DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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UNA PEQUEÑA HISTORIA COTIDIANA.

 

Gumersindo se despertó muy motivado. Desde mucho antes de que el sol se asomara por encima de los cerros, ya tenía los ojos bien abiertos, bajó los pies de la hamaca y tratando de no hacer ruido, pasó por debajo de la de su esposa donde dormía con su pequeño hijo.

Se dirigió a la chocita de huano y bajareque que servía de cocina y avivó los rescoldos del fogón, puso agua para prepararse un café, pues tenía prisa para comenzar con esa nueva vida que comenzó a planear desde el día de ayer. Llevaba una vida llena de limitaciones, pues pobreza era lo único que había heredado de su padre y lo peor, es que había arrastrado con él a su esposa y a su vÁstago.

La falta de oportunidades lo había reducido a ser un simple desyerbador sin futuro tal como había sido su abuelo y su padre, quienes pasaron sus últimos años encorvados debido a ese trabajo castigado por el sol y por la posición en que se realiza, haciendo que al término de la jornada, fuera un martirio acomodar las vértebras de la columna. Recordaba que a su abuelo al morir, fue acomodado en su ataúd de canto, pues fue imposible enderezarlo para acostarlo como Dios manda.

Esta situación frustrante lo hacía recurrir muy seguido a la cantina, pues los vapores del alcohol le hacían olvidar por un rato su desgracia, aunque los que sufrían las consecuencias eran su compañera y su pequeño hijo. Precisamente, una fuerte enfermedad de su hijo que lo tuvo al borde de la muerte, lo hizo recapacitar. Una vez salvado el pequeño, juró firmemente dar un giro a su vida.

Su compadre, le había dicho alguna vez que comprara un triciclo para trabajar como transporte tanto de objetos como de personas, como hacía él, asegurándole que le iría mejor si trabajaba con dedicación.  Le había propuesto ser el aval para que sacara  vehículo fiado, ahí donde piden abonos chiquitos. Le tomó la palabra al compadre y anoche durmió junto a un triciclo amarillo reluciente.

Al terminar su café, su mujer ya se había levantado y lo despidió, no de beso, porque el yucateco pobre, nunca manifiesta sus sentimientos de esa forma, sino con la ilusión en su rostro de que los esperaba una nueva vida.

Gumersindo no descansaba, de suerte que para las doce del mediodía llevaba ganado lo que le costaba ganar en cinco días en su trabajo anterior. Todo alegría, llevó el dinero a su mujer, comió un taco y regresó al trabajo. Para las cinco de la tarde, se sentía satisfecho encontrándose a su compadre a quien comentó lo bien que le había ido y le agradeció la ayuda, pero su compadre le dijo que había que celebrarlo con un trago y él no podía negarse, de manera que se dirigieron a una cantina cercana y de un trago pasaron a dos, de dos a tres, así, hasta que se hizo noche.

Más de pronto, tras los velos del alcohol, Gumersindo vio a su hijo y a su mujer y sin despedirse de su compadre, montó su triciclo y salió a toda prisa sin fijarse del camión refresquero que siempre andan “hechos la mocha”…

Hoy, la mujer de Gumersindo lava ropa ajena y a veces desyerba las orillas de las casas, pues no ha terminado de pagar el triciclo en abonos chiquitos.

Oxkutzcab, Yuc. Primavera del 17.

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