EL PIOJO(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

Faltaban unos segundos para que suene el timbre. El concurso de conocimiento escolar cuyo premio es un viaje a  Disney Word se veía reñido. Mientras se rascaba la cabeza su lápiz se deslizaba sobre el papel. El maestro pidió las hojas  y los seis finalistas abandonaron el salón.

Era visto en la clase, en los pasillos y en los previos al concurso  rasca que rasca. Unos decían que debajo de su cabello ronchas coloradas  tendría. Pero él, a sus quince años, solo afirma que le ayuda a pensar  y si no lo hacía no habría  posibilidad de ganar.

Todo comenzó a una semana antes. No pego ojo  la noche anterior. Nada se le quedaba en el cerebro, se tensaba los cabellos para que le entrara un aire de razonamiento y nada. Tanto cabello no lo dejaba  pensar. ¡ Mañana me rapo!…!Lo juro¡.

Tomó las hojas de preguntas del concurso y lo miró con  cara de espanto. Se frotó desesperado el cabello y una voz en su oreja derecha le fue susurrando el resultado.

Creía que mientras más se rasque las ideas fluirían   de la voz de su subconsciente claras.

Se convirtió en el alumno más destacado. Creció, se  graduó y obtuvo un buen trabajo  por sus grandes ideas. Rascarse se volvió una costumbre en situaciones importantes. Se acostumbraron a verlo caminar en las oficinas, bajar de los elevadores y en restaurantes finos.

“Una noche lo despertó un cosquilleo  que iba descendiendo hasta quedar fijo a la altura su oreja. Se dirigió al espejo, y vio  un ser diminuto de seis brazos, de panza inflamada y bigotes revolucionarios que le sonreía y “con un lenguaje coloquial se dirigió a él…

–¿Qué transa amigo? Me tienes abandonado.

–¡De dónde saliste!– le respondió a aquella cosa.

Con sarcasmo le explico de qué forma llegó a su cabeza, y de lo que había hecho. Pedro se  quedo mirando incrédulo…

Todo mi acervo cultural, decía: lo aprendí  en el cuero cabelludo de un importante catedrático. Nos tuvimos  casi ocho años. De universidades a conferencias, de desvelos y estudios a  pachangas y, leer  y leer. Hasta que le detectaron cáncer terminal que lo dejo renegado en su cama. Se fue quedando pelón– no había excusa para seguir— nos despedimos  una primavera sin sol.

Vagué de pelo en pelo. Combatiendo como un Quijote contra peines, jabones y  tijeras. ¿La cruzada no fue fácil?  Pero fue en una peluquería del centro que me trasporté hasta el cabello esponjado de una mulata. Y de ahí, llegue a ti.

–¿Sería la dominicana? ¿Oh, la cubana?—hacía memoria de sus últimas conquistas.

–Todo lo que sabes—aquel ser diminuto le expuso–, es gracias a mí.

Mis pasos a gran velocidad en tu cráneo evitan te distraigas. ¡Claro! … Te soplo las respuestas.

Cuando escuché toda su palabrería me rehúse a creer que a mis  25 años, y todo un profesionista  sea por  el diminuto bicho.

Aquella noche me puse a escribir un ensayo. En esos temas mi amigo me dejaba ser yo mismo. Habría que poner distancias. Por lo que  tomé la máquina de corte  y antes de llamar su atención: una, dos, tres y  los siguientes  cortes de pelo lo tomaron por sorpresa.

Frente al espejo pasaba mis manos sobre mi cráneo que brillaba en la tarde noche. Con mis píes husmeaba las puntas cortadas en el suelo  buscando al infortunado.

Los siguientes días todo quedaba claro, aquel solo quería chuparme la sangre. No había problema que no pudiera resolver  ahora sin rascarme. Hasta la mañana siguiente, cuando mi jefe solicito el cálculo matemático de una inversión urgentemente.

Hoja tras hoja se iba al cesto de la basura. No era posible que algo cotidiano no lograra finalizar. Después de dos llamadas del jefe sin responder, no hubo tercera, ahí estaba parado junto a mi escritorio con cara de pocos amigos.

Me sentí derrotado. A punto de decírselo cuando “la misma voz del ayer” me soplaba el resultado y sin escribirlo se lo recite de viva voz impactándolo más. Me gané un puesto de alto nivel por ello.

— Mi socio y yo–el señor Piojo. Después de sobrevivir de sequía en el desierto—se aferró a las pocas hebras de mi oído para sobrevivir. Hoy, se mudó a una ensortijada mansión con la promesa de echar raíces por un largo tiempo.

 

FIN.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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