DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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ETERNIDAD EN DOS SEGUNDOS.

 

Tuvo dos segundos a pesar de todo. En el primero, vio cómo se desprendía la vida en una espiral ingrávida de su destrozado cuerpo, como si se lo llevara la brisa suave de la mañana. En el segundo, buscó desesperadamente el cuerpo de su amada, para tener la seguridad de que se irían juntos a la eternidad, pero su cerebro ya no pudo dar la orden de movimiento a los músculos de su cuello, ni de sus ojos, y murió con la tremenda amargura de la duda.

Fue, con certeza, de esas personas que nacen con el estigma del amor. De esos a quienes cupido, por travesura o descuido, lo señala de forma profética con su afilada saeta, sin tomar en cuenta si la víctima es irremediablemente romántico, trastocándoles la vida para siempre, en los avatares tormentosos de los sentimientos. Estos seres son los que viven zarandeados por los sufrimientos del corazón, o se les desvela un mundo de belleza desbordante y los convierte en poetas o escritores de historias de amores procelosos o de romances calmos, color de rosa.

Esta pequeña historia refiere a uno de la primera categoría. Vivía en la misma calle que ella, de manera que se conocieron desde pequeños y la relación era casi constante debido a que acostumbraba ir a la casa de ella a jugar con los hermanos. Al principio, todo era normal, hasta que a golpes de primavera, tallaron en ella un cuerpo rebosante de virtudes físicas, floreciendo con la frescura propia de las adolescentes; en él, se talló la desventura de ser recipiente de esos cambios, afectándole, incluso, hasta el aroma de las feromonas que para otros pasaba inadvertido, revolviéndole los sentidos y los sentimientos. Entonces se dio cuenta de que estaba enamorado.

Así fueron creciendo los siguientes cuatro años, ella embarneciendo y comenzando a tener las fantasías propias de las mozas, y él, macerándose en su amor secreto. Procuraba estar siempre cerca de ella y aprovechaba cualquier momento para visitar la casa de sus desvelos con el pretexto de platicar con los hermanos. Ella pensaba que buscaba acompañarla siempre para protegerla como un hermano, pues siempre la esperaba a la salida de la escuela, y él, cargando la penitencia de no haberle hablado de sus sentimientos, por el temor de ser rechazado y provocar que ya no lo aceptara ni como amigo.

El colapso de sus angustias vino con el curso escolar después de la secundaria, pues como era costumbre, a ella sus padres la pusieron a estudiar en una academia, mientras que él, tuvo que ponerse a trabajar para ayudar con los gastos en su familia, pues la pobreza era otro de los impedimentos para declararle su amor. Ante estos vericuetos que sus vidas habían tomado y no soportando más la incertidumbre de su sino amoroso, pasando las noches en vela naufragando en la soledad de sus angustias, decidió declararle sin ambages sus sentimientos.

La esperó toda la mañana en el resquicio de una esquina, hasta el medio día en que terminaban las clases. La abordó invitándola a tomar un refresco que ella aceptó, sin sospechar de la tormenta sentimental que él llevaba en el corazón. Y le dijo. Desbocó sus sentimientos por caminos pletóricos de palabras bellas, saltó los barrancos de sus temores, se arrastró por vericuetos tortuosos de sus dudas y desveló su alma ante la mujer que le quitaba el aliento ante cada ausencia.

Azorada ella, no acertó interrumpirlo, hasta que quedó en silencio, libre de la ansiedad amarga cultivada por el amor secreto y que terminó en forma de dos lágrimas en sus ojos que le lavaron el corazón.

Vacilante ella, lo rechazó. Le dijo que no imaginaba despertar en él tal sentimiento, pues más que como amigo lo miraba como un hermano y se le hacía difícil mirarlo de otra forma. Le dijo que no. Se levantó parsimoniosamente y se fue caminando sin voltear siquiera, mientras él, petrificado, como si una tempestad hubiera arrasado con sus sentidos, quedó pasmado en una melancolía espesa y perturbadora que quitó los colores a su entorno, y los ruidos cotidianos de la calle le llegaban como un murmullo inentendible y lejano, como esos truenos que se siguen escuchando cuando ya la tormenta terminó y las nubes van dando brincos por encima de la pequeña serranía allá lejos en el Sur.

Estuvo mucho tiempo sentado sin alma en el cuerpo, sólo órganos, piel y huesos. En ese estado, y haciendo un esfuerzo tremendo, se dirigió a su casa, ya cuando el sol pintaba sus últimas pinceladas a las nubes errantes en el cielo pardo. Pasó la noche en vela, aclarando su situación, cosiendo sus sentimientos, armando el rompecabezas de su corazón con las piezas que su amada dispersó por todos los puntos cardinales de la desilusión. Cuando sintió que su entorno de nuevo se aclaraba, tomó una decisión.

El día había amanecido en sábado, y sabía que era el día en que su amada lavaba ropa en la batea bajo el naranjo, que para esos días estaba en flor. La vería por última vez, le diría que se iría de viaje y venía a despedirse. Se vistió con calma, desayunó y dijo a su padre que hoy no iría al trabajo al igual que ayer, por un asunto pendiente. El padre le reclamó, pues ya se habían retrasado en la excavación del pozo que laboraban.

A media mañana se dirigió en busca de su destino; tal y como lo había previsto, ella lavaba bajo la sombra del frondoso naranjo. Abrió la rejita y se dirigió hacia ella y sin mediar palabra, con los ojos empañados por las lágrimas, la abrazó. Fue un abrazo fuerte como soldadura metálica, buscando quizá, fundir en ella el alma suya. Ella se asustó a la vez que sintió la punzada de una quemadura como de carbón ardiente. Ante sus gritos, salieron sus padres a ver lo que sucedía e intentaron correr para liberarla de tal abrazo, y entonces todo acabó…

Él se había atado dos cartuchos de dinamita a la cintura, y había encendido la mecha cuando traspuso la reja. Ella falleció de manera instantánea. Él sobrevivió dos segundos, dos segundos que se le hicieron los más largos de su vida.

Fco. J. Tejero Mendicuti. Abril del 2019 en Oxkutzcab, Yuc.

P D: Este cuento está basado en un hecho real sucedido aquí en mi pueblo. No utilicé nombres, por respeto a la memoria y los familiares vivos.

 

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