LAS MARÍAS(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

 

María Rebeca y María Rosario dos hermanas gemelas de 26 años que en menos de un año ya eran viudas. Se habían desposado con los también gemelos Puc, hijos de Don Satur, ganadero de media y dueño de la única botica del pueblo. Se dice que los gemelos eran menores que ellas y por andar en la edad de la calentura sucumbieron a sus encantos.

Don Satur viejo lobo de mar, no reconoció ambas unión y dejó desheredados a sus vástagos antes del enlace. Cuando sucedió la tragedia con más razón dudo de ellas. Pero nada pudo hacer cuando a sus manos llegó el acta de defunción de ambos. Sufrieron el mismo fin: un  paro cardiaco.

Las mellizo tuvieron que abandonar la quinta donde vivían con los difuntos por orden del ex suegro y se rejuntaron con su hermana María Renata la mayor, qué a la muerte de sus padres se hizo cargo de la pequeña quinta de árboles frutales y animalitos de patio.

Renata es callada, le gusta bailar en las fiestas del pueblo y no se le conoce novio o pretendiente alguno. Cierta tarde las  hermanas  la vieron salir bien vestida y sin despedirse. Olvido sus gafas (es miope a más no poder). Tomó  el autobús que va a la ciudad.

Las gemelas volvieron a su vida de antes. Se juntaron en el kiosco del pueblo con las pocas solteronas que quedaban activas y uno que otro varón  que no emigró a Gringolandia. Por entonces había llegado a la comunidad una docena de trabajadores  foráneos que estaban ampliando los postes de luz.

En la ciudad preguntando llegó al sitio de la cita. Un restaurant familiar de pocas mesas, al menos bien ventilado y que olía rico. Andaba ya pasado el medio día, pidió una miche -lada con harta botana, se había atrasado la hora de la comida. Supo de la persona que esperaba por una revista cuya sección “los corazones solitarios”  unía personas.

La falta de sus lentes le hacía fruncir las cejas mostrando cara de pocos amigos. Aunque no había mucha gente en el lugar, buscaba con la poca luz que generaba el denuedo de las niñas de sus ojos, a aquella persona vestida de saco azul y una rosa en la mano…así  sería el encuentro en la última carta recibida.

Los coqueteos de Rebeca había atraído la atención de uno de los trabajadores que hacía una zanja en la plaza. Su falda larga antes del tobillo muy ceñido, dejaba ver una silueta fuerte y torneada  que hacía juego con su blusa floreada de elástico enseñando sus  hombros color canela. Sonrieron, se juntaron y se sentaron en unos confidentes alejados de los amigos de ella.

¿En este pueblo no pasa nada?, cuestionaba el visitante mirando con desánimo el entorno. Le pinto castillos de algodón hasta convencerla de irse con él.  Endulzó sus oídos aquella promesa. Acordaron reunirse al día siguiente antes que se vaya la luna.

La más bella de las tres era, Renata. Nunca se supo que tuvo dos amantes en su vida y que  le gustaba ser libre, sin problemas. Bastantes ejemplos tuvo de sus padres. Le gustaba confesarse en silencio y buscar la absolución de sus errores, al final todos partimos un día…se decía. Abrupta en sus recuerdos cuando la interrumpió una voz sin sonoridad.

Aquel boceto de ser que vestía saco azul y en su mano una rosa de ornato, resultó ser un personaje impensado de aquellos que cuidan las llaves de los castillos antiguos, un ser muy vejestorio para ella. Sin dejarle hablar y seguir escuchando  su destemplada voz, solicito la cuenta y apresuro sus pasos a la salida.

En el autobús de regreso se sentó junto a Vicente, el encargado de la botica del pueblo que traía unas copas de más. Antes de las siete de la noche.

Rosario terminaba sus quehaceres de la granja cuando vio venir del monte a Rebeca con una sonrisa de oreja a oreja. Su mirada de un brillo fascinante la volvió invisible al pasar cerca de ella. Directito se fue a recostar.

¿Qué camino tan malo? retardo el regreso; decía mientras  se sacudía de sus hombros y cabello retazos de yerbas. Una sonrisa picaresca le acompañaba. Le había insistido tanto Vicente en el trayecto tomarse dos como la gente, que le dio hasta las cinco de la mañana decidirse. Se detuvo junto a un árbol de  huaya cuando vio salir con un sabucán grande a Rebeca de la casa.

Petrificada quedó aquella melliza frente a la hermana mayor. Un silencio efímero difumino toda sorpresa. Rebeca confesó sus planes y la decisión tomada. Había dejado una carta amplía de palabras para ellas. Con lágrimas y un rostro desesperado le dio un abrazo a Renata de despedida al momento que un chiflido tras el muro de la casa le apresuro.

“Cuanta verdad decían sus padres: un día cada quien abrirá  sus alas y  hará su propio nido”… rememoró.

La mañana será muy calurosa, la neblina secaba su lágrima en la mejilla.  Seguro, así será.  Consagró con sus dedos su adiós.

Entró a la casa y se dirigió al cuarto de Rosario para abrazarla. Cuando sintió su presencia, le dijo tiernamente que  no le abandonaría nunca…

Renata, solo sonrió y  miró el cielo.

 

FIN.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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