A LA DERIVA(POR: JOSÉ GARCÍA)

 

JOSÉ GARCIA

A la deriva un pedazo de madera flota, ninguna alma viva se mira. Solo las gaviotas que atraviesan  las nubes  avizoran tal hecho. Va flotando a la par de aquel junco una botella no biodegradable con un pedazo de papel dentro. El motor de mi pequeña embarcación se detiene, estiró la mano para tomarlo. Una palabra de “auxilio” se asienta  al igual que un mapa. Creo reconocer el sitio y pongo en marcha de nuevo la lancha. En el trayecto los rayos del astro rey que se derraman sobre el mar,  recrean una alfombra de bienvenida multicolor.  Al final de la gama de tonalidades naturales, otro mar  enorme, de acumulación de desechos de todo tipo flotando en alejamiento. Al final  una isla de basura.

Al tocar tierra la arena se siente filosa, el aire da latigazos de brazas ardientes que marcan la piel. Las palmeras lucen desiertas y no es invierno. Mi boca se ha secado, me inclino para mojarme el rostro y se filtran en mis dedos  bolsas incoloras, popotes y tantas cosas que desconozco. Nada natural.

A unos metros un delfín. ! Excelente ¡– grito.

Quiero disfrutar sus saltos…pero algo parece sujetarlo. ¿De seguro es el sargazo, es la época? –me digo.

Me desespera mirarlo luchar. En unas brazadas llego a el,  y me causa pesar al retirarle  una liana de plástico enmarañado a su cuerpo.

! Y después ¡   Haciendo giros en revés se va alejando.

Me concentro en el mapa hallado. He caminado dunas de  llantas resecas, espumas, envases de diferentes tamaños y muchos contaminantes inanimados. El punto final me deja ante un gran arenal y un agujero.

En su  interior una tortuga Marina, muy llamativa y vistosa. Con la mirada de desconfianza y protectora de sus huevecillos. Era una tortuga de tamaño medio en comparación con otras, de un caparazón muy distintivo de bordes  aserrados, largos y bien puestos.

Su tonalidad entre marrón y negro con manchas amarillas me dice, que es una de Carey sin duda. En su regazo trozos de algas aun frescas. Busqué un tronco vivo con suerte, al mostrársela su mirada retadora me desafío  y no le culpo, cualquier hembra que defiende sus crías muestra un amparo innato.

 

Dios es grande. El don de razonar  fue cedido a todos sin distinción. Cuando la cargue para llevarla a la playa, en el instante de enterrar su último crío, movió la cabeza de arriba abajo y sentí su agradecimiento pleno. Se fue confiada por que  dejó en buenas manos su crianza.

 

FIN.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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