de la madre!

 

 

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