DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

 

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SÍMIL

 

Lo intuía, pero no sabía el nombre. Hasta que leí el libro tuve la certeza de que lo que imaginaba era verdad. Mi pueblo antiguo, el de la niñez, fue el similar de Macondo de García Márquez: sus lluvias torrenciales y bravas, las lloviznas calmas, monótonas e interminables que hacían brotar florecillas amarillas por todos lados; el barullo de los pájaros y el sopor de las dos de la tarde. También la parte aquella de Petra Cotes y Arcadio quienes sobrevivían realizando rifas de pequeños objetos y animales, hasta que éstos comenzaron a reproducirse de manera desaforada que hasta las vacas parían como conejos, lo que hizo que gozaran una riqueza que no esperaban y que dilapidaban en francachelas interminables… Hasta la gran inundación provocada por las lluvias diluvianas que les hizo ver pasar su buena fortuna frente sus ojos en las vacas hinchadas, patas para arriba, con los gallinazos parados sobre las barrigas a punto de explotar.

Una situación parecida aconteció en nuestra familia, pero a menor escala, claro. La cosa fue así: Una tarde estaba con mi madre en la cocina, una pequeña choza de palos (bajareques) y techo de palma; mientras ella recalentaba los frijoles en el fogón de tres piedras, yo me entretenía observando las burbujas que se formaban donde caían los goterones de un aguacero que llevaba ya cerca de una hora, cuando, de pronto, escuchamos un piar lastimoso que venía por donde estaba la planta de tulipán (hibisco) justo frente a la cocinita, pegada al viejo muro que formaba parte al parecer, del viejo convento Franciscano ya en ruinas.

Miramos atentos hacia esa dirección y descubrimos a un pollo larguirucho y pelón que tiritaba bajo la inclemencia del aguacero. El sentimentalismo eterno de mi madre me empujó bajo la lluvia para rescatar a tan desvalida ave. Lo acomodamos junto al fogón y mi madre le dio un buen pedazo de masa que ponía al punto, para hacer unos “pimitos”. Esa noche el impúdico pollo durmió en un huacal de madera ahí en la cocina.

Nada más amaneció y fuimos a ver si había logrado sobrevivir y comprobando que sí, mi madre ordenó que lo liberara en el patio, para que se fuera por donde vino. Pero no se fue, al parecer le agradó el trato que le dimos. Con el paso de las semanas se fue cubriendo de plumas entre naranjas y cafés, lo que hizo que se le quitara lo desgarbado; con la intromisión desparpajada de los gallos vecinales, nos dimos cuenta de que no era pollo, sino polla, porque un día puso un huevo que cacareó por unos cuarenta minutos. Primeriza al fin.

Ese huevo causó unos conflictos familiares, pues mientras mi padre lo veía como signo de pesos, mi madre pensaba en que la gallina los empollara y así aumentar el número de gallinas, mientras yo veía al huevo con forma de tortilla en mi plato. Democráticamente ganamos mi madre y yo: se comía uno y se guardaba otro.

Cuando se había juntado una docena de huevos (nunca supe por qué siempre doce) mi mamá encamó a la gallina, así que a las tres semanas ya teníamos trece de estos pajarracos; a los dos meses treinta y seis y un gallo propio. Este fue el tiempo de jauja, ya no teníamos que esperar turno para comer huevo, por el contrario nos comíamos hasta de a dos y mi madre se daba el lujo de ir a la tienda de la esquina a canjear huevos por azúcar, café o galletas… hasta una tarde en que una de estas gallinas, después de sus correrías por patios ajenos, regresó al gallinero a pernoctar con estornudos. A la mañana siguiente ya era medio gallinero que padecía de “moquillo”, dijeron, para la tarde, el total de gallinas se había contagiado y comenzaron primero de una a una, después de dos a dos, hasta que se murieron todas. No se daba abasto mi papá para meterlas en un costal y llevarlas al tiradero donde los zopilotes que son inmortales daban cuenta de ellas.

Cocó, Clara, y Blanca Nieves (cabe aclara que en mi hogar a todas las mascotas se les ponía nombre) por haber sido las más notables, las enterramos en un rincón al fondo del patio, al lado de Micifuz (una gata que gustaba de criar únicamente  a dos hijos, pues si nacía un tercero o un cuarto los devoraba), Sansón, un perro que nunca engordó y Petunia, una marranita que se murió de vieja, pues mi madre no permitió jamás que se vendiera para sacrificarla  (pero ésta es otra historia).

A los pocos meses llegó en solitario un patito… Imagínense la misma historia, solo que con patos…

Macon… perdón, Oxkutzcab, Yucatán. Julio de 2018. Año del cambio.

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