DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

 

logo oxkutzcab

Un cuento largo

 

Cuando niño fui muy miedoso, mi mundo onírico estaba poblado de espantos, Aluxes, Way chivos, X- tabayes, lloronas y toda clase de muertos vivientes que deambulaban en el panteón del pueblo.

Y es que el pueblo se prestaba para ello. Como dijo un poeta de Izamal: “Mi polvoso pueblo solitario donde el arco voltaico es un milagro que no revela el siglo todavía”; no era tan grande, pues nos conocíamos todos, y, lo del arco voltaico, pues sí teníamos, la electricidad era proporcionada por una planta particular, la de Don Abelardo, y cubría tres calles a la redonda del centro del pueblo y para las casas de la gente acomodada. Dije teníamos, porque toda la chiquillada se concentraba en las esquinas donde colgaba un foco y ahí desarrollábamos los juegos más diversos sin distingos de razas, posición social o color de piel (ricos y pobres estábamos prietos por tanto sol que nos regalaba la libertad de jugar al aire libre).

Cabe aclarar, que al cuarto para las doce de la media noche, se avisaba con tres apagones breves que se acababa la luz; si no había luna, todo el pueblo quedaba envuelto en una oscuridad pura, total; bueno en la parte del centro, porque el resto de la población siempre estaban en la oscuridad, rota solamente por las linternas de pilas que casi todas las casas tenían, las velas, quinqués o unas latas con una mecha empapada de petróleo llamadas tsu’. Siempre tuve miedo a la oscuridad.

También el miedo era porque en ese tiempo, los adultos, más los mayores, tenían la costumbre de formar corrillos en el parque o en alguna esquina para contar sus aventuras donde tenían que ver estos seres de otro mundo. O cuando nuestra madre salía a la puerta por las noches de luna y las vecinas venían a platicar cosas de espanto y nosotros untados al hipil de la mamá o entre los pies del hermano o de quien estuviera cerca. Todo esto alborotaba la imaginación y cuando te acostabas y se apagaba la vela o el quinqué, te quedabas en la canoa de tu hamaca completamente quieto para que los espantos no te encontraran y escuchabas sólo el ras-ras de los ratones que teníamos en casa.

Nuestra casa infantil se encontraba a 50 metros del parque, la iglesia y palacio municipal, es decir del centro. Era una casa con techo de palma y pared de palos cubiertos con lodo y zacate llamado pak’ lú um, con sus dos clásicas puertas: una para la calle que casi siempre tenía llave y otra que daba al patio. Por el lado de la calle tenía un pequeño alero formado por la albarrada donde crecía un zacate muy bonito y era nuestro espacio para las maromas o pescar grillos. A un costado de la casa teníamos una reja de madera que se trancaba por dentro y era la que usábamos para salir y entrar a nuestro hogar.

Todo muy bonito, pero, al frente nos quedaba la ruina del convento franciscano de cuando se fundó el pueblo. De este sólo quedaban las paredes con una altura de hasta ocho metros y el patio abarcaba una cuadra entera. Todo era una selva y ésta se desbordaba sobre nuestra calle, dejando los arbustos, la yerba y el zacate el espacio suficiente para el tránsito de la gente y de las carretas que llevaban mercancía o agua. Aclaro que en esa calle 51 sólo vivíamos nosotros.

Con la siguiente anécdota reafirmo mis miedos: En el pueblo existían dos salas de cine que proyectaban sus películas los jueves, sábados y domingos. Ante la falta de dinero, la palomilla habíamos encontrado la forma de colarnos de manera gratuita; en una de las salas había un escenario de madera donde se presentaban obras de teatro, detrás, la pantalla. A un costado estaba un pasillo de madera por donde circulaban los actores y el apuntador y daba hasta el patio donde se encontraba la planta de luz (cada cinema tenía su propia planta). Resulta que este patio servía de mingitorio para los hombres que sentían necesidad antes de comenzar la proyección.

Nosotros pues, por la calle de atrás, subíamos a una barda, nos deslizábamos por el tronco de un cocotero hasta caer junto al cuarto de máquinas y ya era sólo cuestión de esperar que se apagaran las luces y entrara el primer meón, cuando él regresaba a la sala, lo seguíamos en fila india ¡Entraba uno y salíamos cinco!

Esa noche, me parece que fue en el 57 pues recuerdo tener 10 años, proyectaron una película basada en la novela de Orson Welles: “La guerra de los mundos” (creo) donde los invasores extraterrestres eran unos cerebros con tentáculos y dos antenas donde se balanceaban los ojos como los caracoles; eran miles, se prendían de los humanos y en menos de 20 segundos los soltaban convertidos en puro cuero y huesos, pues les chupaban todo líquido que poseían. En ese tiempo, quizá lo recuerden, el público interactuaba con los personajes y los: Ohh!, Ahh! ¡Corre!, ¡corre! Se mezclaban con los actores del filme y siempre terminaba la función con unos sonoros aplausos.

Pero la cuestión es esta, también recuerdan que las películas venían en grandes, rollos enlatados y como ya tenían mucho uso, generalmente se rompían o se quemaban, entonces los técnicos prendían las luces, reparaban el film, volvían a apagar las luces y continuaba la película. Total, esta película que comenzó a las nueve de la noche, vino terminando a la una de la madrugada, de modo que cuando salimos, las únicas luces eran las del salón cine y un puesto con su lámpara Coleman en el parque, que vendía empanadas y refrescos a los cinéfilos. Apresurado caminé para mi casa, pero me detuve en la esquina para esperar a alguien que fuera por mi calle y seguirlo, pero nadie. Regresé al puesto, donde sólo quedaban unos cuantos comensales, hasta que se fueron por otro rumbo y el señor del puesto comenzó a recoger sus tiliches.

Haciendo de tripas corazón, me adentré a la calle que servía de comedor a vacas, caballos, marranos; apenas se vislumbraba el camino y yo, caminando con el mayor silencio, llegué a la reja, comencé a maniobrar para quitar la tranca, cuando un ingrato caballo estornudo a mis espaldas, tan cerca, que sentí el vaho de su aliento. No abrí la reja, la salté al mismo tiempo que solté un escalofriante: MAMAAÁ (imaginen la palabra con letras temblorosas) y a todo lo que daban mis pies, llegué tirando la puerta que abrió mi mamá acomodándome un buen sopapo, que, gracias a la adrenalina, no sentí. Me escurrí en completa oscuridad hasta mi hamaca, aunque con el corazón dando tumbos, sentí la seguridad en las recomendaciones que me daba mi padre y el ruido de mi hermano al reacomodarse en su hamaca para volver a dormir.

Ya cuando me calmé, juré no volver a ir al cine…Bueno fue una de tantas promesas hechas en mi vida y que no he cumplido.

Oxkutzcab, Yuc. Febrero 2 mil 18. “Año del cambio”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s